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25 años sin PCE

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Cuando legalizaron el PCE, allá por el 77, yo ya me había marchado. Cosa de un año antes. Y aquello pasó por mí en la más perfecta indiferencia. Tenía aún dentro a una buena parte de mis amigos. Hablaba –en parte al menos— un código de lenguaje básicamente igual al suyo. Para mí era prehistoria, sin embargo. De Carrillo, no hablo. Lo supe siempre un tipo detestable. En mis años de militancia clandestina, como antes de ellos. Como después. Como siempre.

Cuentan entre los mejores años de mi vida, no obstante, aquellos que pasé en la subterránea militancia del Partido –nadie, en la España franquista se engañaba cuando decía “el Partido”, sólo había uno, ilegal y mítico—; o, al menos, son los años en los cuales aprendí más cosas y más importantes. El tiempo de la clandestinidad y de las apuestas a vida o muerte no se mide con los parámetros de los relojes. El PCE agrupó, desde mediados los sesenta hasta el fin de la dictadura, lo mejor de este país. En lo moral como en lo intelectual como en lo político. Los pocos, los poquísimos, que estaban dispuestos a jugarse la libertad, el futuro profesional más o menos confortable, la vida llegado el cosa, por algo tan intangible a la inmensa masa ciudadana cuanto lo es el combate contra una tiranía. Ese fantástico capital fue despilfarrado por Carrillo. Obtuvo a cambio su propio medro. Nadie que conozca su historia se sorprenderá de eso.

Eso fue el PCE. Gente heroica, jugándose la vida en Madrid, Barcelona, Sevilla, o en el último pueblo de extremadura. . También, la dirección política más canalla que haya tenido que sufrir partido español alguno. Sinvergüenzas profesionales, que jamás dudaron en vender a su madre a cambio de su cargo y de sus vacaciones en Rumanía, dirigiéndolo despóticamente todo desde lejos. No eran sólo malos y haraganes, pese a serlo y mucho. Eran incompetentes. Más de lo que, por fortuna, la policía política franquista llegó a imaginar nunca. Arruinaron la vida de varias generaciones de gente indeciblemente generosa. Y luego, cuando les dio la gana retornar a España a seguir viviendo del sórdido sueldo del político (nunca vivieron de otra cosa), dejaron tirados a aquellos sobre cuyas maltratadas espaldas habían vivido durante varias décadas. No es verdad que legalizaran el partido. Lo disolvieron. Y conservaron las siglas como propiedad privada.

Y es verdad que fue don Santiago Carrillo un asesino durante los años de guerra. Y es verdad que fue un obediente lacayo (junto al luego travestido en hermana de la Caridad, Fernando Claudín) de Stalin en los peores años de represión y depuración de los partidos comunistas, tras la segunda guerra mundial. Y es cierto que su arbitrariedad (y su habilidad) para liquidar a cualquier opositor en el vértice dirigente de su partido da asco. Nada es comparable, sin embargo, a aquello del 77. El espectáculo de Santiago Carrillo, dinamitando –al margen de toda legalidad interna— a su partido para obtener la prebenda de una futura acta de diputado, quedará entre los momentos más sucios de la historia, no muy limpia, de la España del siglo XX.

Yo no había cumplido treinta años. Podía rehacer mi vida. Por eso me fui, unos meses antes de que sucediera; cuando había que ser algo más de tonto para no entender que iba a suceder. Antes o después, todos se fueron. Todas aquellas gentes estupendas que habían arriesgado lo más digno de sus vidas, para que en un día de abril de 1977, Don Santiago Carrillo hiciese de esas vidas calderilla. Embolsable. No se legalizó el PCE. Se alzó acta de su disolución. ¡Ya, veinticinco años!

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