Suele decirse que la Física evoluciona a lo largo del tiempo, pasando sucesivamente por épocas en las que la mayor parte del trabajo consiste en la recopilación de una ingente cantidad de datos experimentales, seguidas de otras épocas en las que se produce una "explosión teórica" y en las que esos datos experimentales encuentran su explicación gracias a nuevos conceptos y fórmulas.
También suele decirse que ahora estamos viviendo una época fundamentalmente experimental, en la que los laboratorios y los observatorios exploran febrilmente ciertas áreas particularmente oscuras de la Física, acumulando datos y más datos para los que aún no existen teorías válidas.
Finalmente, también parece un lugar común decir que la Física está concentrada últimamente en lo más grande y en lo más pequeño. Se utilizan enormes y costosísimos aceleradores de partículas para tratar de comprender cómo está hecha la materia, descendiendo al nivel de los componentes subatómicos. Al mismo tiempo, intentamos comprender la Historia del Universo observando los objetos celestes más grandes, energéticos y distantes, mediante radiotelescopios increíblemente sofisticados.
Sin embargo, de vez en cuando siguen apareciendo campos de estudio que sorprenden por su aparente simplicidad. Uno de esos campos es el de la sonoluminiscencia, un fenómeno descubierto en 1934, pero que sólo ha empezado a ser estudiado en serio a partir de las investigaciones de Darío Felipe Gaitán en 1989, en la Universidad de Mississipi.
¿Qué es la sonoluminiscencia? Pues es un fenómeno muy peculiar que consiste en la producción de luz a partir de ondas sonoras. Imagine el siguiente experimento: tomamos un recipiente lleno de agua e introducimos en él una pequeña burbuja de aire. A continuación, hacemos pasar por el recipiente una onda sonora, lo que hace que la burbuja se expanda y se contraiga al ritmo del sonido. Si vamos aumentando entonces la intensidad del sonido, se alcanza un umbral en el que la burbuja colapsa periódicamente de manera catastrófica, al ritmo de las ondas de presión que la atraviesan, y empieza a emitir pulsos de luz de una gran intensidad y de muy corta duración. El equipo experimental necesario para estudiar este fenómeno sólo cuesta unos centenares de euros.
Hay que destacar que la sonoluminiscencia la conocían las gambas antes que nosotros. De hecho, hay una especie de gamba que atrapa con su cuerpo una pequeña burbuja de aire y luego produce luz agitando rítimicamente su cola y forzando a la burbuja a emitir pulsos luminosos.
¿Por qué se produce esa emisión de luz por parte de la burbuja? Todavía no se sabe con certeza, pero tiene que ver con las enormes presiones que se alcanzan en el centro de la burbuja cuando ésta se contrae. Trivializando mucho, podríamos decir que lo que sucede es que la energía de la onda sonora, que normalmente está distribuida en un cierto volumen, se concentra repentinamente en un punto casi infinitesimal, transformándose en luz.
¿Y qué importancia tiene esto? Pues, entre otras cosas, que abre la puerta a aplicaciones realmente insospechadas, porque los cálculos teóricos muestran que sería posible llegar a alcanzar en el centro de la burbuja las energías necesarias como para iniciar un proceso de fusión nuclear. Y todo con un equipo experimental que cuesta una miseria.
¿Y por qué hablo de este asunto? Pues porque durante mucho tiempo, como decía al principio, la Física teórica parecía estar confinada a campos de estudio cada vez más esotéricos y extraños, con teorías absolutamente incomprensibles y que requieren de ingentes cantidades de dinero para poder obtener cualquier resultado experimental. Y me llama mucho la atención cómo de repente aparece un campo de estudio nuevo, sencillo y prometedor, de manera totalmente inesperada.
Cuando todas las investigaciones parecen moverse dentro de un esquema inalterable, de repente alguien se fija en un fenómeno aparentemente trivial y se producen avances sorprendentes.