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Lo verdaderamente llamativo, lo que en realidad nos conmueve y reconforta es el sacrificio, no el éxito.

Luis Herrero Goldáraz
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Lo verdaderamente llamativo, lo que en realidad nos conmueve y reconforta es el sacrificio, no el éxito.
Simone Biles. | EFE

Siempre creí que no tenía carácter para las guerras. Veía películas de esas en las que dos ejércitos bien guarnecidos corrían en direcciones opuestas para encontrarse en un centro mortal y sangriento y me imaginaba allí mismo, pero corriendo hacia el otro lado, hacia el lado de la supervivencia y de la humillación. Luego, en los pocos momentos vitales en los que he logrado imponer la cabeza antes que el miedo, me he llegado a creer que a lo mejor no soy tan así. Que igual mi bravura yace adormecida en algún lugar recóndito de mi alma, hibernando lo suficiente para despertar con fuerza cuando la situación lo requiera. Ahora ya no sé qué pensar. Dudo de que mis impulsos inconscientes me lleven nunca por el camino largo y pedregoso que exige la valentía, así que me conformo con imaginar que a lo mejor luego, en el momento en el que las pasiones se embriden, mi voluntad racional y mis convicciones morales me empujarán a escoger el camino de Pedro, cuyo arrepentimiento le sirvió para redimirse, y no el de Judas, que no supo soportar esa carga y terminó por condenarse definitivamente.

Recuerdo aquella vez que vi un coche en la cuneta, ardiendo, con los bomberos apagando el fuego y la familia damnificada contemplando aquella metáfora de sus vacaciones funestas a una distancia prudente. No hubo que lamentar heridos, pero yo me pasé el resto del viaje pensando en lo que me había pedido el cuerpo, que era guarecerme lo más posible y pasar de largo evitando la explosión, con tal de que las inconveniencias de la vida no se cruzasen demasiado en mi camino y me obligasen a tomar partido súbitamente. La cobardía se presenta así, cuando las voces se acallan y uno se queda en soledad con sus remordimientos. Una persona puede actuar rectamente y sentirse cobarde, me temo, porque los miedos enraízan debajo de la conciencia, para que nadie más pueda verlos.

Biles ha salido a decir que renuncia en mitad de los Juegos, que no se siente con fuerzas para afrontar la presión, que está al borde de un abismo insuperable. Djokovic, por el contrario, ha respondido que la presión es un privilegio y que el trabajo principal de un deportista de élite debe consistir en saber convivir con ella dentro de la pista, pero sobre todo fuera de ella. Lo mejor de la vida es que los dos tienen razón, aunque la gente se empeñe en diferenciar dos bandos que nunca han existido porque nadie puede conocer realmente contra qué batallan los demás. Lo de Biles y lo de Djokovic es una encrucijada personal, como tantas otras. La lucha principal de cualquier persona contra su propia debilidad. Y sólo ellos dos pueden juzgarse. Hace falta mucho valor para saberse mejor que el resto, verse a un paso de la meta por la que se lleva trabajando cuatro años, y admitir al mismo tiempo las limitaciones que empujan inevitablemente a renunciar. No creo que todo el mundo sea verdaderamente capaz de hacer eso. Hace falta un tipo de humildad sublime y un conocimiento absoluto de las propias grandezas para priorizarse a uno mismo antes que a la falacia vulgar del aplauso y la fanfarria. Lo contrario es igual, aunque quizás más vistoso. Combatir contra uno mismo y contra dos gigantes al otro lado de la pista y conseguir superarlos. Perfeccionar el propio arte, a fuerza de trabajo y de fe, para alcanzar lo aparentemente inalcanzable es admirable. Pero lo verdaderamente llamativo, lo que en realidad nos conmueve y reconforta es el sacrificio, no el éxito. Y yo no sé quién ha sacrificado más en estos Juegos. Es una pregunta que ni siquiera tiene sentido. Aún así, el remordimiento de quienes no somos capaces de tales propósitos deja ante nosotros dos caminos, siempre: aceptar la derrota y regresar a la cancha, con ánimos de revancha, o colgarse de un árbol antes de que suene el canto del gallo, que es la voz de la conciencia y la encrucijada vital. El sonido del tambor que nos llama a presentar batalla contra nuestra propia cobardía. Allá cada cual con lo que de verdad le rete.

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