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Luis Herrero

El olor de la derrota

En política, nada tiene valor si no es útil. Y pocas cosas hay más inútiles que apostar por un caballo que no puede ganar.

Luis Herrero
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En política, nada tiene valor si no es útil. Y pocas cosas hay más inútiles que apostar por un caballo que no puede ganar.
José Maria Aznar y Pablo Casado. | EFE

Una cosa es cierta: la derecha no ganará hasta que no sea capaz de sacar de su casa a las personas que se han sentido defraudadas por el PP y Ciudadanos y no quieren votar al PSOE ni hartos de vino. Estos días se ha hablado mucho de la victoria de Aznar en 1996. Pero no se ha dicho toda la verdad. Al menos, como yo la recuerdo. Para empezar llegó con tres años de retraso. Las encuestas daban por hecho que se iba a producir en 1993. Uno de los momentos más ridículos de mi vida profesional se produjo aquella noche aciaga del 6 de junio. Los sondeos a pie de urna pronosticaban el triunfo de Aznar y yo le entrevisté en la Cope, nada más cerrar los colegios electorales, presentándole como nuevo presidente del Gobierno. Él, naturalmente, me siguió el juego. Horas después, el recuento oficial determinó que Felipe González le había sacado casi un millón de votos de diferencia. 

El ambiente político apestaba. La corrupción había convertido la Administración socialista en una caterva de salteadores de caminos. El clima de la contienda política era irrespirable. Apenas quedaban espacios de libertad que escaparan al control del Gobierno. A pesar de todo, el máximo responsable de aquel albañal ganó las elecciones contra todo pronóstico. Al PP —como al PSOE en 1979— le derrotó el miedo que inspiraba en un amplio sector de la sociedad española. La aplastante victoria de Aznar en su primer debate televisivo con González puso de manifiesto que el heredero político de Fraga podía adueñarse del palacio de La Moncloa. Ya no era solo un riesgo teórico del que se hablara en las tertulias de radio. Los socialistas que pensaban abstenerse le vieron las orejas al lobo y a última hora decidieron ir a vota aunque fuera con la nariz tapada. 

Desde aquel momento, la izquierda trató de fomentar en la opinión pública el miedo al PP —para mantenerlo a distancia del poder— y la derecha procuró desmovilizar a los votantes del PSOE. Los primeros recurrieron a la figura del dóberman y los segundos a la de Alí Babá. Ese fue el paisaje de fondo de la legislatura más bronca que haya vivido la democracia española desde la guerra civil. En 1996, González aún retuvo el respaldo de casi todos los suyos —solo perdió 300.000 votos— pero Aznar acaparó el apoyo del millón y medio de jóvenes votantes que se incorporaron al censo electoral. Los universitarios no se dejaron intimidar por la campaña socialista que presentaba al PP como a un perro rabioso y se juramentaron para expulsar a los corruptos del PSOE de la escena pública. A pesar de eso, la victoria de Aznar se decantó por el estrecho margen de 290.000 votos. 

A partir de entonces todo fue mucho más fácil para él. El triunfo de la derecha ya era un hecho consumado y muchos de los votantes de la izquierda que durante las dos elecciones anteriores se habían movilizado para evitarla se quedaron sin alicientes para acudir a las urnas. La consecuencia fue demoledora: en el año 2000, el PSOE perdió un millón y medio de votos y el PP alcanzó la mayoría absoluta. ¿Éxito de Aznar? Solo en parte. Es verdad que su gestión económica al frente del Gobierno fue impecable, pero también lo es que sin la abstención de sus adversarios no lo habría conseguido. Ahora, 25 años después, las cosas son muy distintas. El lastre de la corrupción ha cambiado de siglas, los jóvenes votantes pasan olímpicamente de hacer apuestas conservadoras y la abstención retiene en su casa al electorado del centro-derecha. 

Mientras no cambien esas condiciones, el PP no tiene ninguna posibilidad de ganar. La pregunta que cabe hacerse es si va en la dirección adecuada. Y, en mi humilde opinión, la respuesta es que no. El centro político no se conquista buscando la equidistancia topográfica con los extremos —a UCD no le sirvió de nada— y al electorado abstencionista no se le moviliza ni con fracturas internas (PP, Ciudadanos y Vox, a afectos de gobernanza, son tres partes de un mismo todo) ni con zigzagueos oportunistas. Las luchas intestinas y los movimientos erráticos despiden un tufo disuasorio. No hay peor veneno para las urnas que el olor de la derrota. En política, nada tiene valor si no es útil. Y pocas cosas hay más inútiles que apostar por un caballo que no puede ganar. Mientras no huela a victoria, el liderazgo de Pablo Casado seguirá estando en almoneda, a la espera de algo mejor.

 

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