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Doscientos años (I)

Nos guste o no, tendemos hacia el mal y por ello hay que evitar que el poder se concentre en unas solas manos porque si se da tal eventualidad, el resultado será, inevitablemente, la tiranía.

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Resulta absolutamente imposible vivir en algunos estados del sur de Estados Unidos y no encontrarse de manera continua con la presencia mexicana. No se trata sólo de los famosos "espaldas mojadas", sino también de trabajadores altamente cualificados, de especialistas, de turistas y de no pocos estudiantes en las universidades siquiera porque muchas familias en México están convencidas de que si desean dar una buena educación a sus hijos la única salida está en enviarlos al norte. 

Precisamente por esa presencia resulta ineludible ver cómo abordan el bicentenario de su intento de independizarse de España. No voy a entrar en la cuestión de si el cura Hidalgo era un noble patriota o un clérigo que lo mismo invocaba a la Virgen de Guadalupe que se amancebaba con una india o se iniciaba en la masonería. Mucho menos me voy a enredar en la cuestión de si Cortés fue un terrible depredador o un conquistador ilustrado. Si hay que realizar una reflexión necesaria a día de hoy es la que se refiere a los destinos –trágicamente divergentes– de las dos naciones que se sitúan a uno y otro lado del río Grande. 

Al norte, se encuentra la primera potencia mundial; al sur, una nación que no sólo no consigue emerger sino que incluso ha recaído en formas de violencia extrema que resultan, como mínimo, horripilantes. Dado que los colonizadores han sido europeos en ambos casos y que los indígenas crearon en México uno de los imperios más sensacionales de la Historia, no cabe duda de que hay que descartar una explicación racial. Tampoco la meramente educativa nos lleva muy lejos. A fin de cuentas, a México llegó la universidad antes que a las colonias inglesas de las Indias occidentales. Tampoco es México una nación pobre en riquezas naturales sino todo lo contrario. Incluso el mismo sistema político no resulta tan diferente articulado en torno a una visión presidencialista y federal.

En realidad, lo que ha marcado la diferencia fundamental entre México y Estados Unidos no ha sido ninguno de esos aspectos, sino una psicología nacional forjada sobre la base de cosmovisiones muy distintas. Al sur, la nación se ha debatido en una lucha cuyos contendientes eran, por un lado, la iglesia católica y, por otro, una masonería empeñada en modelar la sociedad desde la sombra. Tanto la una como la otra han sostenido la posibilidad de que una minoría sabedora –o por iniciada o porque doctores tiene la santa madre iglesia– pueda guiar a la gran mayoría cuyo mejor destino es dejarse guiar. Al norte, la cosmovisión –más pesimista– ha sido la típica del puritanismo, es decir, el ser humano, en particular, y el género humano, en general, están tocados trágicamente por la Caída de nuestros primeros padres.

Nos guste o no, tendemos hacia el mal y por ello hay que evitar que el poder se concentre en unas solas manos porque si se da tal eventualidad, el resultado será, inevitablemente, la tiranía. De ahí que el sistema norteamericano sea definido como de "checks and balances" (frenos y contrapesos), es decir, de una división de poderes en la que todos desconfían de todos o, como decía Alexander Hamilton, la constitución defiende a los ciudadanos del gobierno. En otras palabras, desdichado del que se fíe de una institución –sea iglesia o logia– no sometida a división de poderes o mecanismos de control ciudadano. Esta circunstancia es una causa más que suficiente para entender por qué las cosas han sido tan diferentes a uno y otro lado del río Grande, pero, como intentaré mostrar en un próximo artículo, hay más.

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