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El mal ejemplo

Las bases del PSOE tendrán el control mientras quieran ejercerlo para aplaudir. De lo contrario, adiós muy buenas.

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Pedro Sánchez | Europa Press

La diferencia entre el Sánchez de ahora y el Sánchez de antes, aparte de los costurones que recuerdan en su espalda la escabechina que hicieron con él los barones que le creyeron muerto, radica en que el actual vive sin prisa y el de antaño estaba poseído por el síndrome frenético del rabo de lagartija. Era un apéndice sin conexión con el cuerpo del partido que no paraba de agitarse compulsivamente. Tenía prisa por consolidar un liderazgo que había ganado a cara de perro contra el aparato en el verano del 14. Y por detener el deterioro electoral que le había costado la cabeza a Rubalcaba. Y por abortar el despegue de Podemos.

Pero todo le salió mal. Ni fue un líder respetado, ni un candidato exitoso ni un tapón eficaz de la izquierda emergente. Estaba más tenso que la cuerda de un violín. Borde con Rajoy, temeroso con Susana Díaz y obsequioso con Pablo Iglesias. La repetición electoral fue la puntilla que acabó con su crédito. No solo volvió a fracasar como cabeza de cartel, sino que puso de manifiesto su incapacidad para liderar un discurso de cohesión nacional frente al desafío separatista. Tampoco supo coser acuerdos de Gobierno. Como un pelele inane, acabó siendo manteado por el Comité Federal en el otoño del 16. Su presunto cadáver recibió un funeral de segunda. Como no merecía un monumento distinguido lo llevaron de malos modos a la fosa común.

Cuando el aliento de las bases lo devolvieron a la vida, para asombro de tiros y troyanos, sus primeros balbuceos en calidad de resucitado alimentaron malos presagios. El brillo de la venganza bailaba en sus ojos. Contra los barones que lo habían apuñalado. Contra los fieles que lo habían abandonado cuando le creyeron en el otro barrio. Contra el Gobierno que había inflado con propaganda televisiva a discreción la marca electoral que le arañaba más votos. Contra los medios de comunicación que le habían ninguneado. Contra la España constitucional que le había colgado el cartel de sospechoso. Durante unos meses volvió a parecerse al rabo de la lagartija.

Luego, todo cambió. Se amigó con Rajoy, se peleó con Iglesias, pactó el 155 y comenzó a disputarle la centralidad al partido de Rivera. Sin urgencias electorales a la vista y con el partido sujeto por las bridas de la militancia, la prisa de su primer mandato fue siendo sustituida por el manso aquietamiento del segundo. El miedo a la catástrofe pasó. La migraña emigró a la cabeza de Podemos. Tiempo de alivio. Sin embargo, más allá de las apariencias, no parece que Sánchez tenga motivos para estar pletórico. Su acercamiento al PP, según las encuestas, no es mérito propio sino demérito ajeno. Rajoy cae y él apenas se mueve. Los votos que recupera gracias a la desbandada del electorado podemita los pierde por el flanco colindante con Ciudadanos. Ahora el riesgo de sorpasso no procede de la izquierda, sino del centro, pero la espada de Damocles de convertirse en tercera fuerza sigue sobrevolando su cabeza.

De ahí que, con el sosiego que da la anchura del tiempo, se haya decidido a cambiar las reglas internas del partido. Lo quiere en un puño. Sin baronías sediciosas. Sujeto al control de un solo puente de mando. Sin capacidad para que pueda volverse contra él en el supuesto de que las urnas vuelvan a castigarle. Según la teoría del nuevo reglamento, las destituciones del secretario general y los pactos con otros partidos pasan a ser, desde ahora, jurisdicción de las bases. Se acabaron los conciliábulos en el Palacio de San Telmo o en los reservados de Madrid. "Hemos dado un paso de gigante en favor de la regeneración democrática –dijo en Aranjuez ante el Comité Federal que bendijo su propuesta–. El PSOE se ha convertido en el partido más democrático, participativo y paritario del país."

Y un cuerno. Léase lo que se dice en la letra pequeña –de la que pocos hablan– y se advertirá que la Ejecutiva federal se reserva la facultad de vetar las consultas a la militancia, de convocarlas e incluso de declarar vinculante o no su resultado. También se reserva la ultima palabra en la elaboración de listas electorales por encima de lo que digan las primarias. Es decir, que las bases tendrán el control mientras quieran ejercerlo para aplaudir. De lo contrario, adiós muy buenas. Es muy posible, después de esto, que haya un solo PSOE y no diecisiete –como proclama Sánchez– pero es seguro que ese partido único no será el modelo a seguir. Uno de los barones que a partir de ahora queda atado a la columna de la obediencia ciega saludó así, off the record, la reforma sanchista: "Es escandalosa, populista y de un cesarismo de dimensiones inmensas. Acaba con todos los órganos de control interno e interviene en las federaciones del partido".

La pregunta era de cajón:

– ¿Habrá frente opositor para frenarla?

La respuesta, demoledora:

– No, el PSOE ha bajado los brazos y permitirá un cambio tan drástico sin contestación interna. ¡Viva el modelo más democrático, participativo y paritario del país!

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