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El mundo se quiere parecer a EEUU

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La prosperidad lleva varias décadas siendo acusada de todo lo malo, desde destruir la cultura autóctona hasta dañar al medio ambiente. Las diferentes manifestaciones contra el capitalismo internacional y la Organización Mundial del Comercio tienen la misma motivación en contra del progreso y del crecimiento económico. Sin embargo, el crecimiento económico es un objetivo positivo y legítimo para la humanidad porque soluciona ingentes problemas.
 
El Informe del Club de Roma en 1972 nos decía que el crecimiento económico nos conducía a agotar los recursos naturales “pertenecientes a generaciones futuras”. La realidad es que todos esos recursos naturales son más abundantes hoy que en 1972. También es evidente que los países más ricos pueden proteger mejor el medio ambiente. Resultó que los países pobres del bloque socialista eran los que más contaminaban, mientras que las naciones capitalistas introducían el control de emisiones y normas de pureza del agua, a la vez que controlaban los deshechos tóxicos. Son las naciones pobres del mundo en desarrollo las que no pueden instrumentar técnicas modernas, seguras y costosas. Aquellos países que prosperan producen energía y bienes con procedimientos menos dañinos.
 
Las ciudades de los países ricos sufren de menos contaminación hoy que hace un siglo. La substitución del carbón ha mejorado radicalmente la calidad del aire. Los ríos y los lagos están más limpios. Las ciudades pueden ser más ruidosas hoy, pero huelen menos. A medida que los países surgen de la pobreza se pueden dar el lujo de tener agua y aire limpios. Y en cuanto a la “destrucción” de las culturas, los países pobres han manifestado claramente no querer seguir siendo pintorescos parques de entretenimiento para turistas ricos. Prefieren ser ricos ellos, inclusive si significa parecerse a otros países ricos. Para expresarlo en términos políticamente incorrectos, el mundo entero se quiere parecer a EEUU.
 
Los coeficientes Gini, que miden el grado de desigualdad en la distribución de los ingresos, muestran una fuerte reducción de la desigualdad en los últimos 50 años. El espectacular crecimiento económico en Asia ha reducido la brecha de prosperidad. El economista Paul Omerod explica que “el éxito económico de Asia del Este ha liberado a millones de personas de faenas pesadas, reduciendo drásticamente la desigualdad de ingresos en el mundo”.
 
Ese crecimiento económico ahora abarca a China y la India. Esto destruye los argumentos de aquellos que admiran a la India por su caótica y pobre sobrepoblación, donde los valores espirituales están por encima de las ganancias. La India probablemente se convertirá en una de las economías de más rápido crecimiento en los próximos 20 años, lo cual hará mucho más por los pobres de Calcuta que toda una generación de ayuda internacional. Parte de América Latina avanza también y la desigualdad de ingresos en el mundo seguirá reduciéndose. África, todavía hundida en la miseria, se está convirtiendo en la excepción y ya no es el caso típico del Tercer Mundo.
 
La idea que el crecimiento económico aumenta la desigualdad en la distribución del ingreso es otra mentira. La igualdad de los países pobres es igualdad de privaciones. Inclusive, las frecuentes acusaciones de desigualdad en EEUU y en el Reino Unido son exageradas. La distribución de la riqueza en Inglaterra es la misma que en Francia y la desigualdad en EEUU hoy es equivalente a la de Francia en los años 70.
 
También se utilizan argumento morales en contra del crecimiento económico, pero estos también son engañosos. Denuncian el exagerado apego por bienes de consumo en detrimento de objetivos morales y culturales. Pero la realidad es que sólo si usted tiene acceso a los alimentos que requiere, puede preocuparse de otras cosas más sublimes. Es la prosperidad generada por el crecimiento económico lo que aporta alternativas y cultura. La gente, en su tiempo libre, puede dedicarse a actividades caritativas o a mejorar su educación.
 
En los últimos 30 años, a la prosperidad económica se le ha culpado de muchos males y visto con desprecio principalmente por personas que gozan de ella. Al comienzo del siglo XXI, esa prosperidad se manifiesta como la herramienta clave para el avance de la humanidad.
 
Madsen Pirie es presidente del Adam Smith Institute y analista de TechCentralStation.com
 
© AIPE

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