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Estar conchabado con los herederos de los que infligían dolor y con los condenados por infringir la ley hace que las palabras parecidas se te puedan mezclar en la cabeza.

Luis Herrero Goldáraz
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Estar conchabado con los herederos de los que infligían dolor y con los condenados por infringir la ley hace que las palabras parecidas se te puedan mezclar en la cabeza.
Pablo Iglesias. | EFE

No quería decirlo porque es demasiado fácil, como de pereza mental, pero luego he pensado en que estas cosas requieren un señalamiento rápido, así, sin mucha pompa, para poder pasar después a cuestiones de mayor enjundia. Pablo Iglesias ha confundido los verbos infringir e infligir en su última reseña televisiva y por una vez la noticia no ha sido el tiempo del que hace gala aun siendo vicepresidente del Gobierno y padre de familia numerosa –supongo que el jardín se lo cuidará otra persona–, sino que al politólogo doctor y amante de la (contra)cultura se le haya desinflado el aura de intelectual por un simple tuit de esos que demuestran ser demasiado arriesgados para lo poco que aportan en general. Muchos le han reprochado que no haya tenido arrestos para reconocer el fallo al segundo siguiente pidiendo perdón a la madre lengua. Por no hacer, ni siquiera ha soltado alguna broma de las que usa a veces para rebajar la solemnidad que le rodea y compadrear un rato con el pueblo menesteroso que tan bien se jacta de representar. Aunque a mí eso no me ha sorprendido. Mucho más raro me parece que la red no se haya llenado inusitadamente de personas haciendo la conexión mental fácil entre el verbo erróneo –a falta de una, lo ha usado dos veces en la misma frase– y su cruzada particular contra la judicatura derechona.

También es verdad que, que se sepa, Iglesias no ha infringido ninguna ley. Podría decirse que su manera de confeccionar normas chapuceras inflige más daño del que sana a la separación de poderes en España. Pero eso no parece haberle importado nunca demasiado, por lo que las miradas se dirigen antes a Sánchez y a ese vídeo de hace años en el que desvelaba consternado las siniestras intenciones de un rival político que, así las cosas, ahora marca la agenda de Moncloa con bastante determinación pese a no representar ni a la tercera fuerza política del país. Nadie en el Gobierno dice nada sobre el asunto aunque la cosa preocupe a todos –ciudadanos, jueces, oposición, UE y, si nos ponemos, puede que hasta a Ferreras–, pero lo vergonzoso para Calvo es que Casado se pasee por Europa “haciendo antiEspaña”. Es curioso que un bloqueo que ponía de manifiesto la necesidad de despolitizar la justicia haya terminado con un movimiento político que lo que pretende es lo contrario. Aunque ya nada sorprende. Hace tiempo que nadie sabe en qué consiste este país, pero en lo único en lo que hay consenso es en que son los otros los que quieren cargárselo. La cosa ni siquiera sería relevante si la amenaza no fuese cierta por una vez.

Es una pena que sean tiempos de mirar el mapa del mundo para comparar países que ofrezcan buenas experiencias para exiliados. Sobre todo justo ahora, que al parecer estamos en la edad de oro de nuestras series televisivas. Dicen que Antidisturbios está genial. Patria no la he visto pero he escuchado que no desmerece demasiado a la novela. Desconozco si el vice la ha recomendado en Twitter, o si se ha pronunciado alguna vez acerca del “salvaje dolor” que infringió ETA a la sociedad vasca. Sí que lo ha hecho a favor de los políticos catalanes que infringieron la Constitución. A lo mejor su lío mental viene de ahí. Estar conchabado al mismo tiempo con los herederos de los que infligían dolor y con los condenados por infringir la ley hace que las palabras parecidas se te puedan mezclar en la cabeza. Bastante tiene el pobre con haber escrito una y no las dos. Tal vez hubiese contentado a todos si se hubiese decantado por inflingir.

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