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Maite Nolla

Atrapados en el tiempo

El nacionalismo sigue siendo minoritario en la sociedad, pero abrumador y hegemónico en lo institucional, en las administraciones y, en general, en lo público. El no nacionalismo, mayoritario en la sociedad, sigue apartado en lo público.

Maite Nolla
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Además de ver la colección completa de Los Soprano, una de mis actividades veraniegas ha sido la lectura de la reedición de Lo que queda de España. Después de la lectura de cada capítulo, instintivamente, vuelves al principio del libro para comprobar que es únicamente la reedición de una obra que tiene casi treinta años, y no una versión actualizada por su autor. Sólo las referencias al judío de Praga que escribe en alemán o a los gustos marroquíes de Juan Goytisolo te sitúan en una época y en la Barcelona de entonces. Y el mérito no es sólo de la visión y del análisis del autor, sino que la política catalana vive permanentemente atrapada en el tiempo, o en El día de la marmota, como Bill Murray, al que recordaba el sábado Santiago González en su artículo en El Mundo para referirse a Ibarretxe.

La foto de los actos de la Diada que publicó La Vanguardia podía ser la de 2004, 2005, 2006 o la de 2007; incluso la presencia de Maragall añade confusión al asunto. A los políticos de la foto se refirió Valentí Puig como una clase "artificiosa, caduca y bien instalada", a los que se podrían añadir los calificativos de aburrida y permanente. Y es que yo entré en política en otoño de 2005, y excepto por el hecho de que el PP de Cataluña se ha retrotraído a una época pre-Vidal-Quadras, cualquier análisis que se hiciera entonces, sirve para ahora. El nacionalismo sigue siendo minoritario en la sociedad, pero abrumador y hegemónico en lo institucional, en las administraciones y, en general, en lo público. El no nacionalismo, mayoritario en la sociedad, sigue apartado en lo público y, salvo excepciones, silente y silenciado.

Al igual que hace tres años, la clase política crea sus propios debates, ajenos a la gente e innecesarios. Entonces fue el Estatut y hoy es la financiación autonómica. Pero aunque sean debates exclusivos de los políticos, la mera discusión de su necesidad, fundamento o, jurídicamente, de su constitucionalidad, te sitúa en la marginalidad y en el anticatalanismo, cuando no en la anticatalanidad.

Y el debate sobre la financiación, como entonces el otro, sólo tiene por objeto bloquear cualquier crítica a un Gobierno autonómico dirigido por un títere –entonces Maragall y hoy Montilla–, amojonado en parcelitas de poder y con el grifo del gasto pasado de rosca. Por ejemplo, Montilla recibió grandes elogios por el mero hecho de enviar una carta a algunos departamentos para que éstos redujeran un veinticinco por cien el gasto. No se conoce cual ha sido la respuesta de los destinatarios o si se ha llevado efectivamente a cabo. No afecta a los departamentos que conllevan mayor gasto, como el de Salud. Tampoco sabemos si afecta a los informes sobre el cultivo de la habichuela en Noruega, tan bien pagados, o a las externalizaciones, que es el eufemismo que se utiliza para denominar a los encargos que se hacen a particulares –algunos casualmente próximos al PSC, como se publicó hace tiempo– para que hagan el trabajo propio de los funcionarios.

Y en frente, una oposición disgregada, compuesta por algunos dirigentes del PP, la mayoría de sus militantes y simpatizantes, Ciudadanos y la organización de Rosa Díez en Cataluña, disgregados todos ellos, asimismo, entre sí.

¿La solución? En próximas entregas, que ahora mismo no se me ocurre nada.


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