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¿Aliado o dolor de cabeza?

La Tradición (con mayúscula) anglosajona siempre ha tenido claro hasta dónde llegaban las concesiones a un aliado, que podría ser más o menos permanente, pero siempre hasta un límite marcado por los intereses nacionales.

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Cuando el poder persigue a la religión, ésta vuelve a la plaza radicalizada y con un gran impulso popular. La Turquía de hoy es fruto de una historia nada ejemplar. Lo que tiene de democrático, o de occidental, lo debe a su fundador, Kemal Ataturk; literalmente, "padre de la patria turca". Pero la occidentalización lograda por este exigente padre tras la derrota de Turquía en la primera mundial no fue especialmente modélica, todo lo contrario: se impuso a sangre y fuego sin distinción de clases u orígenes. Un ejemplo fue la obligatoria sustitución de la escritura musulmana por la occidental, sin miramientos de ningún tipo (imaginen que aquí nos obligaran a algo así, por ley), y otro el silenciamiento, ante las investigaciones occidentales, del genocidio (en este caso parece ser que no es palabra exagerada) de los armenios, que desaparecieron durante la guerra por millones en una operación de limpieza étnica muy bien gestionada, con gran eficacia de medios a tenor de los inconfesables fines. Incluso se aprovechó ladinamente la guerra como cortina de distracción. Parece ser que Kemal no participó directamente, pero cuando llegó al poder tras el conflicto bélico impuso una política de silencio y negación. Hasta hoy, con la complicidad de los países aliados de la OTAN, esa historia sigue en el limbo, con una calificación convenientemente edulcorada por la ONU.

Que nadie vea la intención de denostar a un país al que admiro. La política de Occidente, incluyendo a Turquía en la OTAN, fue un gran acierto, dadas las amenazas estratégicas a las que nos enfrentábamos. Pero se trataba de una alianza de intereses militares comunes y nada más. Nos obligaba a una defensa mutua en caso de agresión de terceros... lo cual no es poco. La inclusión, hasta ahora frustrada, de Turquía en la UE es otra historia, pues se supone que ésta es algo más que un tratado de intereses comunes. Por decirlo suavemente, hay connotaciones culturales –y por lo tanto éticas– de uno y otro lado absolutamente incompatibles. Esto es algo que deberían comprender lo norteamericanos, tan proclives a simplificar estas cosas cuando se trata su política exterior. ¿O es que ellos estarían dispuestos a integrar a Turquía en su sagrada Unión? Seguro que no, y harían bien.

El problema de Turquía y su integración en la UE es que uno y otro son dos engendros de la ingeniería social, dos entes con la cabeza en un sitio y el corazón en el otro: la primera por lo que hemos dicho antes de su historia en el siglo XX; la otra porque se ha empeñado en olvidarse de sus orígenes, borrándolos sistemáticamente para edificar un engendro tipo monstruo de Frankeinsten, sin padre ni madre, salvo el frío racionalismo aniquilador; quizás sea muy moderno y estético, pero de ahí viene el fracaso de la Constitución.

Pero ahora en Turquía vuelven a ganar los islamistas con renovado empuje, y los burócratas de la UE se soliviantan un poquito. Ellos mismos han creado la contradicción de crear la Unión, un engendro a su medida, sin tradiciones ni valores en los que apoyarse (recordemos que los valores que tanto cacarean son fruto de la cultura americana, no de la Ilustración francesa, el gran fracaso de Europa) para manipular a su antojo el poder que ningún pueblo les ha concedido. ¿Cómo admitir a Turquía, si miramos a nuestro origen y cultura, debida en gran parte a nuestra secular lucha deprincipios –como supo ver Julián Marías– con el Islam? ¿O cómo negarle el acceso, si miramos a la fría razón?

La Tradición (con mayúscula) anglosajona siempre ha tenido claro hasta dónde llegaban las concesiones a un aliado, que podría ser más o menos permanente, pero siempre hasta un límite marcado por los intereses nacionales. Eso que en la UE se empeñan algunos en hacer desaparecer.

Primero la UE debería retroceder a los estadios en que era una unión fuerte de naciones fuertes, no una débil criatura indefensa y sin corazón. Y luego aclarar cuales son nuestros intereses compartidos con Turquía. Pero mientras nos engañen con proposiciones como un ministro de exteriores común que no sabe qué intereses defiende, seremos cada vez más débiles.

Luis Hernández Arroyo es autor del blog Cuaderno de Arena.

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