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Doscientos años (y II)

No es casual que mientras que Obama no deja de perder puntos entre el electorado norteamericano, en el sur, figuras como Perón o el Che siguen siendo veneradas. No es casual que los destinos del norte y del sur hayan sido tan distintos.

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En mi artículo anterior, comencé a reflexionar sobre las razones que han marcado una trayectoria tan distinta entre los Estados Unidos y las naciones situadas al sur del río Grande en el curso de los dos últimos siglos. Señalé entonces que la primera razón era la antropología –puritana al norte, católica y masónica al sur– que había impulsado un tipo de instituciones bien distintas en una y otra parte del continente. Si arriba se estableció un sistema de división de poderes, de frenos y contrapesos; abajo, se instauró una fe ciega en la bondad de una institución absoluta ya fuera la iglesia católica, ya las logias. No deja de ser significativo que sólo en el norte no haya habido ni dictaduras, ni hayan arraigado el fascismo y el socialismo. 

Esa visión peculiar no sólo influyó enormemente en las instituciones sino también en la economía a través de la visión del trabajo y de la empresa. En Estados Unidos, la cosmovisión protestante determinó una visión positiva –podría decirse que entusiasta– del trabajo, de la empresa y del capitalismo. A decir verdad, cualquier alternativa les hubiera resultado absurda. No tuvieron la misma suerte al sur. Hasta finales del s. XVIII –es decir, cuando los ingleses llevaban ya décadas de revolución industrial– no levantó Carlos III la infamia legal que pesaba sobre el trabajo manual. Pero una cosa era levantarla y otra, muy distinta, que la población, especialmente la burguesía criolla que decidiría abrazar el independentismo, asimilara una cosmovisión distinta. 

Así, mientras al norte resultó indiscutible desde el principio una visión capitalista y liberal, al sur prevaleció la visión del hidalgo que no está dispuesto a mancharse las manos –y, al parecer, el alma– con determinadas actividades. Como era de esperar, esa visión peculiar ha provocado al norte un extraordinario desarrollo mientras que al sur creó una alergia notable hacia el sistema capitalista –con todos los matices que se deseen– que llevó a abrazar con entusiasmo el marxismo ya durante el siglo XX y una amplia variedad de visiones estatistas como el peronismo o el plan Inca.

A esas dos diversas cosmovisiones del trabajo y la empresa se sumó otro factor procedente del otro lado del océano y de notable importancia. Me refiero a los conceptos de conquista y de colonización. Los españoles –verdaderamente intrépidos aunque no pocas veces incursos en esa categoría que en Texas se denomina desperados– creían sin fisuras en la conquista. Era lógico porque procedían de una España que llevaba ocho siglos reconquistando y repartiendo en su avance tierras y despojos. Los ingleses creían en la colonización y en la empresa capitalista. Hasta qué punto los dos conceptos eran distintos se puede ver en que en España llamamos La conquista del oeste a una película que se titulaba en su versión original How the West Was Won (Cómo fue ganado el oeste). 

Para los españoles –basta ver los instrumentos jurídicos– se trataba, de manera confesa, de conquistar tierras que permitieran posteriormente vivir en la holganza y sin trabajar; para los ingleses –y se podría añadir a los holandeses– de colonizar territorios que se pudieran explotar de acuerdo a los últimos avances del sistema capitalista. Seguramente, no es casual que al sur la llegada al poder fuera seguida por el reparto de despojos que el triunfador realizaba entre sus seguidores, mientras que al norte haya primado la realización de grandes proyectos muy relacionados con la economía práctica más que con utópicas construcciones ideológicas. Seguramente, no es casual que mientras que Obama no deja de perder puntos entre el electorado norteamericano, en el sur, figuras como Perón o el Che siguen siendo veneradas. Seguramente, no es casual que los destinos del norte y del sur hayan sido tan distintos. Extraer conclusiones de estos hechos es lo que resulta imperioso al cabo de dos siglos en lugar de enredarse en disputas sobre el peso de la sangre en el desarrollo económico, sobre la esencia (o inexistencia) de la Hispanidad o sobre la bondad de imperios tan tiránicos como el sistema socialista de los incas.

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