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La banca central

Es obvio que si la gente puede escapar de la moneda que el gobierno destruye, no podrían causar inflación porque la gente simplemente usaría otra moneda más fiable

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La principal función asignada a los bancos centrales es mantener la “estabilidad” de precios. En eso han sido un fracaso rotundo comparado con la época de estabilidad de precios que prevalecía antes de que los gobiernos asumieran el monopolio del dinero. La tendencia entonces era a que los precios bajaran año tras año, cuando en casi toda América Latina ha ocurrido exactamente lo contrario en el último medio siglo.
 
Estudios fiables han establecido que sin la existencia del Banco Central la gran depresión de los años 30 ni las empobrecedoras crisis inflacionarias galopantes de América Latina hubiesen ocurrido porque eso sólo sucede cuando se le prohíbe a la gente usar otro dinero que no sea la moneda de curso forzoso. Es obvio que si la gente puede escapar de la moneda que el gobierno destruye, no podrían causar inflación porque la gente simplemente usaría otra moneda más fiable. Así, el gobierno de EEUU prohibió la tenencia de oro y metales preciosos, exceptuando sólo las joyas y los rellenos dentales. Y hasta hace 10 años, por orden del Banco de Guatemala, se castigaba a campesinos que sacaban unas onzas de oro de los ríos y también a los que recobraban plata de los desagües de laboratorios fotográficos.
 
No olvidemos que la desacertada política del Banco de Guatemala en el manejo de lo que fue su monopolio de divisas causó la crisis de los ochenta e incurrió en deuda externa de unos 2.000 millones de dólares (vea mi publicación “La década perdida” en cees@cees.org.gt). Hoy día, el Banco de Guatemala ya no es “dueño” exclusivo de las divisas y tampoco le puede prestar dinero al gobierno, prácticas que tenían nefastas consecuencias y que van desapareciendo en el mundo. En países como en El Salvador prácticamente no existe ya la banca central porque dolarizaron y ya no “hacen” política monetaria.
 
En Guatemala y en casi todos los países de la región aún se interfiere en el mercado de divisas, distorsionando la realidad so pretexto de crear estabilidad. Pretenden saber cuál debería ser el precio del dólar con una fórmula arbitraria, en vez del precio que fija la oferta y la demanda, incurriendo así en grandes pérdidas. Cuando la formulita dice que el precio del dólar está muy bajo, el Banco Central emite nuevos quetzales inflacionarios, con los cuales puja el precio del dólar para arriba. Luego los “recoge”, distorsionando la tasa de interés. ¿Qué hace con los dólares que ya sobrepasan los Q25.000 millones? Pues se los presta al gobierno de EEUU o a otros bancos extranjeros a bajísimo interés y lo llaman “reservas”. Imagínese usted, apreciado lector, a un país pobrísimo que atesora dólares para prestarlos a países ricos. Imagínese todo lo que podríamos tener a cambio de ese dinero. Qué nos favorece más, ¿una autopista de costa a costa y de frontera a frontera o las “reservas” del Banco de Guatemala?
 
Otra inusitada práctica del Banco Central es que garantiza a los depositantes cuando un banco particular quiebra. Pero el Banco Central solamente cuenta con recursos del pueblo. Cuando a un negocio particular le va mal, quienes pierden son los dueños y los acreedores que voluntariamente le extendieron crédito. Ridículo sería que se implantara un impuesto para cubrir las pérdidas de los negocios particulares. Pero eso es exactamente lo que hace el Banco Central, que por “magníficas razones” le pasa las pérdidas al pueblo. ¿Qué contestaría el pueblo si le preguntaran si está dispuesto a garantizar con su dinero a bancos y depositantes particulares? Incidentalmente, la existencia de este tipo de garantía, copiada de EEUU, causó al país del norte una de sus más desestabilizadoras crisis en los años 80, la llamada crisis de las instituciones de ahorro y préstamo.
 
Sin su engañoso ropaje “técnico”, los bancos centrales se quedarían sin nada que hacer.
© AIPE
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Manuel F. Ayau Cordón es Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.

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