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Por qué Europa no se suma a nada

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Los que aún tengan destellos o hayan estudiado la historia de la civilización occidental deben tener alguna melancólica idea de por qué Europa, específicamente Francia y Alemania, manifiestan tal pasiva actitud frente a la real amenaza que proyecta el régimen de Saddam Hussein. Y es que se trata de una civilización que, incapaz ya de imponer fórmulas políticas, brindar modelos éticos o jugar a ser potencia mundial, sueña con que la dejen vivir en paz junto a sus gloriosos recuerdos.

Recordemos que la primera semilla de una civilización que iba a dominar al mundo fue plantada hace más de tres milenios en el este del Mediterráneo. De ese núcleo inicial nace la más tarde llamada ''civilización occidental'', la cual, rica en ideas y forjadora de artes y de filosofía, llegó a plantear temas profundos del existir y de la vida ciudadana. Tras una centuria de creatividad helénica, las legiones romanas conquistaron Grecia y les brindaron a sus pensadores el impresionante caudal de la filosofía helénica. En perenne expansión territorial, Roma dominó todas las costas del Mediterráneo y unificó un vasto imperio territorial.

Lo cual ayuda a señalar la importancia de un aspecto: la influencia del poder político. Toda civilización establece un poder militar que le permite desarrollarse y crecer. La misma Grecia había rechazado la invasión persa y había expandido la influencia helénica asimilada en el imperio de Alejandro. Más tarde, la victoriosa expansión militar del imperio romano unificó la idea de un estado poderoso guiado por una cuota de ideas griegas.

La decadencia de Roma se acelera con el galope de los bárbaros. Por algún tiempo parecía que aun la sombra de Roma iba a desvanecerse, pero tres factores salvaron el débil concepto de integridad cultural que había existido en Grecia: la unidad religiosa que brindó el cristianismo; el uso común del latín y la voluntad de los líderes bárbaros, ya para entonces convertidos en cristianos, de restablecer el modelo romano que habían aprendido a respetar.

Así fue como poco a poco se extendió la idea de un continente europeo habitado por pueblos diferentes pero teóricamente unidos por un pasado común. La emergencia y la sorpresiva eficiencia militar de los musulmanes, que les permitió conquistar España, les plantearon al Papa y a los líderes cristianos la conveniencia de combatir con una cierta unidad. Obviamente, la amenaza llegaba del Asia y de los árabes, es decir, del Oriente. La diferencia con la Europa occidental comenzaba a ser visible.

Hacia el siglo XIII, los pueblos de esa Europa, esencialmente los más occidentales, comenzaron a desplegar una fabulosa capacidad creadora en la ciencia y en la técnica y una intensa creatividad artística. En el siglo XVI, Portugal, España e Inglaterra le habían dado la vuelta al mundo, habían comenzado a conquistar colonias en todos los continentes y mejoraban los equipos militares. Tras ellos crecían las teorías políticas y los análisis de la sociedad. Muy pronto Francia, Alemania y aun Italia se habían sumado a la expansión de la Europa occidental. La influencia mundial era tan clara que aun las colonias que alcanzaron la libertad, proclamaron su apoyo, muchas veces teórico, a los regímenes constitucionales.

La superioridad ''occidental'' se reflejaba desde los ejércitos hasta los partidos políticos, desde el creciente comercio hasta las poderosas empresas industriales. Japón comprendió la situación, se ''occidentalizó'' y derrotó a Rusia. El Occidente señalaba las modas y los imperios. Pero crecían los problemas: Inglaterra y Francia combatían por oscuros rincones de Africa; Alemania demandaba su espacio, y doctrinas comunistas anunciaban la caída del capitalismo. En 1914, tales debates condujeron al estallido de la Primera Guerra Mundial. Alemania perdió la batalla, la monarquía fue derribada en Rusia y en Austria; enfrentadas a una creciente crisis económica, aun las potencias vencedoras, Inglaterra, Francia e Italia, habían ganado más problemas que ventajas.

Veinte años más tarde una Alemania hitleriana, ciñendo el sueño del imperio mundial, provocó la Segunda Guerra Mundial. En 1945, al final de esa guerra, Alemania estaba destruida y humeante; Francia, sin verdaderos méritos bélicos, tuvo que abandonar Argelia y sus otras colonias; el fascismo italiano era polvo, y el espectáculo del continente era negativo. Sólo Inglaterra emergía con redobles de poder, pero ni el gran Churchill pudo evitar que el imperio británico se deshiciera en fragmentados recuerdos.

Obviamente, Europa no era ya el centro del mundo. La Unión Soviética se hundió en un colapso. Una China libre se había vuelto comunista y planteaba sus planes. India, liberada y superpoblada, tenía cohetes atómicos, como Pakistán y Corea del Norte. Estados Unidos, modelo de democracia, había derrotado al Japón, a Alemania y a Rusia y era el único súper poder que quedaba.

Como consecuencia, un francés que recuerde la gloria napoleónica sabe que Francia no puede volver a esa etapa; un alemán que recuerde el III Reich que dominó al continente y terminó entre ruinas no quiere repetir la sangrienta e inútil pesadilla. España e Inglaterra están dispuestas a marchar junto a Estados Unidos. Los rusos tratan de hacerse sentir en el mundo. Pero Israel sigue luchando contra el terror. Y el mundo musulmán se agita, creyendo que Alá les ha devuelto su poderío histórico.

Ese es el panorama que se le ofrece a Europa. Pero Europa tiene los ojos apagados y conoce su muy limitada perspectiva. Europa, una vieja Europa, no quiere sumarse a nada.

© AIPE

Luis Aguilar León es historiador y periodista cubano.

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