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La pésima educación pública

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Quienes afirman que la educación corresponde a los gobiernos (es decir, a los políticos) cometen un grave error. Cuando los miembros del magisterio tienen que complacer a sus superiores, dentro de una jerarquía burocrática, para ascender profesionalmente, actúan en forma distinta de como lo harían si para prosperar tuviesen que complacer a los padres preocupados por la educación de sus hijos. Si no interfiere el gobierno, surge la competencia para mejorar la calidad de la educación y, entonces, quienes educan mejor prosperan más. El resultado sería que todos los jóvenes estarían mejor educados y los maestros ganarían más de lo que un estado burocrático, con medios limitados, les puede pagar.
 
Todos estamos a favor de la educación. Cuando se pregunta qué es lo primero para que un pueblo progrese, todos responden "educación". Es tan sagrada la educación como la maternidad. No hay nadie en contra de aumentar el "capital humano", como gusta decir a los economistas. Hay completa unanimidad en ello. Pero de allí no se desprende que los gobiernos deben disponer de más recursos para mejorar la educación, pues hay suficiente evidencia que más dinero, a sacrificio de otras necesidades como construir carreteras, no resuelve la mala educación. Tan es así que en EEUU la mayoría de los maestros de las escuelas públicas prefieren  mandar a sus hijos a colegios privados.
 
Los gobiernos no han logrado su propósito. Sin duda la principal razón del fracaso es que la remuneración de los maestros no tiene relación alguna con su desempeño como educadores. No son los padres de familia quienes determinan la remuneración, ya que los maestros más bien tienen que satisfacer a sus superiores en la burocracia educacional. Así, el magisterio desarrolla su propia dinámica política, sus incentivos, sus premios y sus castigos, independientemente del rendimiento como educadores.
 
Una vez que el gobierno le pone la mano a la educación siente que debe intervenir también en las escuelas y colegios privados. Con el poder coercitivo que les da la ley, hacen a un lado a los padres. Los padres no son quienes velan por la excelencia y el buen contenido de los programas para educar a sus hijos, sino los burócratas. Además, los incentivos del sistema se vuelven perversos.
 
No se vislumbra razón para que mejore la educación gubernamental. No importa quien llegue al gobierno, si no se generaliza un sistema como el del "Bono Escolar" que establezca el nexo entre el bienestar del profesor y la calidad de su desempeño, supervisado por padres de familia, el sistema seguirá fracasando en la educación de las nuevas generaciones.
 
Un punto muy importante, distinto del anterior, es que la política del país siempre dependerá de la calidad de la educación superior y no de la alfabetización. Es decir, la capacidad de los dirigentes de opinión, de los periodistas, intelectuales y políticos en comprender los problemas nacionales depende en gran parte de su educación universitaria. Por ello, es inevitable concluir que la tendencia de los gobiernos a monopolizar la educación universitaria de América Latina desde los años 20 del siglo pasado tuvo como resultado las malas políticas económicas que se adoptaron y los resultados están a la vista: la desgracia económica y la degradación de la cultura jurídica que hoy prevalece en el continente.
 
Sí, la educación, o sea el capital humano, es condición necesaria para producir bienestar. Ya los gobiernos tuvieron su oportunidad de educar y hoy se sufren las consecuencias. Valdría la pena que probemos la libertad.
 
Manuel Ayau es ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín y ex presidente de la Sociedad Mont Pelerin.
 

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