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Julio  Tovar

Rafael Simancas o el caos

No hace mucho, Tamayo dijo que Simancas le debía "no haber entrado en prisión". ¿Por qué lo dijo?

Julio  Tovar
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No hace mucho, Tamayo dijo que Simancas le debía "no haber entrado en prisión". ¿Por qué lo dijo?
Rafael Simancas | EFE

Ensombrecida por la guerra de declaraciones entre Vox y Podemos, que parecen necesitarse los unos a los otros en su caduco guerracivilismo, ha aparecido como notable exclusiva del diario El Mundo los pagos en negro, casi un millón de euros, del constructor David Marjaliza al PSOE entre 1999 y 2002. Las fechas, en este caso, son definitivas: Simancas habría sido parte de ese entramado en el que medios como El Confidencial o eldiario.es encontraron una veta inagotable para atacar al Partido Popular.

Teníamos las piezas de un puzle, pero nos faltaba una de las centrales: Rafael Simancas Simancas.

La confesión de Tamayo

Luego de años de escarnio, el abogado Eduardo Tamayo Barrena escapó de España para seguir su trayectoria profesional en Guinea. Había sido perseguido políticamente por los medios de izquierda por la traición que le costó la Comunidad de Madrid a la coalición entre el PSOE de Simancas y la Izquierda Unida de Fausto Fernández Díaz allá por 2003. Nadie llegó a leer a Tamayo, sus entrevistas, en las que sus explicaciones sencillas eran más convincentes que las conspiraciones megalómanas de la izquierda. Incluso llegó a denunciar que le "pincharon" el teléfono, y la prensa socialdemócrata tapó en gran parte que su ingreso en el PSOE se había producido, al decir de Joaquín Leguina, de la mano de Pepiño Blanco, albacea de un Zapatero que por aquel entonces recibía los mayores parabienes en El País.

Pero la declaración más interesante es de hace relativamente poco, en la televisión, donde aseguró que Simancas le debía "no haber entrado en prisión". ¿Era cierta esa afirmación? ¿O Tamayo pretendía cubrirse ante su sabotaje de una mayoría de izquierdas? Ahora podemos saber, al fin, la verdad.

Pequeño hombre con una gran ambición

Estamos a inicios del segundo milenio: toda España estaba controlada por el PP, que dilapidó una mayoría absoluta con decisiones polémicas como el apoyo a la guerra de Irak. ¿Toda? Unos grupo de socialistas irreductibles pretendía conseguir la joya de la corona de los conservadores: la Comunidad de Madrid de esa extraña pareja que conformaron Gallardón y Aguirre.

El felipismo, muy tocado desde la derrota de Joaquín Almunia, había sido domeñado por Zapatero. Las aguas revueltas permiten a un hombre gris, Rafael Simancas, nadar a favor de la corriente en la Federación Socialista Madrileña (FSM). Hijo de emigrantes españoles a Alemania, fue como bailarín de break dance en los 80 antes de convertirse en el "hombre de confianza" de Ramón Espinar padre. Sí, aquel que se gastó casi 200.000 euros de una tarjeta black de Caja Madrid, suponemos que "sin ánimo de lucro y con finalidad social", como decía la vieja legislación del ramo.

Simancas forma parte de la izquierda guerrista y con la subida de Zapatero ve llegado su momento. Sus plomizos artículos en Temas para el Debate mostraban a un ideólogo contrario al "urbanismo a la carta" el mismo año, 2001, en que prometió construir 71.500 viviendas. Se trataba de vivienda protegida, claro, pero las fechas coinciden con las del cuaderno de Marjaliza: el antiguo guerrista acababa de confesar entre líneas que el ladrillo le había comprado. Tamayo se adelantó a todos al hablar del simancazo: una adjudicación irregular de viviendas para la asociación de empresas privada Agecovi. Su traición fue simplemente un "qué hay de lo mío".

Nadie lo escuchaba. Eduardo Tamayo no aparecía ya en los grandes diarios, los socialdemócratas, y pocos seguían las pistas sobre un tipo que afirmaba haber sido "campeón de break dance a principios de los ochenta". No, no era modesto Simancas, capaz de desafiar a un débil Zapatero –lejos todavía de su predominio absoluto en el PSOE–, "o yo el caos", para conseguir el liderazgo de la FSM. Era el guerrista perfecto, con ese envidiable doble pensar que proyectaba fidelidad ideológica a un proyecto de igualdad mientras entraba como un lobo en el rebaño de corderos de la especulación inmobiliaria. Alfonso Guerra, fundador del peronismo hispalense (sobres con dinero a lo Evita incluidos), era su referente moral, claro, pero realmente su instructor político fue Espinar padre. El antiguo alcalde de Leganés, con ese petardazo inmobiliario que salvó económicamente a su hijo podemita, demostró que la ideología es una cosa y el dinero otra. ¿Quieren la prueba? Era un piso protegido: los mismos que prometió Simancas.

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