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Los enigmas del 11M

El caso Majczek

Invitaba ayer Pedro J. Ramírez en su carta dominical a contemplar algunos de los aspectos del 11-M a la luz de la historia narrada en la película Call Northside 777, en la que James Stewart interpreta a un periodista del Chicago Times que consigue que se revoque la condena de un polaco injustamente acusado del asesinato de un policía, y a quien se envió a la cárcel basándose, exclusivamente, en el testimonio manipulado de un testigo ocular.

Como recuerda el artículo, esa película está basada en un hecho real: la condena de dos inmigrantes polacos a raíz del asesinato del oficial de policía William Lundy, ocurrido el 9 de diciembre de 1932.

Como responsables de aquel asesinato, se detuvo a dos inmigrantes, Joseph Majczek, de 24 años, y Theodore Marcinkiewicz, de 25. Ambos fueron condenados en 1933 basándose en el reconocimiento ocular realizado por Vera Walush, empleada de la tienda donde el policía había sido acribillado. El Tribunal Supremo ratificó la condena en 1935.

Diez años después de los hechos, el 10 de octubre de 1944, la madre de Joseph Majczek insertó un anuncio en el Chicago Times ofreciendo una recompensa de 5.000 dólares de la época a aquella persona que pudiera aportar datos acerca del verdadero asesino del oficial de policía Lundy. Convencida de la inocencia de su hijo, había estado fregando escaleras seis noches a la semana hasta conseguir ahorrar aquella importante cifra.

Y ahí es donde comienza el argumento de la película, en el momento en que un reportero del Chicago Times lee aquel anuncio y decide contar la historia de aquella mujer. Y fue al meterse a analizar los detalles del caso cuando ese reportero llegó al convencimiento de que, efectivamente, Joseph Majczek era inocente y de que su condena se había conseguido manipulando al que parecía ser el único testigo del asesinato. El Chicago Times emprendió una investigación por su cuenta y logró demostrar la inocencia de aquel polaco, que vio su condena revocada el 15 de agosto de 1945, después de haber pasado 12 años en prisión.

La película se centra en los aspectos "heroicos" del caso: la abnegada madre que lucha sin tregua para demostrar la inocencia de su hijo, el director de periódico que emprende una campaña para que se excarcele a un inocente, el periodista capaz de investigar lo que los poderes públicos no habían investigado... Una historia típica de Hollywood, con personajes animados por las más nobles intenciones y un mensaje moralizante: la tenacidad rinde sus frutos y la inocencia termina brillando.

Pero la historia real en que la película está basada pone un contrapunto sórdido a ese heroísmo angelical. Porque los detalles de cómo fueron condenados Majczek y Marcinkiewicz revelan la cara oculta de un sistema judicial que descansa, como no puede ser de otra manera, sobre la presunción de veracidad y de honestidad de los servidores públicos. Y podemos atribuir a "los límites de la condición humana" (en palabras del ponente de la sentencia de casación del 11-M) de esos servidores públicos la responsabilidad última de buena parte de los errores judiciales.

Al acudir a la historia real del caso, se revelan posibles paralelismos con el 11-M mucho más sugerentes, quizá, que los que en la película se narran.

Así, repasando la historia, podemos ver que el oficial de policía Lundy fue asesinado por dos personas en la tienda regentada por Vera Walush el 9 de diciembre de 1932. Inicialmente, aquella testigo declaró que no tenía ni idea de quiénes podían ser los asesinos. Pero aquella semana había habido otros cinco asesinatos en Chicago y la ciudad iba a ser, unos meses después, la sede de la Exposición Universal de 1933, así que una delegación de empresarios había exigido al alcalde Anton Cermak que no permitiera que la imagen de la ciudad se viera afectada, para no ahuyentar a la inmensa masa de turistas que se preveía que iban a acudir a la Exposición. Así que el alcalde declaró una "guerra contra el crimen" y la policía se vio presionada para obtener resultados.

De ese modo, aquella testigo que inicialmente había dicho no tener ni idea de la identidad de los asesinos, terminó retractándose unas horas después y diciendo que uno de los asesinos podía ser un tal Ted, que vivía en las proximidades. Con ese testimonio, la Policía determinó que uno de los asesinos era Theodore Marcinkiewicz y, al no poderle encontrar, el 22 de diciembre arrestó a su amigo Joseph Majczek.

En las ruedas de reconocimiento efectuadas el 22 de diciembre, Vera Walush no reconoció a Joseph Majczek, pero la tienda que Vera Walush regentaba era, en realidad, un garito donde se servía ilegalmente alcohol, así que amenazaron a Vera con meterla en la cárcel si no colaboraba a la hora de inculpar a los dos sospechosos. Al día siguiente, Vera identificó a Majczek en una nueva rueda de reconocimiento. Un mes después, cuando Theodore Marcinkiewicz fue arrestado, Vera Walush le reconoció también.

Para no dejar rastro de los reconocimientos fallidos, la Policía falsificó la fecha de la detención de Majczek, y en los informes oficiales se incluyó como fecha de detención el 23 de diciembre.

Durante el juicio, dos familiares de Majczek y un repartidor del barrio declararon que Majczek estaba en casa a la hora del crimen. Otros seis testigos situaban también a Marcinkiewicz en lugares que hacían imposible que hubiera estado en la tienda de Vera Walush a la hora en que Lundy fue asesinado.

Pero todo dio igual. El reconocimiento ocular efectuado por Vera Walush fue admitido y los dos hombres fueron condenados a cadena perpetua.

En realidad, el juez de instancia, Charles Molthrop, sabía positivamente que los dos hombres eran inocentes, porque había un segundo testigo del crimen, un camionero llamado James Zagata, que le dijo personalmente que estaba seguro de que los asesinos no eran ni Majczek, ni Marcinkiewicz. Pero la Fiscalía amenazó al juez con acabar con su carrera política si declaraba inocentes a los dos sospechosos. Así que a lo máximo que se atrevió el juez fue a no condenarles a muerte, que era lo que en realidad hubiera correspondido legalmente. El propio juez Mothrop le dijo a Majczek, antes de mandarle a la cárcel, que intentaría que tuviera un nuevo juicio, pero Molthrop murió el mismo año en que el Tribunal Supremo confirmó la condena de Majczek.

A raíz de la campaña iniciada por el Chicago Times, y teniendo en cuenta las pruebas de manipulación aportadas por el periódico, la condena de Majczek fue revocada el 15 de agosto de 1945 por el Gobernador del Estado. Sin embargo, nadie había hecho campaña para liberar a su amigo Marcinkiewicz, así que éste continuó en prisión. Cuatro años después, en 1949, el Gobernador le ofreció a Marcinkiewicz... conmutarle la cadena perpetua por una condena de setenta y cinco años. Marcinkiewicz le sugirió amablemente que se metiera la oferta por donde le cupiera. Finalmente, al año siguiente, después de pasar 17 años en prisión por un crimen que no había cometido, la condena de Marcinkiewicz fue también revocada.

Para terminar esta lección de miserias humanas, recalquemos que esas dos personas a quienes se había condenado injustamente terminaron siendo liberadas. Pero los verdaderos asesinos del oficial de policía William Lundy nunca fueron encontrados, ni recibieron su castigo. Por la sencilla razón de que tampoco hubo nadie dispuesto a hacer campaña para que se identificara a los verdaderos asesinos y para que éstos pagaran por lo que hicieron.

Porque, en realidad, la condena de un inocente es algo terrible en sí mismo. Pero mucho más terrible que esa injusticia es el hecho de que la condena del inocente sirve, ante todo, para que el verdadero culpable no sea condenado.

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