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La duda de mayo

La pregunta pertinente no es quién va a ganar las primarias del PSOE, sino qué va a pasar cuando las gane Pedro Sánchez.

Luis Herrero
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EP

La pregunta pertinente no es quién va a ganar las primarias del PSOE, sino qué va a pasar cuando las gane Pedro Sánchez. Ya sé que es temerario levantar su brazo antes de que suene el gong que ponga fin al último asalto, pero no mucho más que seguir creyendo en la victoria de Díaz. Que aún puede pasar cualquier cosa es una obviedad. Y ese es el problema: que no debería serlo. A estas alturas, todo el bacalao tendría que estar vendido.

Jueves, 4. Mediodía. Llegan a Ferraz los avales de la presidenta andaluza. La cifra es apabullante. 60.000. Uno de cada tres militantes ha estampado su firma en el papel correspondiente. Game over. Caras de satisfacción. Pecado de arrogancia.

Pocos minutos después llegan los avales de ex secretario general. Sorpresa cósmica. Casi 60.000. Empate técnico. Uno de cada tres militantes ha estampado su firma en el papel correspondiente. Caras de asombro. Los señores del aparato se miran unos a otros. A los recién llegados les entra la risa floja.

El orgullo herido gasta una mala pasada. Los susanistas extienden la sospecha de que sus adversarios han hecho trampa. Cruce de amenazas. Al día siguiente se comprueba que no es verdad. Se le invalidan más avales a Díaz que a Sánchez. El mundo al revés. Tilas. Brindis. Y luego, análisis.

Barrida en Andalucía. Susana Díaz se impone por 18.000 avales de diferencia. El problema es que en el pozo ya no queda agua que baldear. Los comisarios de turno han ido puerta por puerta y han conseguido que 35.000 de los 45.000 militantes de esa comunidad (el 78 por ciento del censo) "voten por adelantado". Apenas quedan tropas de refuerzo que puedan ir en auxilio de la baronesa el día 21. De los 10.000 afiliados que se han quitado de en medio habrá algunos que no vayan a votar y otros que lo hagan en dirección contraria. Mal asunto.

Sobre todo porque, al norte de Despeñaperros, el panorama es completamente distinto. Allí Pedro Sánchez ha obtenido 12.000 avales más que Susana Díaz. Le ha ganado en 11 de las 16 comunidades autónomas restantes y en algunas de ellas aún tiene margen para sumar apoyos añadidos. En Cataluña, por ejemplo, aún está inédito el 50% del PSC. Los expertos auguran que si la participación llega al 80% el día de la votación, los resultados finales de uno y otro serán casi idénticos y todo dependerá de lo que hagan los seguidores de Patxi López. Los gurús tienen el pronóstico muy claro: si entre ellos no hay fugas de última hora, o son muy pocas, ganará por la mínima Susana Díaz; si las hay en tropel ganará Pedro Sánchez.

El problema es que, pierda por poco o gane por poco, el sanchismo seguirá vivo el día 22 –porque no habrá sido masacrado– y tendrá acceso a muchos centros de poder. Después del congreso nacional vienen los congresos regionales y, con los datos que arroja la batalla de los avales, hay nueve baronías que podrían caer de su lado: Asturias, Baleares, Canarias, Cantabria, Castilla y León, Valencia, Galicia, Rioja y Navarra. Susana Díaz, con la pírrica legitimidad de una victoria en la foto finish, tardaría lustros en hacerse con las riendas de un partido condenado a mirarse en el espejo roto de Jeremy Corbyn o Benoit Hamon.

El panorama no ofrece más opciones: o un PSOE roto pero autónomo, con una Susana Díaz muy débil en el puente de mando tratando de marcar distancias con Podemos, o un PSOE roto pero abierto a las confluencias, con un Sánchez renacido tratando de hacer migas con Podemos. Las dos soluciones son malas para España, pero a Rajoy le chifla la primera. Al presidente del Gobierno nada le viene mejor que una izquierda dividida y electoralmente maltrecha. Por eso quiere que gane las primarias la baronesa andaluza y por eso tratará de sostenerla en Ferraz, si lo consigue, aunque sea con respiración artificial.

La victoria de Sánchez, en cambio, condenaría la legislatura a la desolación. La pinza de socialistas y podemitas en el Congreso haría impracticable la actividad legislativa y Rajoy no tendría más remedio que convocar nuevas elecciones, más pronto que tarde, con la esperanza de mandar al resucitado a su tercera tumba electoral. El 21 de mayo está en juego mucho más de lo que parece.

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