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El síndrome de Estocolmo

Una, que vibra con la política y tiene espíritu inconformista, critica la campaña mediocre de Rajoy. Porque al ‘mío’ no le falta razón al criticar al ‘tuyo’ por esconder la derecha tras el centro reformista, como si fuera una "empresa de rehabilitación".

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Querido Pablo:

Te escribo ya desde casa. Son las 2 de la madrugada. Acabo de llegar de cubrir mi primera caravana electoral como periodista. Sin zapatos, sin glamour, pero con copa de vino, te relato mis 23.500 Kilómetros y 41 mítines en 15 días de campaña con Alfredo Pérez Rubalcaba. Antes de nada, ¡estoy agotada! Hace un rato, bromeábamos en el busPSOE: "la próxima vez, me pido la del ganador". Porque nuestra caravana –como bien dices, a la desesperada- ha sido esquizofrénica. Frente a vuestros dos actos diarios de Mariano (cuando no uno), acá teníamos hasta 6 con Alfredo.

Traigo la maleta repleta de lecciones, pero sobre todo una: el síndrome de Estocolmo. Esa empatía natural que siente el informador crítico en la cercanía. Tú y yo compartimos ese espíritu LD de no achantarse en la distancia corta y, siempre desde la independencia, informar para acercarnos, en lo posible, a la verdad. En el PSOE, esta verdad pasa por cinco millones de parados; la negación de la crisis; el tiovivo de su política económica; la negociación con ETA; el Faisán y el 11-M; tejemanejes judiciales; casos de corrupción... de ninguno habló Rajoy en el debate ¿verdad? Y, sin embargo, la higiene democrática apunta, por descarte, a un lógico cambio que sanee nuestra conciencia social.

Al tema, que quiero contarte algo. Cuando eligieron a Rubalcaba candidato a La Moncloa, yo guardaba un as bajo la manga: su ‘amago’ en 2008 con dejar la política. Esperaba agazapada mi momento. Y al mes de ese 9 de julio, lo hice. "¿Qué ha cambiado en su fuero interno para que quien quiso dejar la política en 2008 quiera ser ahora presidente del Gobierno?", le pregunté, convencida de su intento por escalar posiciones hasta vicetodo. Se ofuscó, dudó, y yo pensé: ‘¡le pillé!’. Pero en campaña he sabido -y publicado- que su ‘amago’ coincidió con la muerte de tres de los cuatro hermanos de su mujer, Pilar Goya, en tan sólo tres meses y por causas diversas. Pilar estaba destrozada y le necesitaba más que nunca. Sobra explicar cómo me sentí.

Vuelvo a la campaña. Una, que vibra con la política y tiene espíritu inconformista, critica la campaña mediocre de Rajoy. Porque al ‘mío’ no le falta razón al criticar al ‘tuyo’ por esconder la derecha tras el centro reformista, como si fuera una "empresa de rehabilitación". En las antípodas de mis ideales, satisface ver a alguien proclamar los suyos, "orgulloso de ser socialista", aunque le falten motivos. Rubalcaba de nombre, Maquiavelo de apellido, ha hecho una campaña del miedo, basada en la demagogia, pero ha ‘sudao’ la camiseta. Una campaña es la confrontación de ideologías y propuestas. Y aquí sólo ha habido un contrincante. Yo no creo en el síndrome de Estocolmo. Es mi lección de campaña: es en la cercanía donde el periodista independiente se acerca a la verdad.

Un beso

Ketty Garat

PD: Te agradezco mucho los halagos pero hoy mismo hago sesión de belleza. Y dile al topo que no miró bien... eran mis bailarinas negras Jackie que me han dao la vida en campaña. Una, que es muy coqueta...

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