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El comercio

al hablar de comercio internacional debemos tener claro que no se lleva a cabo entre países, sino entre personas de carne y hueso que viven en países distintos, quienes intercambian lo legítimamente propio

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En esencia, el comercio es el conjunto de intercambios que las personas llevan a cabo voluntaria y pacíficamente. La cosa es tan simple como te doy algo que es mío y me das algo que es tuyo. Se trata del ejercicio del derecho de propiedad. El intercambio que no es pacífico y voluntario es delito y no corresponde a este análisis.
 
El comercio no es más que ese conjunto de intercambios. Siempre es entre dos partes a la vez, aunque una de ellas sea un grupo formalmente organizado como compañía o cooperativa para intercambiar sus productos o servicios. La esencia es simple: Juan, con su propio trabajo y medios, intercambia su servicio con Pedro, quien paga a Juan con su propio dinero para que transporte sus productos. En igual forma, Pedro intercambia sus productos con la verdulera o con el sastre en forma indirecta utilizando dinero: primero vende el producto a alguien y con el dinero que adquiere en propiedad paga a la verdulera por sus verduras y al sastre por sus confecciones. Están cambiando sus cosas, ejerciendo su derecho de dueños, de propietarios.
 
De manera que en el análisis del intercambio debemos ser realistas y no perdernos con sofismas. Por ejemplo, al hablar de comercio internacional debemos tener claro que no se lleva a cabo entre países, sino entre personas de carne y hueso que viven en países distintos, quienes intercambian lo legítimamente propio, y no los países.
 
No sólo se desnaturaliza el intercambio sino se le encuentra, como a todas las leyes, un bonito nombre como “libre comercio”, pues nadie estaría a favor de un Tratado de Comercio Manipulado. Como la gente está ocupada en sus urgentes quehaceres diarios no se da cuenta cuando sus intereses han sido manipulados y su derecho a lo propio mancillado, hasta que le cause algún problema.
 
Una vez desnaturalizado el comercio, ya parece lógico que los gobiernos se entrometan en las transacciones privadas, como cosa natural. A unos se les trata de una manera y a otros de otra y priva la desigualdad de derechos, dependiendo de quién se trata. Quienes logran poder deciden quienes y qué podrán intercambiar como si el gobierno fuese el dueño: con flagrante discriminación regulan o ponen impuestos a unas cosas, imponen cuotas, restricciones y prohibiciones a las personas que viven en su país, como si no fuese la gente sino “el país” el que comercia. Interfieren en los precios de las cosas que las personas intercambian, hasta en el de las divisas que la gente adquiere legítimamente en propiedad y abusan de unos para beneficio de otros. Ya desnaturalizado el comercio, no perciben la violación al derecho muy humano de disfrutar o intercambiar sus propios haberes, es decir, al ejercicio de su derecho de propiedad.
 
La desnaturalización del comercio viene de muy atrás. Se origina con los socialistas que hablan de derechos humanos pero desprecian los derechos de las personas. Usan los binoculares al revés, pues no ven a las personas por ver a la sociedad. Personifican a “la sociedad” y le atribuyen características humanas: “la sociedad” piensa; “la sociedad” produce, “la sociedad” o “el país” intercambia. Vivimos en un mundo de mentiras, en el que se distorsiona todo, se desperdician recursos logrando así la ineficiencia y el empobrecimiento. Un mundo en el que ni siquiera se dan cuenta que están violando los derechos de la gente de disfrutar y disponer de lo propio, bajo un régimen de igualdad ante la ley. Procurador de Derechos Humanos, ¿dónde estás?
© AIPE
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Manuel F. Ayau Cordón es Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.

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