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Luis Herrero

A mitad de partida

La alternativa más plausible a la repetición electoral es que un nuevo candidato del PP, lo más alejado posible de Rajoy, suscriba un acuerdo con C's.

Luis Herrero
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En líneas generales se puede decir que estamos donde se suponía que debíamos estar dos meses después de las elecciones. A mitad de partida aún no se ha disipado la amenaza de nuevas elecciones. Al revés: es la hipótesis que, con la lógica en la mano, cobra cada día más fuerza. Los partidos tratan de extraer de la situación actual los eslóganes electorales que más les benefician, anticipando la táctica de la campaña que nos espera al final de la cuenta atrás de dos meses que se activará el próximo miércoles. La gran duda, si en verdad se impone la solución del bis electoral, es la identidad de un par de candidatos. Rajoy quiere serlo pero está por ver si lo consigue. A Sánchez le ocurre lo mismo. La sorpresa, en su caso, es que aún tenga posibilidades de optar al puesto. Yo creía que, a estas alturas de la película, estaría en el tanatorio de cadáveres ilustres, a donde parece dirigirse también, a su ritmo de muñeira perezosa, un Rajoy que inhala las últimas bocanadas de vida con la ansiedad de un pez fuera del agua. Por lo demás, la parte fundamental del vaticinio que hicimos unos pocos ha sobrevivido al primer repecho de la resaca: no hay peligro inminente de Frente Popular. Eso no significa que no pueda haberlo en un futuro próximo. Las cosas se pueden complicar a partir de ahora y llevarnos a un horizonte de acuerdos radicales. Pero, de momento, los socialistas han preferido que la partida de los pactos se sustancie en la zona templada del tablero. En la pista del centro.

El problema es que no estoy muy seguro de que hayamos llegado hasta aquí por una decisión premeditada de los estrategas de Ferraz. A lo peor, si no hubiera tenido que sortear el campo de minas en que se convirtió desde el principio el comité federal del PSOE, Pedro Sánchez hubiera sido más solícito a los requiebros de Pablo Iglesias y ahora estaríamos metidos de hoz y coz en ese tiberio frentepopulista que avizoraron no pocos expertos la misma noche del 20-D. Nunca lo sabremos. Pero da igual. En política es mucho más importante el qué que el porqué. Que hayamos llegado hasta aquí por una razón o por otra no cambia el hecho irrefutable de que estamos tan lejos de la vicepresidencia de Iglesias como de la abstención de Rajoy. Sánchez, contra todo pronóstico, sigue en la pomada.

Salió de las urnas convertido en un zombi. Llevaba debajo del brazo la credencial de haber conseguido el peor resultado electoral de la historia del PSOE. Había tantos caza recompensas apuntando a su cabeza que nadie daba un duro por él. Era un fiambre renqueante. Movido por el instinto de supervivencia puso rumbo al único lugar donde podía encontrar el elixir que resucita a los muertos. O llegaba al poder o acababa en el sepulcro. Pablo Iglesias parecía decidido a ayudarle a cambio de un pacto de sangre entre todas las izquierdas. El secretario general del PSOE envió la señal de que estaba dispuesto a hundir el filo de la navaja en la palma de su mano. Los barones de su partido se dieron cuenta y algunos de ellos, agrupados en torno al liderazgo virtual de Susana Díaz, le plantaron cara. Ni les gustaba el cariz ideológico del pacto con Podemos ni la idea de que Sánchez salvara el pellejo. Se habían conjurado para evitarlo. Necesitaban matar al Rey para poner a la Reina.

Fue entonces cuando se produjo el momento culminante del duelo al sol. Sánchez desafió a los barones y apeló a la militancia. La intención estaba clara: si conseguía el aval de las bases, las bravatas andaluzas, extremeñas, asturianas o manchegas quedaran convertidas en maullidos de gato. Sánchez creyó que había encontrado el salvoconducto que podía llevarle a la tierra prometida saltándose a la torera las líneas rojas con que los sumos sacerdotes del PSOE habían señalizado el camino que debía seguir. El camino hacia la morgue.

