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Una de vaqueros

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Vivimos en una época donde lo ilógico es razonable y lo surrealista cotidiano. ¿En qué otra era un viejo dictador comunista sale a desfilar con unos zapatitos de tenis y una banderita cubana, para insultar a unos extranjeros cuyo único delito fue disfrazarse de reyes magos y salir a la calle a arrojarles dulces a unos pobres niños cubanos? ¿Cuándo ha estado Europa empavorecida porque una vacas locas insistan en bailar el famoso baile de Ricky Martin? Obviamente la época exige modelos que salten fuera de lo sensato y sean comprendidos por los demenciales.

Esa exigencia nos permite aprender algo del actual ejemplo de Colombia y su crisis. Hace poco, en una reunión en el Departamento de Estado, me preguntaron cuál era el error básico de la política gubernamental colombiana que mantenía al país al borde del colapso. Más que a razones académicas acudí a un argumento popular. Y es que hace rato que el presidente colombiano debió haber aplicado el código que reina en las películas del oeste norteamericano.

Digamos de paso, que esas películas de vaqueros forman el género más auténtico de la cultura popular norteamericana. La imagen de esos pueblecitos cubiertos de polvo, donde galopan a lo lejos vaqueros solitarios e indios emplumados que brindan roncos tambores de guerra; donde luchan lacónicos vaqueros que imponen la ley con sus sagaces revólveres, casi forjaron la imagen de un período de la historia norteamericana. Era una época cuando los encuentros violentos solían terminar con la victoria de los sheriffs sobre los “malos”.

El Oeste tenía su ética, unos principios de justicia que aprendían generaciones de jóvenes cineastas. “La acción vale más que las palabras”, enseñaban, “las peleas no se buscan, pero no se evitan”; “un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer”. Una lección era básica: “nunca se debe amenazar en vano”. Si un pistolero o un sheriff se enfrentaba al “malo” de la película, tenía que estar dispuesto a apoyar sus palabras con sus balas y su vida.

De ahí que, en el caso de Colombia podemos imaginarnos unas escenas del Oeste. Pastrana es el sheriff que, como otros presidentes, se enfrenta a los terribles guerridrogueros que han mantenido el país en una eterna y terrible convulsión. En la primera escena vemos a una barra de pueblo, donde el malo de la película, llamado Tirofijo, bebe rodeado de sus matones y de algunas típicas y accesibles “damas”. De pronto se abren las puertas del cafetucho y entra el sheriff. El pianista y el bar caen en silencio.

El sheriff se acerca a la barra, mira de frente al malo y le dice: “Cuando caiga el sol tienes que haberte ido del pueblo”. No dice más, no mira a nadie, apura un trago y se marcha sin prisa. El silencio se inmoviliza. Todo el mundo observa de reojo al malo. De pronto el matón pide una botella y exige música. La amenaza no parece haberle hecho efecto. El escándalo hace retumbar el salón.

Pasa el tiempo. Sin mencionarlo, todo el mundo aguarda. Cuando los últimos rayos del sol se esfuman en los cristales del salón, se abre la puerta y la figura del sheriff enmarca la entrada. Cautelosamente, los amigos del matón se distancian. El cantinero retrocede dos pasos detrás de la barra. El sheriff avanza, se cuadra en línea de tiro frente al malo y le dice: “Te quedan dos minutos para irte”.

El matón termina su trago, se limpia la boca con la manga y se aparta de la barra. Sus dedos tocan las fundas de sus revólveres. Mirando fijamente al sheriff, Tirofijo afirma desdeñosamente: “Me quedo hasta que me dé la gana”. Las palabras estremecen; ha llegado la hora de la verdad; sobran las palabras; van a hablar los revólveres. Como en la clásica película Shane, hasta los perros se escurren fuera del local. Todos los ojos penden de los dos antagonistas.

Es entonces cuando el sheriff dice con voz amistosa: “Mira, te voy a dar una tercera parte del terreno que está a la entrada del pueblo con tal de que iniciemos diálogos de paz. Piénsalo bien”. Estupor general. El silencio se fragmenta bajo el impacto de una carcajada. Todos los amigos rodean al matón y le palmotean las espaldas. Alguien grita: “¡Los tragos van por la casa, muchachos!” Otro vocifera: “La tercera parte no, la mitad de la región debe ser nuestra para poder organizar toda esa zona!” El sheriff se va solo, monologando sus razones, mientras Tirofijo expande sus condiciones.

Aislado en su rincón, el camarero, de origen francés, intentaba en vano recordar una apropiada frase que le leyó su padre. Era una frase de un tipo que se llamaba Montesquieu: “Nadie puede comprar la paz, porque el que vende queda siempre más fuerte y obliga a que le compren de nuevo”. Pero el francés no se acordaba, ni Pastrana parece que la recuerda.

© AIPE

El historiador y periodista cubano Luis Aguilar León escribe desde Miami.

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