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Asalto a la dignidad

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Cuando en una república como Haití se celebran elecciones, las expectativas de que se abran cauces democráticos son bien reducidas. El camino político y económico de Haití ha estado siempre erizado de trágicos obstáculos. Cuando en una república poderosa y grande, como Estados Unidos, que ha sido faro de libertad y justicia por centurias, se celebran elecciones, se espera la confirmación de una hermosa tradición democrática. De ahí el asombro al ver que el país no tiene aún presidente, que la política se ha agriado y que la llegada al poder se ha convertido en un litigio perpetuo.

Señalemos un evento inicial que marcó el rumbo de los acontecimientos. Fue cuando uno de los candidatos presidenciales llamó a su rival, le concedió la victoria, y poco después llamó de nuevo para “retirar” su concesión. Esa extraña conducta sólo puede plantear dos conclusiones. Que la desorganización del equipo de ese candidato había llegado al caos o que ese candidato se había desprendido de toda reserva ética y volvía a la arena sin más motivación que su ambición y sin otro propósito que llegar al poder fuera como fuera. Sólo con ese antecedente se podría explicar la más reciente conducta de Al Gore.

Hasta el momento de su renuncia oral a Bush, Gore había, en general, actuado y hablado con la reserva que se espera de un vicepresidente de Estados Unidos. Pero, una vez que alguien lo convenció de que aún podía ganar y que la campaña hacia la victoria requería esgrimir el acero, tan filoso hoy como en época de Maquiavelo, de que el fin justifica los medios, la campaña adquirió un nuevo y riesgoso giro: los abogados pasaron a la vanguardia. Paso que inmediatamente demostró la sagacidad de aquel ancestral proverbio de los chinos: “Donde hay muchos soldados, no hay paz; donde hay muchos policías, no hay libertad y donde hay muchos abogados, no hay justicia”.

Sabiendo que los números estaban en su contra, Gore proclamó que no va a renunciar nunca, que no hay tal cosa como una derrota digna, que cada palabra viene apoyada por legiones de abogados erizados con infinitas demandas, apelaciones, acusaciones y contrademandas. Tal táctica obligó a Bush a movilizar a sus propios gladiadores legales.

Como siempre, pronto los ataques demócratas se desbordaron. Se les pidió a las cortes y a los jueces que no se limitaran a juzgar los hechos, sino que forjaran leyes, que cambiaran las ya aprobadas reglas de juego para dar paso a que se recontaran los votos y se aumentara el número de los que aparecían bajo su nombre.

Posiblemente no haya muestra más evidente de hasta dónde puede llegar tal frenesí de victoria, aun cuando la situación actual ha hecho cotidiano el asombro, que ese acudir a los tribunales para que obligaran a los exhaustos trabajadores voluntarios, que se habían negado a seguir contando votos en el condado de Miami-Dade, a que volvieran a sus puestos y siguieran trabajando como esclavos. Frente a tal desatino, que las cortes desecharon, es posible preguntarse qué sistema, o amparándose en qué ley, se puede obligar a unos trabajadores voluntarios a que sigan trabajando, y cuál sería el castigo aplicable si esos voluntarios trabajadores se niegan a acatar la orden de reanudar el conteo de los votos. Preguntas válidas que sólo pueden ser contestadas si el candidato no piensa que una orden suya es como un úkase del zar de todas las Rusias.

Con la expansión de ese tipo de contienda, sin paz ni retirada, donde ni aun la tradición pacífica del Día de Acción de Gracias logró disminuir el zumbido de las balas políticas, ¿cómo es posible esperar un respetuoso cambio de poderes que abra un período de paz y concordia que ayude a curar las heridas? Y todavía más alarmante es pensar cómo van a registrar estas iracundas semanas las jóvenes generaciones que dentro de unos años van a demostrar lo que han aprendido de sus progenitores.

Por último, cabe preguntarse sobre el juicio que les merece a los miembros de las fuerzas armadas un comandante en jefe que no defendió su derecho a votar porque temía salir perdiendo.

En fin, siempre queda la esperanza de que los altos círculos del Partido Demócrata, o de los dos partidos, asuman la responsabilidad de embridar los excesos y cerrar el camino hacia el abismo que Al Gore parece decidido a recorrer. El riesgo es enorme y el tiempo se esfuma, pero es preciso apelar a todo el que sepa medir la dimensión del problema y contribuir a solucionarlo.


© AIPE

El cubano Luis Aguilar León es historiador y periodista y reside en Miami.

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