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Los enigmas del 11M

Olor a caspa en Gerona

Preguntaba nuestro contertulio hos, en el hilo anterior, si el diagnóstico que yo hacía de la situación no era demasiado cándido, ya que de él parecía desprenderse el convencimiento de que quienes ejecutaron el golpe del 11-M tolerarían una victoria del PP sin hacer nada. "Si hicieron lo que hicieron para cambiar el gobierno", preguntaba hos, "¿qué no van a hacer para seguir manteniéndolo?". Otro de nuestros contertulios, Zapallar, lo ha expresado de manera similar en alguna ocasión: "No hicieron el 11-M para perder 4 años después las elecciones".

En realidad, la candidez no es uno de mis numerosos defectos. Por supuesto que soy consciente, como creo que lo somos todos, de que no van a estarse quietos, viendo tranquilamente cómo el PP desaloja a Zapatero de la Moncloa. De hecho, las informaciones que nos van llegando dibujan un panorama inquietante, en el que van perfilándose algunas de las operaciones que hay en marcha. Y digo operaciones, en plural, porque en las partidas importantes nunca se juega a una sola carta.

Hay dos factores, sin embargo, que me hacen ser optimista. El primero es que ninguna operación de inteligencia que se intente ejecutar puede ya coger desprevenida a la sociedad española. El factor sorpresa utilizado en el 11-M ya no existe: cada paso que dan está siendo escrutado por un número creciente de ojos. Ni las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, ni los Servicios de Inteligencia españoles, son entes monolíticos. Habrá quienes se presten, dentro de los Servicios del Estado, a alguna de las operaciones en marcha, pero hay también muchos otros que hace mucho se empezaron a preguntar a quién narices sirven realmente ciertas operaciones. Y que han empezado a comprender, hace ya mucho, que una parte de los Servicios del Estado ha venido actuando, en realidad, como un auténtico "Servicio contra el Estado". Los golpistas, por tanto, no lo van a tener fácil.

El segundo factor que me mueve al optimismo es lo que podríamos llamar "el factor caspa". Hace mucho tiempo que hubieran debido jubilar a los guionistas oficiales, porque se va notando el paso de los años en que las escenas se repiten y son cada vez más casposas. Un ejemplo reciente es el episodio de la quema del retrato del Rey en Gerona, a escasa distancia de donde el Monarca estaba pronunciando su discurso. En realidad, la escena está casi calcada de otra escena anterior. Hagamos un poco de memoria histórica.

El día 4 de febrero de 1981, diecinueve días antes del Golpe de Estado del 23-F, el Rey Juan Carlos comenzó su discurso en la Casa de Juntas de Guernica con las siguientes palabras: "Siempre había sentido el anhelo de que mi primera visita...". En ese momento, los parlamentarios autonómicos de Herri Batasuna se levantaron e, interrumpiendo el discurso del Rey, comenzaron a entonar, puño en alto, el Eusko Gudariak. Se tardó doce minutos en desalojarlos, pasados los cuales, el Rey prosiguió así su alocución: "Frente a quienes practican la intolerancia, desprecian la convivencia, no respetan ni las instituciones ni las normas más elementales de una ordenada libertad de expresión, yo quiero proclamar una vez más mi fe en la democracia y mi confianza en el pueblo vasco".

Esa continuación del discurso del Rey estaba, evidentemente, preparada. En esos doce minutos que duró el desalojo, Sabino Fernández Campo eligió esa continuación entre las seis alternativas que habían sido redactadas el día anterior, 3 de febrero, después de analizar todas las posibilidades existentes.

Lo importante de la escena son dos cosas. Lo primero, el hecho de que la escena se produjera. Lo segundo, el hecho de que se supiera perfectamente que iba a haber incidentes. Recordemos el contexto en que se produce la escena: en los preludios del 23-F, la clase política era un hervidero de rumores sobre la necesidad de darle la patada a Suárez y formar un gobierno de gran coalición presidido por un general monárquico como Armada. En la creación del ambiente propicio para la defenestración de Suárez, el Cesid jugó un papel esencial, poniendo en marcha, y controlando, distintos grupos golpistas que contribuían, con su latente amenaza, a crear en la clase política el miedo necesario para aceptar esa "solución Armada" dudosamente democrática.

Sin embargo, Suárez se encargó de desbaratar aquel "golpe palaciego", presentando su dimisión por sorpresa el 29 de enero, y nominando a Calvo Sotelo como sucesor. En realidad, se trataba de un órdago en toda regla por parte de Suárez: si alguien quería imponer la "solución Armada", se tendría que colocar al margen de la Ley y dar un golpe de estado. El resto de la historia (cómo se produjo al final ese golpe, cómo fracasó en apariencia y cómo se recondujo ese fracaso para consolidar el régimen autonómico) es conocido.

Pero lo importante, de cara a lo que nos ocupa, es el hecho de que la visita del Monarca a Guernica no se suspendiera en aquellas circunstancias. Habiendo presentado Suárez su dimisión, la prudencia aconsejaba que se aplazara el viaje del Rey al País Vasco. Especialmente porque se sabía con certeza que iba a haber incidentes. ¿Por qué no se suspendió el viaje? Pues quizá porque esos incidentes convenían para terminar de crear el caldo de cultivo que explicara el golpe que se iba a dar unos días después.

El reciente episodio de Gerona recuerda demasiado a aquella escena. Por eso es tan casposo. Hoy, como entonces, la escena se produce en un ambiente plagado de rumores, donde se fraguan desde los despachos todo tipo de operaciones y movimientos políticos. Hoy, como entonces, a nuestros Servicios de Inteligencia les constaba que se iban a producir incidentes con ocasión de la visita del Rey a Gerona. Hoy, como entonces, esos incidentes no se impidieron, a pesar de tener la información.

¿Estamos hoy, como entonces, ante una escena perfectamente calculada, destinada a contribuir al caldo de cultivo que justifique alguna de las operaciones que hay en marcha? ¿Estamos hoy, como entonces, ante unos Servicios del Estado que juegan con la figura del Rey, explotando el simbolismo de esos ataques a la institución monárquica?

¿Qué especie de jugada tienen preparada ahora? ¿Nos encontraremos, quizá, con un macroatentado de ETA? ¿U optarán nuestros Servicios del Estado por movilizar a sus terminales en el Ejército, para que algún militar lance alguna proclama toscamente golpista? La respuesta es que, a estas alturas, probablemente no lo sepan ni ellos mismos. Las dinámicas se ponen en marcha y después, según sea el rumbo de los acontecimientos, se va eligiendo entre distintas alternativas.

El 23-F sirvió para consolidar la primera ronda de desarrollo autonómico. El 11-M se usó para superarla. Pero, tras una y otra operaciones, siempre se percibe, medio oculto entre las sombras, el mismo hilo conductor, el mismo impulso de manipulación de la sociedad española, el mismo principio rector de la democracia tutelada. El mismo omnipresente olor a caspa.

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