Con lo que Sánchez no contaba, sin embargo, es con que Pablo Iglesias no le abriera los brazos de par en par para hacerle más fácil el trance de la insumisión interna. Lo que hizo fue justo lo contrario: le dio la espalda a sabiendas de que eso le colocaba contra las cuerdas. Humillación tras humillación, fue elevando el precio del único acuerdo que podía franquearle el acceso a la presidencia del Gobierno. Sólo allí podía guarecerse de la jauría de conmilitones que pretendía devorarle. Fue la altanería de Iglesias, su displicencia matonista, la que obligó a Sánchez a mirar hacia Ciudadanos con ojos de noviazgo a la fuerza. Desde ese momento, el referéndum interno planteado por Ferraz para romper la tutela de los cancerberos territoriales dejó de ser una idea luminosa para convertirse en un quebradero de cabeza. Estaba pensado para bendecir el matrimonio con Podemos (la militancia es bastante más de izquierdas que la clase dirigente y mucho más que el electorado) y ahora debía usarse para bendecir el matrimonio con Ciudadanos.

El limitado entusiasmo de los ciento noventa mil socialistas con carné llamados a las urnas, en vista del nuevo planteamiento, salta a la vista. Sólo el siete por ciento se inscribió en el censo de participación electrónica y no sé si algún día llegaremos a saber la verdadera cifra de los que han optado por el voto presencial. Según las cifras oficiales, poco más del 50 por ciento. Una cifra modesta, casi famélica. Más le hubiera valido a Sánchez cambiar a tiempo de ocurrencia. Si lo que quería era aparecer como un líder apoyado por los socialistas del común, lo que ha conseguido es convertirse en objeto de su desdén.

Al tropezón participativo han contribuido tres factores. Primero, lo que no hay: no hay un pacto con la izquierda. Segundo, lo que hay: hay un pacto con la derecha que liquida el celo socialista por la política rural (el réquiem de las diputaciones) y que desiste en su afán de plantarle cara a la reforma laboral. Y tercero, claro, la venganza. Los barones tuvieron que tragarse el órdago de Sánchez cuando se sacó de la manga la idea de la consulta como vía de insumisión, pero ahora han podido darle la vuelta a la tortilla y utilizar esa misma vía para recordarle quién manda a través de una abultada abstención de castigo.

En otras circunstancias, el magro respaldo al acuerdo con Ciudadanos -refrendado por menos del 40% de la militancia- serviría para reforzar el pronóstico de que Sánchez está mucho más muerto que vivo. Pero no está tan claro. Hay dudas de que en el palacio de San Telmo, a la ribera del Guadalquivir, quieran convertir su cabeza en el badajo de la campana que anuncie la epifanía de un nuevo liderazgo.

Parece que Susana Díaz ha vuelto a refrenar su ansia de poder. Ese es, a la postre, el cambio más significativo de cuantos han ocurrido en estos dos meses. Por eso Sánchez vive todavía. Y por eso no es descartable que siga vivo tras la doble derrota parlamentaria que le aguarda en el debate de investidura. Si hay que ir a unas nuevas elecciones y se consuma sorpasso en la izquierda, la cabeza del PSOE quedará jibarizada como un trofeo de caza en la vitrina de Podemos. Parece ser que Susana Díaz no quiere prestar la suya para que sirva de materia prima del experimento. Pero si deja a Sánchez en la cabecera del cartel, corre el riesgo de que un pequeño repunte de PSOE y de Ciudadanos el 26 de junio cambie lo suficiente la aritmética parlamentaria como para hacer irremediable la abstención del PP. Sánchez, en lugar de achicharrarse en el horno de San Lorenzo, acabaría entonces correteando por los jardines de La Moncloa.

Por eso sigo creyendo, a contracorriente de la opinión mayoritaria, que la alternativa más plausible a la repetición electoral es que un nuevo candidato del PP, lo más alejado posible de Rajoy, suscriba un acuerdo con Ciudadanos que provoque la abstención del PSOE. Sánchez, en la oposición, seguiría siendo una pieza vulnerable y Susana Díaz mantendría intacta la posibilidad de asestarle el golpe definitivo en un escenario sin riesgos. Claro que para eso hace falta, entre otras cosas, que Rajoy se quite voluntariamente de en medio. ¡Casi nada!

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