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Clinton y Wikileaks

Sean pocos o muchos, la consecuencia práctica es que hay personas que tienen que asumir la responsabilidad de no haber sabido custodiar informaciones que, como mínimo, eran sensibles.

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Ya era extraño que un personaje al que tanto le gusta opinar sobre todo como es Bill Clinton no dijera ni palabra de Wikileaks. Finalmente, se ha despachado a gusto en el curso de las conferencias Bryan que tienen como escenario el Guilford College de Greensboro, Carolina del Norte. Hay que dejar claro que el lugar no es de segunda división –por allí apareció Gorbachov en 2004 o la irlandesa Mary Robinson en 2006– pero sí suele dejar el regusto de haberse convertido en el foro de los que fueron y no son, pero pretenden dejar constancia de que siguen siendo. 

Bill Clinton reafirmó la doctrina oficial manifestada ya por su esposa en el sentido de que el creador de Wikileaks ha actuado delictivamente y no podrá evadir la acción de la justicia de Estados Unidos se marche donde se marche. Sin embargo, lo más notable de la intervención de Clinton fue su afirmación tajante de que "me quedaré muy sorprendido si algunas personas no pierden sus vidas". Un aserto al que añadió a continuación: "y Dios sabe cuántos perderán sus carreras". 

La afirmación de Clinton ha puesto el dedo en la llaga del aspecto más sucio de Wikileaks. El que las revelaciones tengan un contenido ocasionalmente ridículo e incluso cómico no pasa de la anécdota. Lo auténticamente grave es que hay personas cuyo papel en el complejo organigrama de la inteligencia norteamericana ha quedado desvelado y eso puede –literalmente– costarles la vida siquiera porque ya son un blanco identificado. Sean pocos o muchos, la consecuencia práctica es que hay personas que tienen que asumir la responsabilidad de no haber sabido custodiar informaciones que, como mínimo, eran sensibles, y si para hacer justicia tienen que perder su puesto en la administración o en la justicia, bienvenido sea el rigor. 

El mensaje de Clinton sería suscrito en este aspecto por la práctica totalidad de los políticos norteamericanos. La seguridad nacional –y las informaciones de los servicios de inteligencia forman parte sustancial de ella– no puede estar supeditada a los caprichos de un personaje que decide violar las reglas más elementales de confidencialidad y no puede estarlo porque eso significaría exponer la vida de gentes que sirven a su nación a veces corriendo riesgos innegables. Los responsables de que haya sido tan fácil llegar a ese punto harían bien en irse buscando un nuevo puesto de trabajo... si es que, tras este episodio, alguien acepta dárselo.

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