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Luis Herrero Goldáraz

Qué difícil es matarse

La incompetencia de los gestores de la pandemia podría medirse en la poca confianza que demuestran a la hora de hacerse la cama política los unos a los otros.

Luis Herrero Goldáraz
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La incompetencia de los gestores de la pandemia podría medirse en la poca confianza que demuestran a la hora de hacerse la cama política los unos a los otros. No hay más que ver lo que ha pasado en Madrid. Ayuso ha maniobrado ante las acometidas de Illa como aquel personaje de Scary Movie que le explica al asesino cómo matarle bien, no vaya a ser que encima meta la pata. Es lo que tiene el orgullo, que se revuelve aunque no tenga escapatoria y que queda resumido en esas huidas hacia delante que se han puesto tan de moda durante los últimos años. Si la cosa hubiese sido una película de piratas, ella se habría detenido en el borde de la tabla justo antes de saltar para dejarle claro al capitán que todavía le queda algo de autonomía en su suicidio, no se vaya a pensar encima que las espadas apuntándola han determinado completamente su voluntad, sea cual sea. Lo gracioso después sería ver que el barco entero es el que hace aguas y que nada diferencia a los verdugos de sus víctimas. El naufragio español es un caos de manos tirándose la gorra del capitán unas a otras para evitar tener que asumir la responsabilidad y hundirse con la embarcación.

Fue Montano esta semana el que nos recordó aquello de que darse cuenta de que todo está perdido, en el fondo, es de lo más liberador. Él mismo ha dicho que lo único que nos queda a los ciudadanos es esmerarnos por pasar las últimas horas entretenidos, al menos; actuar como esos niños que se pusieron a jugar al fútbol con los trozos del iceberg que cayeron sobre la borda del Titanic. En los últimos días se han sucedido diversas noticias que hacían hincapié en una supuesta mejoría de la presión hospitalaria en la capital, pero entre los altibajos sanitarios del último año y la deriva institucional entiendo que la sensación general sea más de incertidumbre que de esperanza. Lo que pasa es que esperar es muy cansado, sobre todo cuando las cosas no dependen de ti.

Buscando nuevas formas de evasión, por tanto, España se ha topado de repente con un escándalo lo suficientemente hollywoodiense como para robarle audiencia a La Isla de las Tentaciones. La mujer de Mainat habría intentado asesinarle inyectándole insulina por la noche y luego habría saboteado su propio plan llamando a la ambulancia en el momento en el que su marido entró en coma. Si se probase que eso es cierto, lo suyo no podría simbolizar mejor el sino de esta España que tampoco sabe nunca cuál es la mejor manera de desintegrarse. Como suele ocurrir en los crímenes imperfectos, fue la búsqueda desesperada de una coartada lo que acabó dejando a la asesina sin coartada y con marido, lo que a fin de cuentas constituye un fracaso comparable al que según se cuenta le atribuyó Bismarck a los propios españoles. La detención, días después, de un escort y de su novia en pleno directo de un programa del corazón que hacía guardia en la puerta de la casa no sería más que la típica distracción a la que nos tiene acostumbrados la civilización del espectáculo. Lo fundamental, en realidad, podría resumirse en esa frase que dice que hay cosas mucho peores que la muerte. Sobrevivir, por ejemplo, a veces sólo es un aplazamiento errático.

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