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Luis Herrero

Calamidad exprés

Junqueras sabe que el plan para conseguir su objetivo es llegar a un acuerdo con el Gobierno central. Y el único loco capaz de prestarse a ese juego es Pedro Sánchez.

Luis Herrero
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Me cuentan mis espías paraguayos que Sánchez no se tiró a una piscina sin agua cuando especuló, en los corrillos off the record del día de la Constitución, con una posible investidura a finales de diciembre. Al parecer, ERC no se cerró en banda a aceptar ese calendario exprés que el Gobierno demanda con insistencia, siempre que el próximo martes la delegación socialista acepte la composición, el método de trabajo y las garantías de cumplimiento de una mesa de diálogo sobre el "conflicto político" catalán. Es decir, que Junqueras no descarta investir a Sánchez antes de que se produzca la primera reunión formal de la mesa propiamente dicha. No era verdad que no tuviera prisa. La tiene. Y lo que procede es preguntarse por qué.

Si atornilla en la Moncloa al líder de uno de los partidos del 155 antes de haber demostrado por la vía de los hechos que su estrategia negociadora reporta beneficios concretos, Esquerra corre el peligro de perder fuelle electoral, bajo sospecha de estar traicionando la causa independentista, en una eventuales elecciones autonómicas anticipadas. Los CDR ya señalan como botiflers a algunos de sus dirigentes. Los republicanos necesitan esgrimir algo más que victorias de procedimiento —calendario, composición, índice y metodología— si quieren evitar que un golpe de mano de Puigdemont, ordenándole a Torra la disolución del Parlament, les pille con las manos vacías. ¿Por qué están dispuestos a correr ese riesgo?

El nuevo procés de Junqueras

Para responder a la pregunta es necesario tener claro, con carácter previo, cuál es la secuencia del nuevo procés que Junqueras tiene en la cabeza. ¿La autodeterminación? Sí, claro. Pero cuando la base social que la demande alcance porcentajes imbatibles. Iceta habló del 60%. No es una cifra inalcanzable a medio plazo, si tenemos en cuenta que muchos electores de Colau también computan. Lo que quiere el líder de ERC —lo ha dicho él, no hace falta deducirlo— es seguir llenando de agua la piscina del separatismo para que el próximo chapuzón, léase referéndum, no acabe en tablas, como sucedió el 1-O, y que el centralismo estatal no tenga más remedio que rendirse. Política de hechos consumados, vaya.

Para que su plan funcione, el desafío unilateral es un estorbo. Solo puede conducir a la aplicación de otro 155, esta vez menos pacato que el anterior, que acabe desalojándoles de la sala de máquinas del poder autonómico. Es más fructífero, y menos arriesgado, llegar a acuerdos con un Gobierno central que les permita trabajar impunemente en el afianzamiento de lo que ellos llaman "estructuras de país". Y el único loco capaz de prestarse a ese juego es Pedro Sánchez. Un socialista más sensato —y no digamos cualquier otro presidente del bloque de la derecha— no solo se negaría a aceptar el trato, sino que probablemente utilizaría el peso de la ley para prohibirlo. Junqueras lo tiene claro: o se casa con el PSOE, o se queda a dos velas.

Juega a su favor la ambición desmedida de Sánchez, que es capaz de sacrificarlo casi todo con tal de presidir el Gobierno —lo del "casi" es una concesión a la galería—, y tan estúpido que aun piensa que hay espacio para contentar a los independentistas en el ámbito de la Constitución. No sé si sabe que cuando deje de serles útil, le masacrarán. Lo que tiene en contra es la celotipia de Puigdemont, que se resiste como gato panza arriba a ceder el liderazgo del procés. Hoy lunes, el prófugo de Waterloo les pedirá a sus diputados autonómicos que eleven el listón de las negociaciones para que ni Sánchez lo pueda franquear, ni Junqueras pueda rebajarlo sin quedar ante los suyos como un vendido.

Lo que pretende es que el Parlament vote cuanto antes —a poder ser esta misma semana— una moción que exija de los negociadores tres compromisos irrenunciables: que la solución al "conflicto político" no pueda ser otra que un referéndum, que la mesa de diálogo vaya precedida de una reunión entre Torra y Sánchez —como prueba de que se ha establecido "una interlocución política sólida entre la presidencia de la Generalitat y la presidencia española"—, y que haya "mediación internacional". Si ERC no vota a favor, Torra convocará elecciones anticipadas. Ese es el escollo que puede retrasar la investidura exprés que Sánchez desea. De todas que el problema no sea el "qué", sino el "cuándo" ya da una idea de la calamidad que se nos viene encima.

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