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Llegados a este punto

En 1992 el entrenador del Valencia, Guus Hiddink, se negó a empezar un partido porque en uno de los anfiteatros del campo del Valencia se colgó una bandera nazi. Por ese gesto, reconocido por todos, la Fundación Ernest Lluch le otorgó un premio en 2002.

Maite Nolla
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¿Debería suspenderse la final de Copa si se pita, injuria y se blasfema mientras suena el himno nacional? Pues seguramente sí, igual que deberían suspenderse las etapas del Tour en las que los ciclistas pasan entre un mar de banderas de apoyo a los presos de ETA, o los partidos de fútbol en los que en la grada se exhiben esas mismas banderas. Empezando por lo segundo, me he documentado –como dicen las periodistas del corazón a las que ahora insultan los familiares de Letizia Ortiz–, y en 1992 el entrenador del Valencia, Guus Hiddink, se negó a empezar un partido porque en uno de los anfiteatros del campo del Valencia se colgó una bandera nazi. Aquel gesto tuvo el reconocimiento de todo el mundo, hasta el punto de que en 2002 la Fundación Ernest Lluch le otorgó un premio por ello. Les confieso que hasta hace dos días no tenía ni idea de quién era el tal Bielsa, pero me barrunto que ese señor, que justifica el robo de YPF por parte de su gobierno, no tendría un gesto similar en el campo del Athletic de Bilbao con las banderas proetarras. El cuentismo ilustrado no da para tanto. ¿Y Guardiola? Guardiola es socio de Òmnium Cultural.

Por supuesto, las declaraciones de Esperanza Aguirre han excitado al personal, que en Cataluña lleva unos días como si Jessica Paré les hubiera cantado el "Zou Bisou Bisou", entre el asunto de Bankia y el del déficit oculto de la Comunidad de Madrid. La Generalitat no puede pagar las nóminas –porque España nos roba, claro–, pero estamos muy ufanos por haber descubierto el fraude madrileño. Como les decía, Esperanza Aguirre ha tocado la tecla y hasta personajes habitualmente simpáticos y al margen de la política han despotricado contra la presidenta madrileña. Por ejemplo, al tiempo de juntar estas letras, Víctor Amela ha dicho que Esperanza Aguirre es un peligro y ha pedido que la detengan; de broma, por supuesto. Ya saben que igual que pide eso para Esperanza Aguirre, no hace mucho tiempo pedía públicamente que le dieran el premio Príncipe de Asturias a Millet. Y eso no es broma. El libro de Manuel Trallero sobre el robo del Palau, además de destapar la basura y la corrupción masiva de la política y de eso que se llama la "sociedad civil catalana", cuenta la anécdota de que un número de notables, como Josep Cuní o Víctor Amela, firmaron para que a Millet le concedieran tan alto galardón. En fin.

El asunto de la falta de respeto a los símbolos constitucionales por parte de aquellos que nos han hipersimbolizado a los demás, nos gustara o no, no es un asunto menor. Igual que no lo eran los referéndums de chufla, con su tráfico de datos y de las listas del padrón municipal. Pero el problema es haber llegado a este punto. Cuando una televisión pública se dedica durante décadas a tratar a España como algo ajeno en todos los ámbitos, incluidos el deportivo y el meteorológico, y nadie dice nada, de lo que venga después no nos podemos quejar. Y tampoco si nuestros tradicionales socios preferentes son los moderadísimos diputados de CiU, como Jordi Jané, que se hacen fotos con el compañero proetarra de Urdangarín alentando la pitada. 

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