Cuando uno pregunta "¿Cómo es posible que los perros no detectaran ningún explosivo en la furgoneta de Alcalá?", los esforzados defensores de la versión oficial se ven obligados a recurrir al socorrido argumento de que ese día se produjo un atentado y los perros podrían estar cansados de oler cosas extrañas. Pero ese argumento no se sostiene, a la luz de las declaraciones judiciales.
En su comparecencia ante el juez, los guías caninos declaran que tanto el perro Aníbal (el que sólo inspeccionó la furgoneta por fuera) como la perra Lovi (que inspeccionó la furgoneta tanto por fuera como por dentro) sólo habían hecho dos servicios anteriormente aquella mañana: uno en la estación de Villaverde Alto, por una mochila que se había dejado un estudiante, y otro en Chamartín, por un bolso de mano de un trabajador, que resultó que contenía comida.
Es decir, que los perros no habían estado esa mañana en ningún momento en ningún escenario donde hubieran podido oler restos de explosivos ni de explosiones y tan sólo habían tenido dos intervenciones, con objetos de lo más habitual. No estaban, por tanto, cansados de oler restos de explosivos.
A la vista de esto, creo que quedan pocas dudas de que en esa furgoneta no había ningún resto de explosivo aquella mañana. Aunque, vista la creatividad de los defensores de la versión oficial, lo mismo nos salen con que en el bolso de mano con comida que los perros inspeccionaron anteriormente había dos huevos podridos con salsa de jalapeño y un bocadillo de queso de cabrales. Y claro... ¿qué perro resiste eso sin quedar inutilizado?