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Nuevos cambios estructurales en China

El nuevo modelo quiere incentivar industrias menos intensivas en capital y más intensivas en el factor trabajo: salud, logística y transporte interior, distribución, comercio mayorista, ocio y turismo.

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Las revueltas en el mundo árabe y el incidente nuclear en Japón están acaparando toda la atención mediática de las últimas semanas. Sin embargo, este mes de marzo la actualidad más relevante desde el punto de vista económico y político se encuentra en Beijing donde el partido Comunista Chino acaba de celebrar su congreso anual donde se han concretado las directrices del Duodécimo Plan Quinquenal (2011-2015). ParaStephen Roach, gurú de Morgan Stanley para la región de Asia-Pacifico, se trata de un punto de inflexión histórico con importantes consecuencias para el resto del mundo.

Desde su fundación, el Partido Comunista ha dirigido el desarrollo económico de la República Popular a partir de sucesivos planes de cinco años en los que se han ido estableciendo de forma sucesiva los principios estratégicos y las prioridades para el desarrollo económico: una especie de Business Plan para el conjunto del país. Durante los años negros del comunismo los planes quinquenales pusieron el acento en la industrialización del país aplicando la lógica del socialismo soviético de planificación central. Los resultados son por todos conocidos: especialmente sonado es el fracaso del segundo de dichos planes, previsto para el periodo 1958-1962 y también conocido como el Gran Salto Adelante, que provocó la mayor hambruna en términos absolutos de la historia de la humanidad.

Con la llegada de Deng Xioping al poder, en diciembre de 1978, y el inicio de las reformas económicas, los planes han ido encaminados en tres líneas principales: desmontar de forma ordenada –es decir, evitando el vacío institucional– el sistema de planificación central, liberalizar los mercados, y abrir de forma paulatina la economía al exterior. Los resultados, y en contraste con la etapa anterior, han sido espectaculares y han sorprendido a los propios chinos. Durante estos años la inversión y las exportaciones han sido los dos pilares que mejor han definido el modelo de crecimiento económico.

A finales de los 70, China empezó a desmantelar el sistema comunal que durante 30 años había estrangulado el desarrollo del país. Con la paulatina liberalización del sector agrícola, el país liberó muchísimos recursos humanos dispuestos a trabajar en las ciudades con salarios relativamente bajos. La paulatina apertura de la economía al exterior y el establecimiento de un marco institucional, mejorable, pero estable y relativamente seguro, atrajo la inversión necesaria que, juntamente con el excedente de mano de obra fruto del excedente en el sector agrario, configuraron los ingredientes del llamado "milagro chino". Este modelo, altamente intensivo en capital, ha permitido a China crecer a tasas de doble digito de forma sostenida y ha supuesto la revolución industrial más rápida de la historia (China ha conseguido en poco más de 20 años lo que en su día consiguió el Reino Unido en 70).

Sin embargo, este modelo, altamente dependiente de la inversión y la demanda exterior, ha generado importantes tensiones con el resto del mundo. Con la llegada de la recesión económica, estas debilidades se han hecho más evidentes y ha llegado el momento de empezarlas a corregir. En otras palabras, es necesario reorientar el modelo de crecimiento basado en exportaciones hacia otro en el que el desarrollo del mercado doméstico y el consumo ganen protagonismo.

Este es precisamente el objetivo del nuevo Plan Quinquenal, el duodécimo desde la fundación de la República Popular, que incluye diferentes medidas en tres bloques principales. Primero, apoyar la transición desde un modelo en donde predominan los sectores manufactureros hacia un modelo más basado en industrias de servicios. Como hemos señalado antes, durante años, el crecimiento de la economía ha dependido en gran medida de un aumento de la productividad que necesitaba una gran densidad de capital y un ahorro, también importante, de mano de obra lo que hoy dificulta la absorción en el mundo laboral de la numerosa población china. El nuevo modelo quiere incentivar industrias menos intensivas en capital y más intensivas en el factor trabajo: salud, logística y transporte interior, distribución, comercio mayorista, ocio y turismo. Esta transición hacia sectores en los que los incrementos de la productividad son menores implica un menor ritmo de crecimiento en el futuro –Barry Eichengreen estima que esta desaceleración será inminente, estructural y debería situarse en torno al 6-7%–, aunque suficiente para mantener los objetivos de generación de empleo. Adicionalmente, este nuevo patrón implicará inevitablemente una menor intensidad en el consumo de materias primas y conllevará beneficios adicionales al ser un crecimiento más ligero y ecológico.

Un segundo bloque de medidas son las encaminadas a la mejora de las rentas de los trabajadores de las zonas rurales con el objetivo de suavizar las importantes disparidades existentes entre el campo y la ciudad (a día de hoy la renta per cápita en las zonas rurales representa tan sólo un 30% de la renta per cápita en las zonas urbanas). La naturaleza de estas importantes diferencias es el propio régimen que durante años, incluso durante los de reforma económica, castigó a las zonas rurales en beneficio de las zonas costeras donde el partido decidió fomentar la industrialización del país. Para corregir estas disparidades y conseguir una sociedad más armoniosa, en palabras del propio presidente chino, resulta imprescindible, entre otras muchas medidas, la paulatina eliminación de las restricciones a la movilidad todavía existentes en China heredadas del antiguo sistema hokou (sistema de registro de hogares).

Finalmente, el futuro plan incluye un tercer bloque de medidas encaminadas a la creación de una red –aunque sea mínima–, de seguridad social para reducir la fuerte aversión al riesgo de la población china y su elevado ratio de ahorro. Se trata de un tema que lleva años en boca de los dirigentes chinos y en el que ahora se quiere poner más atención. Todavía está por ver el alcance de las medidas concretas, pero la idea es dotar de mayores recursos a iniciativas ya diseñadas, principalmente tres: sistema de pensiones, seguros en caso de enfermedad, y seguros por desempleo.

El plan incluye otras muchas iniciativas y políticas a desarrollar en los próximos cinco años, pero lo más importante es que el nuevo Plan refleja la firme voluntad del Politburó de cambiar la estructura actual de la economía hacía un modelo más equilibrado y sostenible. Si miramos los grandes números, hoy el consumo representa un 36% de PIB chino. Con el nuevo plan quinquenal el objetivo es aumentar este porcentaje hasta el 42-45% en 2015. Estos cambios, y como siempre que hablamos de la economía de China, supondrán un fuerte impacto en el escenario económico mundial.

Con esta voluntad de cambio de modelo, China materializa su contribución al reequilibrio de la economía mundial: el nuevo modelo hará disminuir el hoy abultado superávit en la balanza de pagos de la economía china, como también lo hará su exceso de ahorro. Esta reducción del superávit y el fortalecimiento del renminbi –histórica reclama de Washington a Beijing–, reducirá el remanente que China ha estado utilizando para financiar los déficits de otras economías, y muy especialmente el déficit de Estados Unidos. Como indicaba hace poco Martin Feldstein, esto significa que el día en el que China deje de ser un comprador neto de bonos del gobierno estadounidense está más cerca. Es por ello, que la administración Obama tiene un nuevo motivo para aplicar importantes planes de contención fiscal si no quiere que los chinos les pasen la mano por delante antes de lo previsto.

Luis Torras es consultor financiero en Bluecap, miembro del Instituto von Mises Barcelonay escribe regularmente en el blog Enjoy Capitalism.

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