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La decadencia de Europa

Estas elecciones europeas son un despilfarro en el mejor de los casos y, en el peor, una engañifa que debe ser correspondida con la abstención, la única actitud sana.

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Ahora que se celebran "elecciones" europeas, conviene reflexionar un poco sobre lo que significan: exactamente nada. Estamos en la zona cero de nuestra cultura europea, y eso pese a que no ha sido una cultura por entero, al 100%, compartida por todos.

La cultura europea es una agregación de culturas nacionales; no una fusión, pues no es posible fusionar culturas expresadas en lenguas diferentes, sobre creencias tan diversas. La cultura europea no es la Ilustración racionalista, pues ésta no fue común, y no fue en todas partes brillante. ¿Tuvo Grecia una Ilustración? ¿Y Rumanía? ¿Es lo mismo la Ilustración inglesa que la francesa? ¿A cuál seguimos?

Partamos de una evidencia: ¿Qué tenemos en común con la cultura de países recién entrados, como Rumanía, para aceptar tranquilamente que desde un Parlamento supranacional sus elegidos puedan interferir o condicionar nuestras vidas? Y ya es penoso hacer la misma reflexión sobre alemanes o franceses, que se odian entre sí y nos desprecian a los españoles.

El Parlamento Europeo, contra lo que pretende decir la volátil y superficial prensa española –véase El Mundo del domingo–, no es el Parlamento de una nación: Europa no es una nación, con una cultura y una lengua. Es imposible que funcione un Parlamento "racionalista" si no es como tapadera de un poder oculto, que es precisamente lo que es: la tapadera, coartada y desviación de la responsabilidad de los parlamentos nacionales. Un Parlamento Europeo, depositario de la soberanía –como reza la constitución española ahora rota– es imposible en el Continente. Un Parlamento fruto del racionalismo más estúpido, como éste, no tiene una fuerza ejecutiva –un ejército– que haga cumplir sus leyes (afortunadamente). Y si alguna vez se empeñan en que así sea, antes habrá una guerra.

Por tanto, estas elecciones son un despilfarro en el mejor de los casos y, en el peor, una engañifa que debe ser correspondida con la abstención, la única actitud sana. Los que quieren convencerme de que hay que votar estratégicamente, haciendo cábalas sobre el efecto carambola sobre las elecciones nacionales... ¡qué les den! Es una actitud pueril y, lo que es peor, ciega.

El que vaya a votar con esas cábalas en la cabeza está, sin quererlo, alimentando esa estrategia de desarme de la sana nacionalidad, del amor a lo suyo, a su casa, a sus muertos y tradiciones; claro, que hay muchos que no saben valorar eso...

Como dice Alberto Recarte en sus comentarios al Informe GEES:

Europa nunca ha sido una unidad política. Y no tiene por qué serlo. Estados Unidos y la historia de los países miembros de la Unión Europea es un ejemplo irrefutable de que las naciones existen por la confluencia de valores excepcionales e irrepetibles, como una lengua común, instituciones políticas diferenciadas, diversas escalas de valores nacionales e historias muy complejas y también diferentes de luchas y confrontaciones para alcanzar la democracia.

Y más adelante:

Si se considera que a medio o largo plazo, como hace el documento de GEES, esa realidad demográfica podría poner en peligro la supervivencia de los sistemas políticos tradicionales europeos, un riesgo que a mí me parece exagerado [a mí no me lo parece], la mejor, quizá la única forma, de defender los valores de la libertad y la igualdad en el ámbito político europeo sería la devolución de poderes a los Estados-nación, que son una referencia mucho más sólida para la mayoría de los ciudadanos que la que constituye el "progresismo europeísta".

De todas formas, cualquier solución de tipo colectivo me parece utópica, pues no me imagino a los 27 países discutiendo cuáles son esos famosos valores comunes y no comunes... Creo que habría que volver al concepto europeo de la "Europa de las Naciones" de De Gaulle y Adenauer, y para eso hay que desmontar el mito de las instituciones como el Parlamento, que no es representativo de nada. O mejor, es representativo de un vacío que, como dice Recarte, está trufado de funcionarios encantados de disolver los poderes nacionales para mantener su momio.

La burocracia europea y sus intereses concretos son el mayor obstáculo a una reforma que permita reorientar Europa, antes de que sea tarde, hacia una confederación de naciones con intereses comunes, dejándola a la deriva hacia una federación hueca y decadente.

Luis Hernández Arroyo es autor del blog Cuaderno de Arena.

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