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Comandante, no se nos fugue

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Sabemos muy bien, comandante, que corren por Cuba turbios rumores sobre su salud; que en ciertas ocasiones su hermano Raúl ha mencionado enigmáticamente la necesidad de “arreglar” asuntos antes de que usted muera y el otro día las cámaras de televisión 51 lo mostraron a usted en una tribuna pública balbuceando confusiones, traspapelando las hojas de su discurso y sembrando un temeroso asombro en el público. Significativamente, las cámaras se apresuraron a desviar su enfoque hacia el paisaje, pero luego de su desmayo el sábado, quedan pocas dudas.

Por otra parte, las noticias internacionales no pudieron ser peores. Los ricos del Club de París le negaron todo crédito al gobierno cubano y los brasileños se fueron de Cuba sin encontrar petróleo.

Ocurre, comandante, que los cubanos conocen su engañosa capacidad histriónica, lo bien que usted se hizo pasar por un héroe democrático mientras imponía una larga y férrea dictadura; los golpes de pecho que se dio cuando juraba no ser comunista, mientras atornillaba la población a los caducos preceptos del marxismo; su brutal manera de culpar siempre a otros (el imperialismo es responsable hasta de los ciclones) por todos los fracasos que usted mismo genera; y la insistencia con la que aún grita, después de hundir a su pueblo en la miseria y detener el progreso del continente alentando guerrillas, que usted es el noble defensor de los pobres.

Es por eso, comandante, que nosotros no acabamos de creer que usted padece de Alzheimer, ni queremos aceptar que usted está cada vez más cerca del desmantelamiento mental. Pensamos que el apretón de la realidad cubana en torno a su cuello es lo que le ha dado ese aspecto de viajero espacial deteriorado. Todos los recursos se han agotado. Y usted, el viejo mago que destellaba trucos sobre el “luminoso porvenir de Cuba”, no tiene ya nada que ofrecer.

Si se tratara de un problema de salud, créame que estaríamos dispuestos a enviarle gratis a buenos médicos de Miami, cargados de medicinas, para devolverle la capacidad de ver lo que está ocurriendo en torno suyo. Porque ya más y más gente, incluyendo a altos oficiales de las fuerzas armadas, se ha dado cuenta de que usted no es más que un uniforme vacío. Y es ese cambio en torno suyo el que quisiéramos que usted viera.

Porque lo que lamentaríamos muchos cubanos sería que después de fusilar a cientos de compatriotas, liquidar la zafra y sembrar la miseria en el campo, construir sombrías prisiones donde sufren y mueren innumerables cubanos por el delito de disentir, llevar a la muerte a miles de cubanos en Angola o en el mar que rodea la isla, usted se enferme, se le nuble la mente y parta hacia el final sin recordar lo que ha hecho.

Lo justo, comandante, sería que usted tuviera que enfrentarse a sus víctimas, no para que lo arrojen a un calabozo sin juicio, como usted ha hecho con Vladimiro Roca y con cientos de otros prisioneros, sino para darle la oportunidad de que se defienda frente al magno coro que le va a demostrar la honda catástrofe que en todos los niveles de Cuba ha producido su implacable carácter.

¿Se trata de venganza? Puede ser que en esa voluntad de justicia haya un hálito de venganza, pero se trata básicamente de justicia. Los juicios de Nuremberg y los celebrados en los Balcanes no fueron motivados por venganza, sino por la necesidad de castigar a quienes como Pol Pot, el verdugo de Camboya, se escapan de su país o mueren misteriosamente rápidos, como a urgencia de sus cómplices que quieren liberarse de toda responsabilidad en los crímenes.

Ese anhelo de balancear el castigo con el crimen es, posiblemente, una de las razones que le dio vida al concepto del infierno. Para muchos mortales, una persona que ha asesinado o torturado a cientos de seres humanos no puede pagar toda su culpa en esta vida. Frente a la maldad impune, frente a individuos que rebasan todos los límites del crimen, es difícil aceptar que su muerte rápida y sin mucho sufrimiento sea el final de todo. Para esos creyentes, hay un infierno con castigos eternos.

Objetivamente hablando, es cierto que usted no está clasificado entre esos grandes monstruos, comandante. Pero sí está de lleno entre los pequeños monstruos. Obviamente, ya usted está cerca de su final y de que sobre usted se desplome su fracaso. Pero aun así, si pudiéramos ayudar a que usted recupere un mínimo de luz y esté algo alerta, créame que lo haríamos. Lo que no deseamos es que se fugue a través de un problema mental. No, comandante, aprenda cuántas provincias hay en Cuba y el nombre completo de Ciego de Avila. Alértese, asimile y sufra el desastre que lo rodea y no nos deje como única opción la del infierno.

© AIPE

Luis Aguilar León, historiador y periodista cubano, escribe desde Miami.

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