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1,5%

Lo siento, pero tengo que repetir que España se encuentra en una situación muy pero que muy complicada, con el agravante de que pocos se dan cuenta de su seriedad, pues nos engañamos entre todos, empezando por el Gobierno.

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Un 1,5% de inflación. En tiempos normales sería muy buena noticia, pero en los actuales es el cumplimiento de un pronóstico que ya hice hace tiempo, cuando pintaba los gráficos de evolución de la oferta monetaria contrayéndose: nos acercamos a la deflación. No hay dinero y la demanda está en caída libre.

A primera vista, esto podría ser considerado beneficioso, porque una menor inflación aumentaría la capacidad adquisitiva de los españoles. Pero ¿de qué españoles? Pocos han logrado aumentar sus rentas: sí, ha habido rentas salariales que se han revisado al alza al principio del ejercicio, pero eso no es más que un riesgo adicional para un mayor paro. Si los precios percibidos por los productores caen –o aumentan mucho menos de lo que se esperaba cuando se revisaron los salarios– y las ventas se desploman, se habrá cometido un error de optimismo que llevará a ajustes en el empleo y a cierres de empresas. Un aumento del salario real a los que trabajan en una compañía con dificultades –y quién no las tiene hoy– no es ninguna bendición.
 
Los pensionistas y otros que reciban una renta fija, se beneficiarían de esta bajada de la inflación o de la posible deflación. Pero esto es más aparente que real, pues el malestar general se contagia; además, nadie está libre de un familiar en dificultades, al que hay que ayudar. En España, el paracaídas natural más socorrido es la familia, que todavía hoy funciona como un colchón de seguridad, aunque el Gobierno la quiere liquidar.

La caída de los precios de los pisos supone una reducción de la renta de los propietarios, que no los pueden vender más que con fuertes rebajas, en un momento en el que quizás pensaban vivir de su patrimonio. Otros que no tendrán más remedio que ajustarse el cinturón. Si alguien no ha vendido antes porque pensaba que le daban poco, va a tener largos años para arrepentirse y mesarse los cabellos hasta quedarse varias veces calvo.

El otro día leía unas estadísticas de los precios en España que casi me provocan un sofocón de la risa: decían que los pisos de segunda mano habían caído un 8% anual, los nuevos un 3%, y en conjunto ¡habían subido un 3%! Lo peor de España es la mentira, que sale muy barata. Me doy cuenta de que este país es el más hipócrita que conozco, pues esto sólo pasa aquí. Muy bien, la gente no quiere reconocer cuánto han caído los pisos: pues que me digan los stocks invendidos, para hacerme una idea. Tampoco hay dato fiable de esto.

En Inglaterra, por ejemplo, los pisos se han abaratao un 15% en un año, y pese a ello los stocks sin vender han aumentado por encima del record histórico, y mientras esos stocks no se vendan, los precios seguirán cayendo y la construcción no se reiniciará: más de un año y de dos. Es un ajuste necesario e inevitable de los excesos, pero por lo menos se tiene una idea de cuánto va a tardar. Allá hay cuatro o cinco casas independientes que te publican unos datos completos de la situación. En Estados Unidos, como mínimo las mismas. Aquí te cuentan una de dibujos animados.

Lo siento, pero tengo que repetir que España se encuentra en una situación muy pero que muy complicada, con el agravante de que pocos se dan cuenta de su seriedad, pues nos engañamos entre todos, empezando por el Gobierno. Un Ejecutivo frívolo que va a endeudarse para regalar dinero a las comunidades consumistas e insolidarias, una economía hacia la deflación con un paro en imparable aumento, y, además, una insuficiencia de recursos monetarios propios para corregir con suavidad algunos de los excesos (el tipo de cambio y el tipo de interés). Y para rematar, una oposición en total descrédito, lo cual es de antología, con la crisis que hay.

En fin, un solipsismo agudo, cada uno en su discurso metafísico y ficticio, luchando por apoderarse de una Administración en proceso de extinción, pues nadie quiere sostenerla. Un Estado que ha malvendido su soberanía monetaria, educacional y fiscal y que es cada vez menos independiente para mantener sus funciones básicas; un Estado deseoso de transferir más y más recursos y que oculta que lo peor está por llegar. Todos juegan a la normalidad; a discutir durante horas si Mayor Oreja es buen candidato para las europeas. Y a mí, ¿qué me importa? ¿En qué ayuda esto a solucionar los problemas más acuciantes?

El PP, según su secretaria general, María Dolores de Cospedal, bajaría los impuestos: me parece muy bien. Bajar los impuestos –que por cierto es lo que anuncia que quiere hacer Obama– es bueno a largo plazo. Pero, ¿qué impuestos podrás bajar, si cuando lleguéis –si es que llegáis– ya no quedarán apenas recursos propios?
Luis Hernández Arroyo es autor del blog Cuaderno de Arena.

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