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Luis Herrero Goldáraz

Campamento para gordos

A veces es difícil diferenciar una huida de un nuevo comienzo.

A veces es difícil diferenciar una huida de un nuevo comienzo. Como cuando el vaquero obstinado que lleva años trabajando con sus reses observa, ya con el sol escondiéndose en el horizonte, a su antigua banda de forajidos levantando polvo en su regreso para hacerle rendir cuentas. También es difícil diferenciar unas sanas vacaciones de esas otras que te desconectan de la rutina, del trabajo y, si me apuras, hasta del hábito de vivir. Puede que eso sea porque los parones estivales tienen mucho de espantada, precisamente. Y, como todo el mundo sabe, el mayor riesgo del prófugo es pasarse de frenada y terminar evadiéndose hasta de la existencia, que es la única cárcel de la que nadie se quiere fugar.

Tiendo a pensar que la única razón por la que la vida está tan llena de paradojas es para que Oscar Wilde pudiese encerrarlas en frases delirantes. También tengo para mí que el riesgo de tomárselas demasiado en serio es el que origina todas las atrocidades distópicas que ha engendrado la humanidad. En su primera parada de aprendiz de dictador, por ejemplo, un amigo mío decidió montar su particular campamento para gordos. Las visitas que entrábamos por la puerta de su casita cántabra no sabíamos dónde nos habíamos metido hasta la hora de la cena, cuando, iluminado tenebrosamente por un siniestro candelabro, nos desvelaba sus macabras intenciones y nos colocaba el plan de ejercicios de la semana junto a un plato rebosante de alguna cosa verde imposible de digerir.

Su idea, como comprendí después, era evitar que cayésemos en la citada trampa de las vacaciones; y su misión, conseguir que en el pequeño espacio de unos pocos días acabásemos deseando regresar al trabajo con la misma lascivia incontrolable con la que se sueña con la playa en pleno invierno. Por desgracia para él, todavía no ha nacido el instructor de hábitos saludables capaz de frenar esta tendencia mía por vivir cómodamente hasta en el infierno. Y al final de mi visita, igual que el diablo aquel que quiso castigar la gula de Homer haciéndole comer todas las rosquillas de la tierra, el que acabó desesperado no fui yo.

Confieso que no fue agradable ir viendo cómo la desilusión iba atrapándole día a día. Hasta el punto de que si dejé de comer donetes en su cara fue para evitar que tontease con la idea del suicidio. En la vida hay gente así, tan determinada a labrarse su propia felicidad que sufre hasta límites insospechados si alguno de los suyos no es capaz de seguirle el ritmo. A mí, personalmente, sus reacciones exageradas me parecen fascinantes, y muchas veces me pregunto de qué insano trauma huyen realmente. Pero como sospecho que no lo saben ni ellos, he llegado a la conclusión de que lo mejor es no romperles la ilusión. Desde entonces acudo al refugio de mi amigo una semana cada año y finjo llevar la vida perfectamente sana que él desearía que llevase. Después siempre le digo que he adelgazado un par de kilos y que ojalá pudiese vivir así el resto del año. Y entonces aguanto estoicamente su perorata sobre cómo una cosa así no es imposible, hasta que llega la hora de marcharse y me toca despedirme con el mismo abrazo que supongo le daría Judas a Jesús poco después de la última cena.

Ya en el coche, todos los años, me congratulo satisfecho por mi buena acción y me felicito por estar manteniendo las ilusiones de mi amigo a raya. Llego hasta a pensar que, si no fuera por mí, el mundo conocería ya una extraña dictadura encabezada por un loco que, en lugar de haber sido rechazado por la Academia de Bellas Artes, simplemente vio fracasar su campamento para gordos. Suele ser justo a la altura de esos pensamientos cuando abro la bolsa de Doritos y me ilusiono con llegar por fin a casa. Pero nunca sé determinar si lo que ansío es sentirme a salvo o comenzar un nuevo curso, con lo que siempre tiene de promesa y redención.

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