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Se aprecian cuando se pierden

Creo que si el proyecto de constitución europeo hubiese sido de principios y en defensa de derechos y no de intereses individuales, limitando el poder político, hubiera sido aprobada

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Según a quien se le pregunta por qué Francia y Holanda dijeron “no” al proyecto de constitución Europea, la respuesta es diferente. La embajadora de Holanda dice que la gente no estaba bien informada. Otros dicen que sí estaban suficientemente informados y detectaron cosas que no aceptaban. Otros dicen que los países que la aprobaron no estaban debidamente informados, a pesar de que el tema ha sido ampliamente discutido y considerables recursos gastados por los gobiernos –dinero del pueblo– para promover el “sí”. Comenta la revista The Economist que cuando el ministro de Relaciones Exteriores del Reino Unido, Jack Straw, ofrecía condolencias a sus colegas europeos por el fracaso del proyecto constitucional, atrás se oía el descorche de las botellas de champaña.
 
Los editoriales de Europa, Inglaterra y EEUU ofrecen variadas razones. Yo comparto la opinión de quienes sostienen que por suerte los europeos se libraron de esa constitución. Claro, decía un cínico, en Europa creen en la democracia siempre que la gente vote “correctamente”. Si no vota bien, se somete nuevamente al voto y así sucesivamente hasta que voten bien; es decir, hasta que voten a favor de lo que los políticos quieren. Entonces, ya no se vuelve a preguntar eso más nunca.
 
Sería bueno someter a debate mundial la pregunta, ¿para qué es una constitución? ¿Será acaso para entregarle el poder ilimitado a la burocracia política? ¿Será acaso para proteger los derechos de los ciudadanos del abuso del poder, como lo fue la Carta Magna y la Constitución de Estados Unidos?
 
Ningún proyecto es tan burdo que dice que es para entregarle el poder a la burocracia para que nos gobierne como súbditos, a base de reglamentos y nos imponga más y más impuestos. La forma usual es asignándole al gobierno la responsabilidad de resolver todos los problemas habidos y por haber y no sólo los relacionados con proteger derechos del los abusos por parte de particulares o del gobierno mismo. Así se legitimiza el poder burocrático absoluto y la gente ya no hace las cosas por derecho sino por permiso.
 
Cada día el mundo está más mentalmente condicionado a eso, pero todavía no totalmente. A veces reacciona. La manifiesta oposición al proyecto de Europa se debió a que entregaba la soberanía de los pueblos al poder burocrático de Bruselas: el estatismo puro, gobernado por esa burocracia no electa ni responsable ante nadie, que no paga impuestos y que vive con lujo versallesco, disponiendo qué hacen y cómo pueden vivir los súbditos.
 
Creo que si el proyecto de constitución europeo hubiese sido de principios y en defensa de derechos y no de intereses individuales, limitando el poder político, hubiera sido aprobada. La soberanía, como la libertad, se aprecia cuando se pierde. En algunos países europeos éste ha sido el punto álgido del debate: ¿queremos ser gobernados por nuestros parlamentos o desde Bruselas?
 
Hay dos maneras de unificar leyes. Una es la propuesta europea: la clase política hace una sola ley para todos, indistintamente de las costumbres y particularidades de cada nación. Otra es al estilo de Estados Unidos que ha funcionado durante 230 años, en el que cada estado hace sus leyes (la legislación federal ha sido la menor). Si un estado lo hace mal, se detecta por comparación, se puede corregir y el daño queda en casa. Si lo hace bien, otros se copian. Lo bueno se generaliza y lo malo se minimiza. Un error federal es difícil detectarlo, más difícil corregirlo y el daño es general. La evolución es asunto de prueba y error y si quienes gobiernan con humildad reconocen que no son infalibles ni omniscientes, escogerán el segundo sistema: que cada quien se maneje a su manera, conservando su soberanía, respetando los derechos de los demás.
© AIPE
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Manuel F. Ayau Cordón es Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.

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