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La deflación, el mayor problema

Estamos abocados a una deflación desencadenada por un problema concreto, ya hoy convertido en un proceso mundial de depresión. Bernanke, ante el dilema de dos escenarios, uno mucho más aterrador que el otro, ha elegido combatir el peor.

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Aún admitiendo que Greenspan sea "uno de los principales responsables de la crisis económica actual", discrepo respetuosa pero vehementemente de la segunda tesis de Rallo: "La crisis sólo terminará cuando el ahorro aumente y se dirija, en forma de inversiones, hacia la adquisición de unos activos cuyos precios se hayan abaratado lo suficiente como para volverlos atractivos y rentables".

Aceptemos que Greenspan sea uno de los causantes, pero ¿por qué aceptar pasivamente un proceso de deflación que, cuando se ha producido, ha sido devastador, hasta llegar a ser el escenario de fondo en el que se gestó la segunda guerra mundial?

Conste que estoy de acuerdo con el señor Rallo que cuando una unidad de producción deja de ser competitiva debe cerrar, liquidarse, y liberar el capital inmovilizado para que se dirija a nuevas líneas de producción. Es un principio económico que compartimos –aunque no sé si él lo reconocería– tanto los que él llama liberales como los que en esta época confusa caen bajo diversas etiquetas: monetaristas, neokeynesianos o hayekianos (como él). Pero eso es un problema microeconómico, de ajuste de la unidad de producción, no macroeconómico, que es la zona donde cae el problema al que nos enfrentamos ahora. Yo me considero tan hayekiano como el que más, pero no sin reconocer que Hayek dejó sin cerrar enormes lagunas, especialmente la macro. Al fin y al cabo, negaba su existencia como problema, lo cual me parece incorrecto: desgraciadamente, el mundo y la "acción humana" son enormemente más complejos de lo que su gran obra llegó a cubrir.

Para mí existe el problema macroeconómico porque existe el dinero. No quiero decir que el dinero sea un problema, todo lo contrario; de hecho, pocos economistas, salvo marxistas irredentos, disentirán de esta verdad comprobada de que el dinero, que no tiene inventor reconocido (como la rueda), es uno de los grandes avances de la humanidad.

Ahora bien, el dinero, ese bien cuyas características le hacen especialmente útil para el intercambio de mercancías y derechos, tiene una peculiaridad: es el único bien que está presente en todos los mercados y cuando surge un imprevisto grave que extiende la desconfianza, se retira de su lugar natural –la circulación entre compradores y vendedores– pudiendo desencadenar procesos circulares de caída de precios y salarios en dichos mercados. Es lo que está sucediendo ahora.

Aun cuando Greenspan pueda tener la culpa de que lo que está pasando, la solución no consiste en quedarnos cruzados de brazos, como Nerones viendo el incendio de Roma, sino recurrir a los antecedentes históricos y ver qué pasó cuando la autoridad monetaria actuó como propone Rallo.

En 1929, la FED reaccionó a los primeros síntomas de lo que iba a ser una recesión normal, endureciendo las condiciones monetarias y subiendo los tipos de interés, lo que desembocó en una deflación. De una manera similar, en 1990, Japón, ante la caída del precio de los activos, subió los tipos de interés del 4% al 8% en un año. Ambos casos, generaron un proceso deflacionista; pero especialmente el primero, en cuyo agravamiento y extensión jugó un papel clave el patrón oro: los países que se aferraron a él sufrieron una deflación y caída de la producción más intensa que los demás. Es curioso que sean los keynesianos los que más rechazo sientan hacia este argumento, dada la tendencia natural que han tenido a no admitir los efectos reales del dinero. Para ellos, sólo la política fiscal es efectiva para equilibrar el ritmo de actividad.

Reconozco que es un argumento muy humilde; no se basa en posiciones apriorísticas, sino en leer la historia (algo que hizo Friedman en su gran obra La historia monetaria de Estados Unidos). Me parece que no se puede rechazar de plano la única evidencia empírica con la que contamos.

Desgraciadamente, hasta ahora, resulta que los hechos van confirmando, de manera acelerada, que estamos abocados a una deflación desencadenada por un problema concreto, ya hoy convertido en un proceso mundial de depresión. Bernanke, ante el dilema de dos escenarios, uno mucho más aterrador que el otro, ha elegido combatir el peor. Podría ser que en vez de una depresión de cinco o más años, nos encontremos a la vuelta de dos años con una inflación del 10%. Ojalá. No sería el peor de los escenarios que nos amenazan.
Luis Hernández Arroyo es autor del blog Cuaderno de Arena.

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