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Luis Herrero Goldáraz

Cabalgar contradicciones

Me sorprende que exista gente dispuesta a actuar como si los fallos del partido opuesto redimiesen los del propio.

Luis Herrero Goldáraz
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Que Brad Pitt está muy bueno lo sabemos todos. ¿O tal vez no? El otro día saludó desde la pantalla de su ordenador a Jennifer Aniston en un evento virtual y su sonrisa desaliñada acaparó titulares en todos los idiomas del planeta. A mí eso me hace preguntarme cosas. ¿Todavía quedaba alguien en el mundo que no estuviese al tanto de que Brad Pitt está muy bueno? Porque todos sabemos que el morbo por el supuesto tonteo entre los ex era algo circunstancial. La verdadera noticia en realidad era Pitt, y nada más. El hecho de que, rondando los sesenta, pueda seguir pintándoles la cara a todos los surfistas buenorros de California ha alimentado conversaciones de Whatsapp más largas que algunas novelas de Dostoyevski. Que a su lado cualquier cincuentón parezca un cadáver, también. Pero es que volvemos a lo mismo: ¿acaso no lo sabíamos ya? Brad Pitt me ha demostrado que hay evidencias tan apabullantes que acaparan portadas sin necesidad de ser noticia. De rebote, además, también me ha hecho ver que en este mundo existe gente para todo. Incluso alguno había dispuesto a matizarle el atractivo, como si lo suyo fuese algo a lo que se le pudiese aplicar la dialéctica de Hegel. Da igual. En el fondo es bastante tranquilizador. Si ni siquiera esto es capaz de generar consenso, yo no sé por qué nos preocupamos tanto de no estar saliendo más unidos de la pandemia.

Hablando de eso. ¿A alguien le sorprende lo que ha pasado desde el fin del confinamiento? Y no me refiero únicamente al aumento de rebrotes, sino a cómo ha ido variando la vehemencia con la que ciertos analistas han actualizado su señalamiento a los nuevos responsables del desastre. Para algunos, cuando antes había que remar unidos y comprender la difícil situación del Gobierno ante un acontecimiento imprevisible, ahora hay que cargar con todas las fuerzas contra la presidenta de la Comunidad de Madrid por su incompetencia manifiesta; para otros, cuando antes no se podía tolerar la negligencia de unos dirigentes irresponsables ante una situación sanitaria que exigía la máxima competencia, ahora hay que ser prudentes y no caer en linchamientos precipitados. Era algo esperable y sin embargo me sigue costando comprenderlo. Me sorprende que exista gente dispuesta a actuar como si los fallos del partido opuesto redimiesen los del propio, cuando en realidad es mucho más liberador cagarse en todos a la vez y evitar tener que cabalgar contradicciones.

Pero supongo que es inevitable. Es imposible escapar eternamente de las propias injusticias subconscientes. A veces todo me recuerda a una de esas condenas del destino de las que están llenas las tragedias griegas. Estaba escrito que Edipo asesinaría a su padre y se casaría con su madre, y yo también me he descubierto alguna vez retorciendo argumentos que demostrasen de forma matemática que es más aceptable odiar al Barsa que al Madrid. Nadie escapa, como digo. Recientemente, por ejemplo, Pablo Iglesias ha vuelto a cargar contra la monarquía y ha reivindicado la necesidad de poner sobre la mesa la urgencia de una transición republicana. Lo ha hecho como si los políticos actuales se hubiesen ganado realmente la confianza de una ciudadanía que les permita aspirar a ser jefes de Estado por encima de Felipe VI. No sé; a mí, personalmente, que en tiempos de pandemia y de rebrotes el vicepresidente del Gobierno más fragmentado de nuestra historia democrática reciente –y líder de un partido que representa a menos del 13% del electorado– anteponga ese tipo de cuestiones a la mera gestión sanitaria me chirría. Aunque supongo que se trata de algo que, como todo –incluso la belleza de Brad Pitt–, es discutible.

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