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Venganza

Todo lo que ha trascendido es que las dos amas de llaves del legado de Rajoy están dispuestas a neutralizarse la una a la otra en una suerte de guerra fría que puede acabar como el rosario de la aurora.

Saénz de Santamaría y Feijóo | EFE

A tres días de que finalice el plazo de presentación de candidatos para la presidencia del partido, el PP sigue sin emitir señales de vida. Todo lo que ha trascendido es que las dos amas de llaves del legado de Rajoy, Cospedal en Génova y Soraya en Moncloa, están dispuestas a neutralizarse la una a la otra en una suerte de guerra fría que puede acabar como el rosario de la aurora. La secretaria general controla el arsenal del aparato. La ex vicepresidenta controla el silo de los dosieres. Si una da el paso, la otra apretará el botón rojo de su maletín nuclear.

A Núñez Feijoo, la batalla le pilla en medio. Es el candidato mejor colocado para ganar la sucesión y según mis espías paraguayos, Cospedal le ha ofrecido todo su apoyo. Pero teme a Soraya más que a un nublado. Nadie sabe a ciencia cierta lo que esconden los archivos del CNI, de los que ella guarda copias bajo siete llaves. Las fotos en bañador de Feijoo y el narcotraficante Marcial Dorado surcando en lancha la ría de Vigo en 1995 es -nunca mejor dicho- un aviso a navegantes que pende sobre la cabeza del político gallego como una perturbadora amenaza. El presidente de la Xunta no está dispuesto a correr riesgos. Si no hay consenso general en torno a su candidatura, le han escuchado decir sus más allegados, no dará el paso. Y, hoy por hoy, ese consenso no existe.

De hecho, la idea promovida por el aparato de ir a un Congreso de lista única, sin espacio para la confrontación, era el ardid que había diseñado Cospedal para dejar a su adversaria sin margen de maniobra. Si la idea ecuménica de llevar a Feijoo, o a cualquier otro, a la presidencia del partido en silla gestatoria hubiera merecido el aplauso de todos, Soraya habría tenido que rendir ante ese clamor general sus ambiciones personales. Su candidatura es incompatible con la hipótesis de un acuerdo previo porque su nombre concita rechazos viscerales. Ahí está el ejemplo de García Margallo ofreciéndose a Cospedal como ariete de la confrontación en caso necesario.

La ex vicepresidenta supo desde el primer momento que su única vía de acceso al puente de mando del PP era la de la guerra abierta. De ahí que trabajara desde el mismo instante en que se produjo la dimisión de Rajoy en captar apoyos territoriales para su causa. Ahora, según mis fuentes, ya tiene los suficientes como para aspirar a la victoria y parece decidida ("al setenta por ciento", me cuentan) a dar el paso. Si se confirma, el Congreso extraordinario del mes de julio será el campo de una batalla cruenta en la que habrá vencedores y vencidos. Lo que está por ver es la magnitud de la escabechina. Si el otro adversario es Feijoo, o Cospedal en persona en el caso de que el gallego renuncie por miedo a las magulladuras, el cariz de la contienda, desde luego, será de dimensiones épicas.

Pero la épica no siempre es bella. Lo es cuando está en juego algo más que una mera cuestión de poder personal. De lo contrario es un ejercicio de depredación inútil. Feijoo tiene la opción de encararse a Soraya como depositario de las esencias de un partido que, una vez, hace ya demasiado tiempo, supo ofrecer a los electores del centro y la derecha un pliego de valores ideológicos -idea de España, liberalismo económico y antropocentrismo ético- que dignificaba su acción política y canalizaba las anhelos de muchos ciudadanos. Que luego sea consecuente con ese rol ya es otra historia. A Cospedal, en cambio, ni siquiera le alcanza esa posibilidad.

La lucha entre las dos alguacilas con jurisdicción civil y criminal en el PP no es más que el enfrentamiento entre la máxima exponente de lo que significa una política sin convicciones y la estricta gobernanta de un partido obligado a apoyar esa política atroz sin derecho a réplica. Soraya impulsó una acción de Gobierno que proscribía la distinción entre lo bueno y lo malo para no provocar rechazos innecesarios en una sociedad que carece de principios, y Cospedal facilitó la complacencia pastueña del partido con esa acción de Gobierno exclusivamente dirigida a conservar el poder. Que cualquiera de las dos opte a ser la regeneradora del PP no deja de ser una broma pesada. La pugna entre ambas, si se consuma, será tan espectacular como macabra. De la sangre derramada no brotará nada más que venganza.

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