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Luis Herrero Goldáraz

Nitrato de amonio

Aunque sea cierto que estamos sometidos al antojo de cualquier contrariedad, también lo es que muchos fuegos son evitables.

Luis Herrero Goldáraz
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"Créanme, cuando la tierra entreabre sus abismos, mi llanto es inocente y legítimos mis gritos" (Voltaire).

Probablemente, pocas horas antes de la erupción del Vesubio, algunas almas cándidas se encontrasen disfrutando de reuniones frugales en Pompeya y Herculano, tal vez discutiendo las mejores formas de arreglar su mundo, que es el nuestro aunque nos cueste comprenderlo. Plinio el Viejo se pasó el día anterior estudiando cerca de allí, hasta que contempló desde la distancia la columna de humo y decidió acercarse para prestar ayuda. De paso, también, se aprovechó de aquel suceso y continuó tratando de desentrañar los misterios de la tierra. La noche antes de morir, intoxicado por el humo, se permitió un descanso irremediable mientras esperaba una salvación que no llegaba. Terminó cayendo fulminado, como tantos otros, engullido por los abismos que de vez en cuando se abren bajo nuestros pies o sobre nuestras cabezas. Algunos dirán, no sin falta de razón, que no hay mayor antídoto para la soberbia humana que la furia de la naturaleza. Lo que pasa es que el hombre es también un animal furioso. Tan mortífero e inesperado es un terremoto en Lisboa como la caída de una bomba en Nagasaki.

Por alguna razón no demasiado extraña todavía impera en nuestras mentes ese dogma panglossiano que sostiene que las desgracias más horrendas son sucesos que les ocurren a los demás para que que el resto podamos aprender de ellas. Los que no estábamos en el puerto de Beirut cuando estalló en pedazos pudimos pararnos a reflexionar acerca de nuestra propia suerte, sin saber tampoco si en ese mismo instante estábamos incubando en nuestros pulmones alguna nueva cepa de coronavirus. Es difícil llegar a sentirse señalado por la muerte porque es una experiencia que ningún vivo ha tenido nunca, pero el riesgo de cualquier superviviente siempre está en creerse invulnerable. En los últimos días, por ejemplo, se han incrementado las voces de aquellos que parecen estar esperando a que se tercie cualquier escándalo para salir a pedir cabezas cortadas y fuego de revolución, como si el único requisito viable a la hora de construir algo nuevo fuese haber derribado primero todo lo anterior. Esa actitud siempre me ha sorprendido. Me recuerda a la del pirómano que se piensa que el bosque ardiendo no puede engullirle por el mero hecho de haberlo iniciado él. A mí, por mi parte, se me antoja tan incomprensible creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles como que existe un único camino progresivo que conduce indubitadamente hacia él.

Aunque una cosa no quita la otra. Que alguna gente haya romantizado tanto las revoluciones como para encender una cerilla cada vez que el edificio tiembla no quiere decir que no haga falta que revisemos sus pilares. La semana pasada, la misma en la que hemos comprendido que cualquier sociedad puede descansar sobre toneladas de nitrato de amonio sin saberlo, el rey emérito se despedía de los españoles como si lo hiciese de sus acreedores. Y en cierto modo es así. Creer que el representante de una institución acusado de haber cometido algún delito la fortalece huyendo en vez de haciendo frente a un juicio justo es dar alas a los que piensan que todo está podrido y que, por tanto, más valdría derribar la casa que esperar a que se derrumbe sobre nuestras cabezas. Nadie que observe la división guerracivilista de la Cámara en estos momentos puede defender inteligentemente la opción republicana. De la misma forma, ninguna mente sensata que apoye a Felipe VI debería continuar sosteniendo la inviolabilidad de una Monarquía que ha aportado motivos suficientes como para que los ciudadanos comiencen a plantearse en serio su legitimidad. Y es que, aunque sea cierto que no vivimos en el mejor de los mundos posibles y que estamos sometidos al antojo de cualquier contrariedad, también lo es que muchos fuegos son evitables. En ese convencimiento reside precisamente el sueño de la civilización.

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