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Cantinflas en la política

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Cuando leo comentarios sobre las relaciones entre México y Cuba, antes de pensar en los temas importantes de México, como aquella estremecedora frase de Montezuma, cuando obligado a justificar el ritual asesinato de miles de indios sólo dijo: ‘Los dioses tienen sed’; repasar la vida destellante de fray Servando de Teresa y Mier, la obra de Octavio Paz, la novela ‘Los de abajo’, de Mariano Azuela, el pensamiento de Vasconcelos o cien otros aspectos de esa vasta cultura, suelo inclinarme primero a una oleada de cálidos recuerdos vinculados a mis mejores memorias.

Ese viraje hacia lo que mucha gente considera superficial, la música popular, se debe a que cuando mi generación crecía en Cuba, crecía inmersa en un ámbito de música mexicana. El más soberano nombre de esa creatividad era Agustín Lara, un genio compositor que creaba torrentes de inmortales canciones: ‘Noche de ronda’, ‘Mujer’, ‘Solamente una vez’, ‘Granada’, ‘Madrid’, y que vivía acompañado por otros notables creadores de música.

Había un segmento de música popular que era especialmente aplaudida en Cuba. Eran los corridos, que forjaban la imagen de los charros, quienes, como Juan Charrasqueado, ‘era borracho, parrandero y jugador’; o aquél que iba a la Feria de las Flores y llevaba pistola al cinto y con ella daba consejos. Eran hombres bravos, siempre armados, amantes del tequila y de las mujeres. Con ellos llegaron a Cuba Tito Guízar, Jorge Negrete, Pedro Infante y muchos otros.

Pero el rey de las películas de toda esa época era Cantinflas (Mario Moreno), quien llegó a crear un lenguaje peculiar y personal, que implicaba hacer sonidos con la boca sin decir nada, que avanzaba y retrocedía en medio de palabras interminables y que hacia desternillar de risa a los públicos con sus expresiones faciales; los líos en que se metía´, su ropa que bordeaba el desastre y sus sinuosos párrafos crearon un verbo, ‘cantinflear’, que era hablar enfáticamente sin decir nada.

Pues bien, en estos días las variaciones del lenguaje oficial de México me han recordado la música de Agustín Lara y el arte del gran Cantinflas. Son unas variaciones que comenzaron con una frase humorística de Vicente Fox candidato, luego electo presidente, cuando sugirió que a Fidel no le quedaba más que dar un paso hacia la tumba. En los predios diplomáticos la frase de Vicente Fox significó que el gobierno mexicano iba a seguir delineando una conducta dura hacia la dictadura cubana.

Una vez electo, sin embargo, esa política pareció vacilar y, en algunos aspectos, retroceder con elogios a Castro y su gobierno. Ese zigzag creó muchas confusiones, pero hace unas semanas se intensificó el enredo. Se anunció una visita a Cuba del presidente Fox, luego se aclaró que no era una visita oficial y que iba a ser breve. Surgió el tema de los disidentes, pero el embajador mexicano había dicho que las puertas de la embajada estaban cerradas para los disidentes. Casi de pronto, corrió la noticia de que Fox los iba a escuchar y los escuchó. Con gesto noble, el canciller Jorge Castañeda afirmó que las relaciones habían cambiado de ser con la revolución cubana a ser con la República de Cuba. Castro mostró su ira contra el canciller.

Los expertos estaban intentando descifrar lo que todo esto significaba, cuando un grupo de jóvenes cubanos entró a la fuerza en la embajada de México y puso en movimiento una de las más perfectas escenas de la historia. Cinco minutos más tarde llegaron cientos de guardias cubanos y después, asombro de asombros, Castro llegó, examinó y se fue, como si ya todo estuviera bajo su control. En vez de proteger a los jóvenes y pedir garantías para ellos, la embajada de México le pidió a Castro que se los llevara. Y algunos voceros mexicanos repitieron las palabras de Castro y culparon a Radio Martí y, naturalmente al ‘imperialismo’ norteamericano, de lo que había ocurrido.

Cuando diplomáticos mexicanos se reunieron con dirigentes del exilio cubano en Miami, Castro de inmediato retornó al tono amenazante y triplicó la represión. De inmediato también, en México, aparentemente olvidando la tradición de coraje de su pueblo, surgieron voces proclamando que las relaciones con Cuba estaban mejores que nunca y que por nada iba México a cambiar su voto y condenar a Cuba en la próxima reunión sobre las violaciones de derechos humanos en Ginebra. Es decir, esas palabras comprometían al gobierno mexicano a no condenar a Cuba, ocurriera lo que ocurriera. Si el régimen cubano asesinaba a veinte prisioneros, México no condenaría a Cuba. La confusión ‘cantinflesca’ le da luz verde a Castro. La verdad es que no puedo creerlo. Estoy seguro de que ha habido alguna confusión.

Pero las discusiones actuales me hacen añorar a Agustín Lara, a Pedro Vargas con su ‘muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido’, a los charros que hablaban claro y no se doblegaban ante el abuso, y al genial Cantinflas con su cómico lenguaje, mucho más claro que el que sólo sirve para confundir y abusar.

© AIPE

Luis Aguilar León es historiador y periodista cubano.

Este artículo, junto a otros de Martín Krause, Carlos Sabino y otros, se publica en La Revista de América de Libertad Digital. Si desea leer más, pulse AQUÍ

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