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¿Hacia dónde vamos?

Los agudos conflictos que viven los países con plena soberanía monetaria son los que enfrentan una crisis financiera muy grave con un aumento de los precios muy intenso. Lo primero exigiría una bajada de tipos de interés; lo segundo una subida.

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Esta crisis tiene caracteres insólitos por el agudo conflicto en que pone a las políticas económicas. Pero no teman: como España no dispone de ninguna política posible –aparte de la fiscal, siempre desaconsejable– nosotros no tenemos más que asistir al incendio de Roma como Nerón, tocando sensiblemente la lira.

Los agudos conflictos que viven los países con plena soberanía monetaria, como EEUU y Reino Unido, son los que enfrentan una crisis financiera muy grave con un aumento de los precios muy intenso. Lo primero exigiría una bajada de tipos de interés; lo segundo, una subida.

Algunos han comenzado a decir que es una vuelta a los, problemas de los setenta, de estanflación (aumento paralelo del paro y la inflación), lo cual no es cierto de ninguna manera. En 1970, gracias a Carter y a Nixon, la economía estadounidense estaba rígidamente administrada desde el Gobierno, que llegó a decidir hasta los más nimios detalles económicos. Ahora goza y seguirá gozando –si Obama no lo impide– de una flexibilidad interna y externa enorme. La economía británica también. Si hay dos experimentos convincentes que prueban que la libertad de mercados aumenta la productividad y el empleo y baja la inflación, todo ello a la vez, son ciertamente los de estas dos economías tras la liberalización de los años ochenta.

El mayor conflicto ahora mismo es el alza continua del precio del crudo mientras la demanda está en fase de contracción (no de desaceleración). Sólo la expectativa de un derrumbe de la demanda de Estados Unidos debería contener el precio del petróleo. El dato muy malo de empleo en mayo señala que se va a una recesión, y no breve; los precios de los pisos siguen cayendo, o que reduce la renta del propietario, más si está endeudado... y el petróleo sube. Por su parte, los salarios no muestran ninguna alimentación inflacionaria, como cabía esperar en un mercado tan libre. Por el contrario, el asalariado compite ahora en la búsqueda de mercados de consumo en rebajas o más baratos (la oferta se ajusta también), lo cual puede no reflejarse en el IPC, pero indudablemente es una bajada efectiva de precios. Hasta ahora, como el precio del crudo es inmediatamente repercutido en la gasolina, la subida de ésta ha supuesto un recorte de la renta salarial: la gente ha dejado de usar el coche, lo ha puesto en venta y ha dejado de comprar: gran crisis del sector del automóvil. Esto diferencia marcadamente a esta crisis con la de los setenta, pues entonces los salarios estaban indiciados, lo que llevó al paro por las nubes.

De momento, predominan las fuerzas contractivas sobre las inflacionarias. Mientras las cosas sigan en esa línea, la Reserva Federal mantendrá los tipos en el 2%. En cuanto vea algún signo de retroalimentación inflacionista, no tendrá más remedio que subirlos.

La eurozona es distinta y, además, no es uniforme. Alemania y Francia están creciendo. Aquí los mercados laborales no son como en Estados Unidos y Reino Unido. Las reformas se han hecho con pies de plomo, sobre todo en España. En realidad, se hicieron antes de entrar en el euro, pues quedarse fuera de él podía penalizar electoralmente. Así, el primer Gobierno de Aznar hizo algunas reformas, contuvo el déficit, cumplió con los baremos de Maastricht y entró en el euro. Eso contribuyó a su mayoría absoluta del 2000, pero este éxito no le estimuló a seguir por ese camino. Europa ha frenado sus reformas y es difícil que las emprenda ahora.

En mi opinión, el peligro más inminente ahora es el surgimiento de fuerzas antiliberales que están sedientas de venganza contra Estados Unidos. No pueden consentir el éxito del liberalismo, y se echarán como lobos sobre su cadáver si la economía se derrumba, como esperan que suceden. Hablan de "venganza" porque los países emergentes no se han visto "salpicados" por la basura americana (parece ser que la inflación creciente allá no será problema).

Como en los años treinta del siglo XX, cantarán la marcha fúnebre de la libertad. Y cuanto peor vayan las cosas, más fuerza tendrán. Aquí, en España, que se ha quedado al margen de las inquietudes de Trichet, y que va a padecer una aguda crisis, vemos signos inquietantes, como ver a ciertas gentes del PP y de la derecha "liberal" apoyando o justificando la huelga de camioneros. Todo un alarde y un signo de lo que se nos viene encima: un protofascismo oscuro que ya veremos de qué ropajes se viste, y cuya aceptación estará en relación directa con la debilidad del Gobierno para mantener la libertad. Y este Gobierno y, lo que es peor, el PP, enseñan sin rubor el pánico a las decisiones de estado. No hay Estado y no hay oposición que quiera tomar el reto de reconstruirlo. Tampoco hay pueblo, la verdad.

Luis Hernández Arroyo es autor del blog Cuaderno de Arena.

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