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Luis Herrero Goldáraz

Esa fina incoherencia

No hay nada peor que ser devorado por tu propia mentira. Puede que ya sea hora de bajar el puño y cortarse la coleta.

Luis Herrero Goldáraz
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No hay nada peor que ser devorado por tu propia mentira. Puede que ya sea hora de bajar el puño y cortarse la coleta.
Pablo Iglesias | EFE

Todos somos más o menos incoherentes, no nos engañemos. Nadie escapa de sus propias paradojas. Por eso, yo no paro de preguntármelo: ¿de dónde vendrá esa insana necesidad de sernos fieles a nosotros mismos? Durante su primer día de trabajo un amigo mío hizo una estupidez que terminó determinando su vida para siempre: le dijo a un compañero, mientras le aceptaba una taza, que tomaba el café sin azúcar. A día de hoy todavía no ha sabido explicarme por qué lo hizo, cuando hasta ese momento más que de café había sido de Cola Cao, pero el caso es que en ese mismo instante tomó una decisión y se ha mantenido firme desde entonces. No ha vuelto a probar la sacarina. Yo me pregunto cuántas de esas actitudes vitales que fundamentan nuestra posición en el mundo se deben más a improvisaciones circunstanciales que a razonamientos bien fundamentados.

Otro ejemplo: esto que no salga de aquí, pero a veces me descubro pensando que el color verde es más bonito que el azul. Tampoco cualquier tipo de verde, eh, eso hay que dejarlo claro. El verde helecho es incluso más feo que el azul cian. Pero las dudas me avasallan si reparo en esa gama que va del esmeralda al turquesa. Da igual, lo importante es que siempre que me descubro en este tipo de tesituras tengo la sensación punzante de estar traicionando a ese chaval de cinco años que, ante la pregunta repentina de su hermana –¿cuál es tu color favorito?–, se casó sin previo aviso con el color azul. Lo nuestro desde entonces ha sido un matrimonio en toda regla, las cosas como son: mi Power Ranger favorito fue el azul, en el parchís ese es mi cubilete, soy más de mar que de montaña y si tuviera que escoger un solo género musical me quedaría con el blues, aunque no haya escuchado una canción de B. B. King entera en mi vida. Lo único que me atormenta es que a veces echo la vista atrás, después de más de veinte años de estricta fidelidad conyugal, y me pregunto qué sería de mí si un día sucumbiese y me comprase el cepillo de dientes verde en el supermercado. Gracias a Dios, fantasear todavía no se consideran cuernos.

De todas formas, creo que todos deberíamos replantearnos alguna vez si esta coherencia nuestra responde realmente a quiénes somos. A veces nuestras fantasías dicen más de nosotros mismos de lo que creemos ser. Y no te digo ya las infidelidades. Tú puedes pensarte, por ejemplo, que eres el azote de la casta y una especie de superhombre nietzscheano que ha venido a este planeta a liberar al ser humano de su propia tiranía; puedes llamarte feminista y fiscalizar sobre el asunto. Pero si una mañana te despiertas en una mansión con un operativo de la Guardia Civil custodiando tu jardín que ni en los preparativos del 12 de Octubre; o si de repente te descubres negándole a una mujer la opción de defenderse a sí misma, a lo mejor tu subconsciente te está insinuando algo. Si ese es tu caso, una cosa que te vendría bien saber es que nadie puede huir de quien realmente es, porque nuestro verdadero yo no parará de perseguirnos nunca. Poco a poco, escalón a escalón, esa fina incoherencia irá ensanchándose como la barriga de Marlon Brando: al machirulo feminista le seguirá la vida burguesa, a la vida burguesa un escándalo en los tribunales, y cuando quieras darte cuenta se habrán destapado los trapicheos de tu partido con la Fiscalía y tú te habrás convertido en el máximo exponente de las "cloacas del Estado" que se suponía habías venido a combatir. No te hagas eso, anda. No dejes que la bola siga creciendo. Al fin y al cabo, no hay nada peor que ser devorado por tu propia mentira. Puede que ya sea hora de bajar el puño y cortarse la coleta.

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