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Estaba pensando que, para tal y como pintaban las cosas hace unos meses, la verdad es que se nos ha quedado un verano la mar de bonito, quién lo iba a decir.

Luis Herrero Goldáraz
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Estaba pensando que, para tal y como pintaban las cosas hace unos meses, la verdad es que se nos ha quedado un verano la mar de bonito, quién lo iba a decir. De hecho, en realidad, todo ha ido tan a pedir de boca que incluso los amantes del tópico ya tienen un nuevo cuñadismo con el que definir este carácter español tan nuestro: el pueblo que es capaz de exigirle vacaciones hasta a una pandemia. A falta de datos halagüeños y de brotes verdes a la vuelta de la esquina, al menos nos hemos encargado de conseguir unos días de asueto merecido entre confinamientos. Ni tan mal, oye, que una cosa es reconocer la debacle inminente y otra no poder encararla con la piel medianamente bronceada.

Habría que decir que los agostos en España no pueden dejar de ser ese mes bisagra en el que el día a día sólo puede ser narrado con la despreocupación propia con la que se actualizan los mercados de fichajes o las últimas andanzas marítimas de la familia real. Se reciben las noticias como si fueran cañas en un chiringuito, sin importar su magnitud, porque en el fondo para eso hemos trabajado todo el año, qué narices. Nada puede ser demasiado grave si todavía no ha empezado la Liga y el Madrid no ha perdido esos primeros puntos que se echarán de menos en abril.

Así las cosas, lo cierto es que la actualidad se sigue con una parsimonia envidiable el resto del año. Ojalá todo lo malo sucediese durante este mes, que es cuando la inercia del verano lo recubre todo con su manto de playismo hortera y despreocupación mediterránea. Agosto es el mes para que se vayan reyes eméritos del país y se inicien investigaciones judiciales contra miembros del segundo partido del Gobierno, claro que sí. Que salga Pablo Casado con su piel morena a reprocharle a Pedro Sánchez estar de vacaciones, como si él mismo no fuese la prueba palpable de que es imposible no tomárselas. Imagino al presidente escuchando sus palabras con la boca abierta de desconcierto. No por nada estamos hablando del único momento del año en el que los políticos tienen una verdadera excusa que les exime de cualquier responsabilidad.

En realidad, lo verdaderamente preocupante es darse cuenta del septiembre que nos espera. Con la cantidad de fuegos que han ido encendiéndose a lo largo de estas semanas, si sumamos que al barsa le han caído ocho goles y que Enrique Ponce ha empezado a salir con una veinteañera, no sería de extrañar que las cosas empezasen a carburar a mediados de octubre. Para entonces quizás hayamos olvidado las contorsiones retóricas de Iglesias para salvar su pellejo de las represalias que él mismo se encargó de azuzar cuando todavía podía sostener el tinglado de su supuesta superioridad moral. Pero tampoco deberíamos extrañarnos de eso, al fin y al cabo agosto es capaz de borrarle la importancia hasta al coronavirus.

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