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Luis Herrero

Sánchez y el salto de la rana

Si Iglesias consigue el apoyo de ERC y Bildu a los Presupuestos, ¿mantendrá Sánchez su acercamiento a Ciudadanos o regresará a la mayoría de la investidura?

Luis Herrero
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Si Iglesias consigue el apoyo de ERC y Bildu a los Presupuestos, ¿mantendrá Sánchez su acercamiento a Ciudadanos o regresará a la mayoría de la investidura?
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ofrece una rueda de prensa. | Ricardo Rubio (Europa Press)

Muchos creíamos —la mayoría, diría yo— que las cartas de la gobernabilidad estaban echadas. El ambiente preelectoral de Cataluña y las demandas de ortodoxia económica de Bruselas alejaban a ERC de la escena consuetudinaria y señalaban a Ciudadanos como nuevo socio preferente del Gobierno. A la observación, más que pertinente, de que meter en el mismo saco a Iglesias y Arrimadas era un imposible metafísico, la respuesta siempre era la misma: Podemos tragará con lo que sea, incluso con unos Presupuestos podados por las tijeras de la moderación fiscal, con tal de seguir refocilándose en la molicie del poder. De acuerdo a esa premisa, las declaraciones de los podemitas abjurando de de esa coyunda contra natura no eran más que frases de fogueo para calmar la inquietud de su parroquia. Fuegos artificiales. Cantos de sirena que en ningún caso iban a mudar el criterio de Sánchez, amarrado al mástil de una embarcación enrumbada hacia la sensatez.

Es posible que Iglesias aceptara en su fuero interno que, a una mala, no le iba a quedar más remedio que tragarse el sapo de la cohabitación con Arrimadas. Perder la visibilidad que le otorga su asiento en el banco azul, y el catálogo de privilegios que conlleva su rango, es algo que no se le pasa por la cabeza. Antes tuerto que ciego. Pero eso no ha significado nunca que estuviera dispuesto a rendirse sin agotar las posibilidades de darle la vuelta a la situación. Cuando le pidió permiso a Sánchez para tantear a Bildu y a ERC, él era el único que creía en la utilidad de su empeño. Sánchez, no. Algunos pensaron que si le autorizó a reunirse con ellos fue para que nadie pudiera imputarle la responsabilidad de haber impuesto un giro al centro sin explorar primero la viabilidad del sendero de la izquierda. Según cuentan las gargantas profundas de la Moncloa, estaba convencido de que Iglesias fracasaría y le gustaba la idea de que el fiasco le chamuscara el cogote.

El problema es que ahora no está claro en absoluto que vaya a fracasar. Después de la ruptura de la antigua Convergencia y del guiño de los disidentes pedecatos al PSOE, Gabriel Rufián ha cambiado su discurso y ya no se cierra en banda a apoyar los Presupuestos de Sánchez. Bildu, tampoco. Parece ser que la idea de darse una pátina de barniz institucional le motiva. No es descartable que el líder podemita pueda entrar en el despacho del presidente y brindarle en bandeja la suma aritmética de una mayoría, la de la investidura, que parecía que iba a estar fuera de servicio por una larga temporada. La gran pregunta es qué hará el jefe de Gobierno si tal cosa sucede. ¿Mantendrá su propósito inicial de acercarse a Ciudadanos o regresará a donde solía? La respuesta no está clara. Mis espías paraguayos están hechos un lío. Unos me dicen una cosa y otros la contraria. Hay apuestas para todos los gustos.

Hay quienes dicen que Moncloa le resta importancia al esfuerzo de Iglesias por rearmar el bloque de la investidura y esgrimen como prueba de convicción el mensaje de tranquilidad que Sánchez le ha enviado a Arrimadas: “Os queremos en el Presupuesto, la mayoría de la investidura no existe”. Otros afirman, sin embargo, que Podemos cuenta con Bildu para hacer un cordón sanitario contra Ciudadanos y que Rufián ya le ha anticipado a Iglesias su apoyo a los Presupuestos. Si fuera verdad, la mayoría de la investidura sí existe. Y, para estimularla, el propio Iglesias se ha marcado como prioridad trabajar y construir alianzas para avanzar hacia una nueva República. Además ha dejado claro que el acuerdo presupuestario entre el PSOE y Podemos está muy avanzado y que a Ciudadanos no le va a gustar porque incluye avances importantes en justicia fiscal (es decir, subida de impuestos) gracias a su influencia. 

La única forma de hacer compatibles las dos versiones es aceptar que la mayoría de la investidura existe como solución aritmética viable, pero no como apuesta política en la cabeza del presidente del Gobierno. Si es así, a Sánchez la jugada le ha salido rematadamente mal. Permitió que Iglesias se embarcara en una aventura que creía condenada al fracaso, con la esperanza de verle volver con el rabo entre las piernas, convencido al fin de que la única opción era pactar los Presupuestos con Ciudadanos, y ahora resulta que el podemita trae el trofeo de Frankenstein redivivo entre los dientes y le toca a él decirle a la izquierda que a pesar de todo prefiere la moderación a la radicalidad progresista. Qué bochorno, papi. ¿Pero lo hará? ¿Antepondrá una salida razonable a su imagen chamuscada de traidor a la causa? Esto ya no es análisis político, sino psiquiátrico. Habrá que preguntárselo al escorpión que navegaba a lomos de la rana.

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