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Después de la caída

Sólo podrá sacar al PP de la tumba quien comprenda, sin haber sido coautor del particidio, lo que le condujo hasta allí.

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Rajoy se despide tras su intervención en la moción de censura | EFE

Según mis espías paraguayos, durante la larguísima y vergonzosa sobremesa del día de autos en el viejo Club XXXI, que ahora se llama Arahy, Rajoy no dejaba de preguntarse una y otra vez qué diablos había ocurrido para que en menos de una semana hubiera pasado de celebrar la aprobación de unos Presupuestos Generales del Estado que le iban a permitir agotar la legislatura a ahogar en gin tonics las penas de su inopinada defenestración. No vio venir el golpe que le mandó a la lona. Estaba grogui. Y seguirá estándolo durante mucho tiempo. Su gente, también. No es sólo por el porrazo. Los hematomas desaparecen antes que la depresión.

En la historia reciente, ningún partido ha sido capaz de digerir la derrota en poco tiempo. UCD desapareció. El PSOE de González tardó ocho años en levantarse y achicharró a dos candidatos, Almunia y Borrell, que habían colaborado activamente en la debacle socialista. Al PP de Aznar, o sea, a Rajoy, también le costó dos legislaturas completas volver a ganar. El PSOE de Zapatero intentó rehabilitarse con Rubalcaba y se dio un morrón formidable. Luego llegó Sánchez y se dio otro más formidable todavía. Insistió Sánchez por segunda vez y batió su propio récord en materia de grandes batacazos. Ahora, al tercer intento, con el menor número de apoyos propios de la historia democrática de nuestro país, ha derribado la reja del poder con un gancho de izquierdas gracias a la solemne idiocia de una derecha ensimismada que nunca supo por dónde le daba el aire.

¿Qué le hace pensar al PP que puede ser el primer partido en restañar en un pispás las heridas morales que inflige el pase a la Oposición? Y sobre todo, ¿qué le hace pensar que la mejor manera de conseguirlo es manteniendo en su puesto a Rajoy o sustituyéndolo por alguno de sus ilustres compinches en el desastre? Lo que cuenta la prensa estos días es que en Génova quieren que sea él quien gestione la catarsis para evitar que las peleas por la sucesión, que al parecer tienen a la greña a Soraya Sáenz de Santamaría y a Maria Dolores de Cospedal, acaben por convertir al partido en un pandemónium. La ambición de ambas damas es sorprendente. Las dos han sido cómplices necesarias de Rajoy -por acción y por omisión- en el estropicio y deberían saber que la causa del problema nunca puede ser su solución. Sólo podrá sacar al PP de la tumba quien comprenda, sin haber sido coautor del particidio, lo que le condujo hasta allí.

Tras la derrota en 2008, Rajoy concluyó equivocadamente que la llamada política de crispación había sido la causa de su desgracia y decidió liquidarla con deshonor en el Congreso de Valencia. Desde entonces impuso un nuevo rumbo: muerte al "liberalismo antipático", porque sus prejuicios doctrinarios y sus arraigadas convicciones eran un lastre para la necesaria neutralidad moral que exigen las mayorías de gobierno, y larga vida al "liberalismo paradójico" que promueve una gran convicción en la política sin convicciones. Alguien le convenció de que en una sociedad sin criterios ni referencias lo único que tiene que hacer un político ganador es ponerse al servicio de esa gran mayoría social que carece de convicciones y proscribir el juicio ético que exige distinguir lo bueno y lo malo para no provocar rechazos innecesarios.

El PP salió del Congreso de Valencia con la extraña idea de que para ensanchar su base electoral, corregir la percepción extremista que le estigmatizaba, romper el aislamiento al que le había condenado el Pacto del Tinell y fortalecer su presencia en Cataluña necesitaba desmoralizarse. Y lo hizo con tanta fruición que borró del mapa, de un plumazo, cualquier referencia a los principios que hasta entonces había defendido. No se dio cuenta de que al huir de sus convicciones se aleja de su fortaleza.

Tal vez debería haberle prestado atención al análisis post electoral que hicieron las cabezas de huevo del PSOE en 2008. El sociólogo Julián Santamaría, en la revista Claves, explicó que su partido no había alcanzado la mayoría absoluta que todo el mundo le auguraba porque una porción significativa del votante socialista moderado había votado al PP "al sentirse más atraído por su actitud ante cuestiones como el Estatuto Catalán y la política antiterrorista". La Fundación Alternativas llegó a una conclusión idéntica: "La estrategia de la crispación ha privado a los socialistas de una parte del voto de centro del que disponían al principio de la legislatura. El discurso territorial del PP parece haber calado, provocando algún trasvase de votos desde el PSOE. Si Zapatero consiguió repetir la victoria fue gracias a los apoyos de los votantes nacionalistas y a la movilización de la izquierda".

Cuatro años después, la victoria de 2011 le hizo creer a Rajoy que esa nueva estrategia de vaciedad política había sido un éxito en toda regla. Creyó que su nueva estrategia de una política sin convicciones había funcionado y se dispuso a mantenerla durante el tiempo que durara su mandato presidencial. Las consecuencias de ese disparate han resultado funestas. Lo explica muy bien Miguel Angel Quintanilla en un artículo publicado en la revista Cuadernos:

"Llegada la crisis y obtenido por ello el Gobierno, el PP no disponía de una propuesta capaz de abordar la ineludible restricción presupuestaria forzada no por los excesos del liberalismo antipático, sino por los de la posmodernidad simpática. Nada con lo que ayudar a que la vida social esquivara el miedo, la anomia y la corrupción, precisamente porque disponer de esa propuesta y de cuanto se necesita para darle operatividad práctica se consideraba ahora como algo inapropiado y antiguo: una idea de comunidad política basada en valores y propósitos compartidos, afirmados y considerados mejores que los demás. Algo capaz de transformar el sufrimiento en sacrificio y de mantener unido al país en torno a una idea superior mientras las reformas indispensables eran abordadas con alguna intención comprensible. Algo con lo que diferenciar lo bueno de lo que no lo es, lo verdadero de lo que no lo es, un criterio de civilización".

Rajoy apostó por la neutralidad moral y la ausencia de convicciones para seguir en el Gobierno y se ha quedado sin ambas cosas. El problema del PP no es solo de nombres o de conductas -que también-, sino de señas de identidad. Si no recuerda quién es y de dónde viene todo lo que haga para salir del hoyo será en vano.

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