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Reducción de sueldos

Los políticos suelen olvidar que un mal empleo es mejor que ningún empleo y que un mal salario es mejor que ningún salario

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Aunque no se entienda bien o se desconozca su existencia, hay una ley económica insoslayable que no la pueden afectar ni las regulaciones ni la Organización Internacional del Trabajo ni la asamblea de las Naciones Unidas: el salario es determinado por la ley de oferta y demanda y depende de la productividad marginal del trabajo.
 
Los salarios sólo pueden subir como reacción a una mayor demanda: si queremos que la actividad de albañilería atraiga a un albañil adicional, tendremos que subir el salario que se paga a los albañiles; si no, la gente se queda trabajando donde está. El nuevo salario lo recibirán todos los otros albañiles que ya realizaban ese trabajo, pero lo habrá determinado el último que entró. Así, cada nueva empresa aporta a que suban todos los salarios.
 
Si se impone un salario mínimo mayor a lo que algunas empresas pueden pagar, se quedarán sin empleo aquellos que menos rinden, los marginales, los más pobres. La razón es que una mala ley puede prohibir que se pague menos de una cantidad determinada, pero no puede obligar a nadie a dar empleo. A los que ganan más del mínimo no los afecta, pero los trabajadores cuyos aportes a las empresas donde trabajan es inferior al salario mínimo, simplemente se quedarán sin empleo. Entonces, esos desafortunados pasan a la informalidad donde, como allí no rige ninguna ley, pueden trabajar por menos del salario mínimo.
 
Establecer salarios mínimos resulta ser una crueldad no intencional, pues quienes lo proponen lo hacen con el objeto de aumentar los salarios. Pero esa medida solamente eleva una mínima cantidad de salarios en comparación con la baja que causa a nivel nacional, ya que sólo elevará los salarios de los pocos que están ganando un poquito menos del mínimo en empresas prósperas, en las que el número de empleados que gana poco es muy pequeño, ya que aumentarle un poquito a un número reducido de trabajadores no tiene mayor incidencia en los costos. Pero esas empresas son una pequeña minoría en los países pobres.
 
El progreso es un proceso a través del cual las nuevas y mejores oportunidades van desplazando y sustituyendo a los malos empleos. Pero tales empleos no hay que destruirlos exigiendo que paguen más a sus trabajadores de lo que vale su aporte. Así, lo único que se logra es destruir empleos considerados “malos” y sustituirlos por desempleo e informalidad. Los políticos suelen olvidar que un mal empleo es mejor que ningún empleo y que un mal salario es mejor que ningún salario. Por eso es desconsolador oír a un funcionario decir que no importan las malas empresas, aquellas que pagan poco.
 
En tanto surjan mejores empleos, los malos empleos cumplen una función importante, pues ayudan a que los demás salarios no sean más bajos de lo que hoy son porque al eliminar los malos empleos, sacando esa gente a la calle a buscar trabajo aumenta la oferta de mano de obra y se impulsan hacia abajo todos los demás salarios.
 
Mientras más gente ande por las calles en busca de empleo, más bajos serán los salarios de todos, incluyendo el de los que hoy perciben sueldos altos, ya que cuando un trabajador pida aumento, el patrono le indicará que hay cola de gente queriendo hacer ese trabajo por menos. Es así como los salarios mínimos deprimen los salarios en toda la nación.
© AIPE
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Manuel F. Ayau Cordón es Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.

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