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Luis Herrero

Vista a la derecha

La dirección del PP ya ha recibido las conclusiones del informe sobre los tres motivos por los que sus votantes se han fugado a Vox y Cs.

Luis Herrero
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Luis Herrero - Vista a la derecha
Casado, Rivera y Abascal, en imágenes de archivo. | LD

Me cuentan mis espías paraguayos que la dirección del PP ya ha recibido los resultados de un sesudo informe cualitativo que pretendía averiguar las causas de la diáspora de muchos de sus votantes —millones— a Vox y a Ciudadanos. Durante las entrevistas con los grupos de enfoque salieron a relucir motivos diversos, pero los tres que se llevaron la palma, a mucha distancia del resto, fueron, por este orden, la corrupción, Cataluña y los impuestos.

El peso de los dos primeros puso en marcha el primer gran movimiento migratorio hacia el partido de Rivera. Estamos en la legislatura 2011-2015. La financiación irregular del PP, con Bárcenas en el pescante del trinque, Gürtel y sus tentáculos de kraken, Púnica, Taula, y tantos otros, llenaron de arcadas el estómago de muchos simpatizantes de la derecha, que además asistieron perplejos al incumplimiento de la prometida bajada de impuestos. No solo no hubo tal, sino que hubo justo lo contrario.

Poco a poco, el espacio electoral que pastoreaba Rajoy se fragmentó en cuatro porciones asimétricas: la de aquellos que emigraron a la abstención, la de los prófugos a Ciudadanos, la de los cautivos que se quedaron con la nariz tapada por miedo a favorecer el triunfo de Podemos, y por último, la de aquellos fieles que estaban dispuestos a perdonar cualquier desmán con el argumento subliminal de que puestos a convivir con la corrupción —un mal inevitable que se demuestra rampante de generación en generación y de sigla en sigla—, mejor que beneficie a los nuestros que a los de ellos.

El resultado, en términos electorales, fue aterrador. En 2015, el PP perdió tres millones y medio de votantes. Fue necesario repetir las elecciones en 2016 para formar Gobierno y Rajoy se quedó en La Moncloa de milagro. Hizo falta la abstención del PSOE —no la del PSOE de Sánchez, que acaudillaba el no es no, sino la del PSOE de los barones magnicidas— y la traición de Ciudadanos a su solemne compromiso de no apoyar a Rajoy aunque se hundiera el mundo.

La legislatura de 2015 empezó como había acabado la anterior: con Rajoy en Marte y Soraya en el laboratorio de antídotos contra el procés. No pasará la pobre mujer a los anales de las grandes alquimistas. Sus pócimas no solo no sirvieron para apaciguar la voracidad independentista, sino que propiciaron el referéndum del 1 de octubre de 2017. Buena parte del país asistió, atónita, es espectáculo de un Gobierno incapaz de evitar la consumación de un golpe de Estado que sus autores promocionaban todos los días en los medios de comunicación.

Después de aquello, las encuestas señalaban a Ciudadanos como virtual vencedor de las elecciones. Por eso Rajoy se negó a convocarlas y prefirió irse de copas, mientras su escaño era ocupado por el bolso de su número dos, durante la moción de censura que socialistas, populistas, nacionalistas e independentistas habían urdido en un pispás para hacerse con las riendas del país. Ese fue el momento en que muchos ciudadanos, liberados ya de la obligación de preservar un poder que les había sido arrebatado a traición, decidieron apoyar a Vox.

En pocas semanas, el partido de Abascal pasó de tener vida vegetativa a convertirse en el gran catalizador del cabreo cósmico de muchos votantes de la derecha con el Rajoy de la dolce far niente. Seis meses después de la moción de censura, en las elecciones andaluzas, Vox abandonó su rol de figurante de la política española para convertirse en actor de reparto. Muchos de los prófugos que habían huido a Ciudadanos decidieron entonces manifestar su desafección con el PP recolocándose a su lado. La apuesta por Rivera les exigía tragarse algunos sapos ideológicos —sobre todo en materia de impuestos y de valores cristianos— de digestión más que complicada.

Con ese paisaje de fondo acudió la derecha a la contienda electoral del 28 de abril. Ciudadanos, tras la pérdida de los apoyos de quienes prefirieron jalear a Vox y el cambio de liderazgo en el PP —lo que restaba motivos para que perdurara el voto de castigo— frenó su carrera hacia el sorpasso y se quedó por debajo de sus expectativas. Santiago Abascal también sufrió un baño de realidad y el cántaro de leche de su sueño expansivo se hizo añicos en las urnas.

Es verdad que el centro derecha está fragmentado, pero también lo es que la dinámica interna de sus tres porciones ha dejado de ser la que era. El PP sabe que si enmienda los tres estropicios que le hicieron capotar —corrupción, Cataluña, impuestos— volverá a tomar cierta altura. Su condición de accionista mayoritario en el consorcio de las mal llamadas tres derechas no corre peligro a corto plazo, por mucho que a Rivera su ambición personal le impida reconocerlo.

Ciudadanos, en todo caso, ha dejado de ser un mero refugio de cabreados —tanto de populares como de socialistas— para convertirse en árbitro de mayorías. Ya no se alimenta solo del voto contra otros. Ejerce un rol que tiene un valor en sí mismo. Vox, en cambio, empieza a ser en el bloque de la derecha lo mismo que Podemos en el de la izquierda. ¿Un grano en el culo? También valdría decir un pellizco en la conciencia. El problema es que, en política, hay más culo que conciencia.

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