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Nada en común

No deja de ser asombroso que, cuando más necesario resulta el alumbramiento de un objetivo común, más fuertes son los personalismos que lo hacen imposible.

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La cara de espanto que puso Mariano Rajoy al ver a un metro del banco azul al diputado tinerfeño Alberto Rodríguez –el de las rastas que encendieron el miedo a las liendres en el ánimo de Celia Villalobos– me recordó una confidencia que me hizo Adolfo Suárez a propósito del día inaugural de la legislatura constituyente, en julio de 1977. "Reconozco –me dijo– que sentí miedo al ver sentados en la bancada de enfrente a Carrillo y a la Pasionaria. Pero me duró muy poco porque al mirarles fijamente a los ojos me di cuenta de que ellos también sentían el mismo miedo que yo". Supongo que aquel miedo era fruto del encuentro de dos Españas que habían estado cuarenta años sin mirarse, cada una en un polo, en caras distintas de la luna, a la espera imposible de que la otra desapareciera para no tener que enfrentarse al duro ejercicio de la cohabitación. Tal vez aflorara en unos el complejo de la mala conciencia por haber perseguido y encarcelado una forma de pensar, y en los otros el del recién llegado a un mundo extraño, de costumbres y valores sobreentendidos, con el que no tenían nada que ver.

El encuentro de aquellas dos Españas también trajo consigo encendidos debates indumentarios. La comunista alicantina Pilar Brabo, trece veces encarcelada durante el franquismo, llegó al Congreso en pantalones vaqueros ante la mirada atónita de algunos diputados de UCD que vestían trajes de cachemira y corbatas de Hermès. Lo de la ropa como símbolo de respeto es un viejo debate que ha estado presente en todas las épocas. Los fracs de las orquestas tratan de solemnizar el culto a la música, pero se impusieron en honor del público de clase alta que abarrotaba los conciertos. Las pelucas de los jueces británicos son símbolos de la dignidad e imparcialidad de la Justicia, pero al principio eran máscaras que trataban de evitar que sus señorías pudieran ser reconocidos, por si las moscas, fuera del estrado. No es demasiado importante el porqué de algunas convenciones o que éstas gusten más o menos si al menos prevalece el propósito de salvaguardar lo que simbolizan: la necesidad del respeto a una idea. En los conciertos, a la música. En los juicios, a la Justicia. En la vida social, a las personas. Y en el Congreso, a la política.

La política es, antes que nada, cortesía. Según la RAE, es un buen modo de portarse, aunque sea frío o reservado. No hace falta que haya afecto, basta la urbanidad. Sin esa idea, el concepto de política se viene abajo y deriva en esos otros medios a los que se refiere Clausewitz para definir la guerra. Durante la Transición, los pantalones vaqueros de Pilar Brabo –una vez superado el miedo inicial del que me hablaba Suárez– no fueron ningún impedimento para que predominara el respeto a las ideas de los demás. Era más fuerte la coincidencia en el objetivo común que compartían que la diferencia en su modo de vestir. Todos sabían cuál era el plan y estaban de acuerdo en hacerlo posible: dejar atrás la dictadura y redactar una Constitución democrática que permitiera una coexistencia civilizada entre los trajes de pana y los de ojo de perdiz. Si aquello salió bien –creo yo– fue sobre todo porque entonces, a diferencia de lo que pasa ahora, reinaba un clima de razonable respeto entre los antagonistas de la escena.

Volviendo a Suárez, contaré lo que me dijo cuando le pedí que me resumiera su idea de lo que había sido la Transición. "A mi juicio –me dijo–, la Transición fue, sobre todo, un proceso político y social de reconocimiento y comprensión del distinto, del diferente, del otro español que no piensa como yo, que no tiene mis mismas creencias religiosas, que no ha nacido en mi comunidad, que no se mueve por los ideales políticos que a mí me impulsan y que, sin embargo, no es mi enemigo sino mi complementario, el que completa mi propio yo como ciudadano y como español, y con el que tengo necesariamente que convivir porque sólo en esa convivencia él y yo podemos defender nuestros ideales, practicar nuestras creencias y realizar nuestras propias ideas".

No creo que esa descripción, desgraciadamente, se ajuste al talante que acreditan los actores –en sentido amplio– que el otro día tomaron posesión de sus escaños en el viejo palacio de la Carrera de San Jerónimo.

En su primer discurso presidencial, Patxi López trató de rescatar algunos de los conceptos que forman parte del escudo de armas de la Transición. Habló de diálogo, de la necesidad de llegar a acuerdos, y reclamó de los nuevos diputados el esfuerzo de "buscar en todas las ocasiones que sea posible más lo que nos une que lo que nos separa". Pero sus palabras cayeron como carámbanos en una cámara frigorífica. No hay nada que todos ellos parezcan dispuestos a hacer juntos. El proyecto de Sánchez –toda la izquierda en el camarote de los Marx con la aquiescencia siempre onerosa de los independentistas– es excluyente por definición. En ese espacio no hay hueco para los dos huevos duros de la otra orilla del arco parlamentario: ni para el PP ni para Ciudadanos. Juntos representan a más de cuatro de cada diez electores. Pero eso, al secretario general de los socialistas, parece importarle un rábano. Todo lo que le mueve es un plan de exclusiva supervivencia personal.

Algo parecido pasa con Rajoy. Le oí decir el otro día que un Gobierno amplio serviría para acometer un ambicioso plan de reformas con mayorías cualificadas –en clara referencia a la posible apertura del melón constitucional– y para consolidar la salida de la crisis económica. Ninguna de las dos cosas es cierta. La Constitución federal que Sánchez trató de venderle a Carles Puigdemont en la conversación telefónica de media hora del viernes pasado se parece a la que defiende el PP como un huevo a una castaña. Lo mismo pasa con las recetas económicas que prescriben uno y otro para sacar a España de crisis económica. El PP sostiene que la piedra angular de la recuperación ha sido la reforma laboral, que es justamente lo que el PSOE se ha comprometido a dinamitar tan pronto como pueda. ¿Cabe alguna posibilidad de que gobernando juntos se pusieran de acuerdo en el tratamiento que exige la consolidación de la salida de la crisis? No se lo cree nadie. Y Rajoy, tampoco. Parece claro que no está defendiendo la necesidad de un Gobierno amplio porque tenga en la cabeza un proyecto político atractivo que pueda provocar en los demás la tentación de compartirlo, sino porque es la única posibilidad que tiene de seguir donde está. Su plan es tan personalista como el de Sánchez.

No deja de ser asombroso que cuando más necesario resulta el alumbramiento de un objetivo común más fuertes son los personalismos que lo hacen imposible. Hasta que Rajoy y Sánchez no hagan mutis de la escena política con los pies por delante no habrá manera de vislumbrar si es posible un futuro razonable más allá de la invasión de los nuevos rastafaris.

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