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Yo soy negro y moro y judío. Y tú también

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¿Hasta qué punto es cierto eso de que "todos somos hermanos"? Todos somos seres humanos, sí, pero ¿cómo de próximos somos? Esa es una pregunta para la que la Ciencia tiene ya, hoy en día, una respuesta aproximada, gracias a los análisis genéticos.

No entraré en detalles, para no aburrirles, pero hay una pequeña parte de nuestro ADN, llamada ADN mitocondrial, que solo se hereda de madre a hijo. Si esa transmisión de ADN fuera siempre perfecta, entonces nuestro ADN mitocondrial sería siempre idéntico al de nuestra madre, y al de nuestra abuela materna, y al de la madre de nuestra abuela materna.

Pero la transmisión y copia de nuestra carga genética no es siempre perfecta, sino que se producen pequeños errores, mutaciones aleatorias que hacen que el ADN mitocondrial vaya variando muy lentamente con el paso de las generaciones.

Y aquí es donde la Ciencia puede jugar a los detectives, para responder a la pregunta que planteábamos al principio del artículo: analizando cuántas diferencias hay entre el ADN mitocondrial de dos personas, se puede saber aproximadamente hace cuántas generaciones se separaron sus correspondientes linajes. Es decir, se puede establecer qué tatatatatatarabuela tienen en común.

Los últimos estudios realizados revelan que todos los seres humanos que habitan hoy en día en la Tierra descienden de una misma mujer, que vivió en Africa hace aproximadamente 100.000 años. A esa ultra-abuela de todos nosotros, los científicos la denominan la "Eva mitocondrial".

Ojo: cuando decimos que todos los seres humanos descendemos de aquella única mujer, de aquella Eva mitocondrial que vivió hace 100.000 años, no estamos diciendo que esa fuera la única mujer viva por aquel entonces. Para nada. Se calcula que en aquella época había en Africa una población de al menos varias decenas de miles de seres humanos. Lo que pasa es que, con el paso de las generaciones, los restantes linajes femeninos fueron perdiéndose, por ejemplo porque una mujer no tuviera hijos o porque solo tuviera hijos varones, que no transmiten el ADN mitocondrial.

El caso es que se puede demostrar que todos, al final, estamos emparentados. Y se puede determinar nuestro grado de parentesco. Si nuestra antepasada común, nuestra Eva mitocondrial, vivió hace unos 100.000 años, quiere decir que han transcurrido desde entonces unas 5.000 generaciones. Si toma usted a un indio del Amazonas y a un noruego, ambos estarán separados, como mucho, cinco mil generaciones. Si toma usted a un noruego y un francés, el parentesco será, seguramente, mucho más próximo y ambos compartirán una antepasada común mucho más reciente que la Eva mitocondrial y que desciende de ésta.

Así que, al final, todos los seres humanos somos parientes en cincomilésimo grado o menos. Todos somos, por tanto, primos. Primos lejanos, pero primos al fin y al cabo.

Lo cual quiere decir que toda la muerte y la destrucción que nos infligimos unos seres humanos a otros, todas las batallas y las guerras, todos los conflictos, todos los asesinatos e incluso todos los genocidios y las limpiezas étnicas, no son sino peleas de familia.

Un concepto como el de raza, por ejemplo, se vuelve ridículo contemplado desde esa perspectiva histórica. Las distintas poblaciones humanas han ido adquiriendo determinados rasgos con el paso de las generaciones, debido a la endogamia dentro de ciertas zonas geográficas, pero al final todas esas diferencias no significan nada: ni hacia atrás (porque todos descendemos de una misma mujer), ni hacia adelante (porque la globalización hace cada vez más frecuente la mezcla entre poblaciones geográficamente alejadas).

Por eso resulta desolador ver cómo, todavía hoy, hay gente capaz de matarse, o de odiar a su vecino, por un concepto, el de raza, que no significa nada de nada. Por una idea hueca. Por una simple palabra.

La vida y el mundo serían mucho más fáciles si todos recordáramos, antes de pontificar sobre ningún grupo humano, una idea muy sencilla: "yo he compartido antepasados con ellos hace no tanto tiempo". Eso ayudaría a relativizar las supuestas diferencias entre unos hombres y otros.

Al final, yo soy negro, y moro, y judío. Y tú, aunque no te lo creas, también.

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