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Sirviendo a los demás

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Si en su actividad privada usted produce pan, tortillas, ropa, carne, electricidad, servicio de transporte, madera, cemento, ejerce una profesión o lo que sea, según la versión políticamente correcta, Ud. no está sirviendo a la sociedad sino a sus egoístas intereses porque no lo hace por amor a la humanidad sino por ganar dinero para poder albergar a su familia, alimentarla, educarla, pagar sus cuentas de médicos y divertirse de vez en cuando. Según lo políticamente correcto, los que están sirviendo a la sociedad son los que quieren ayudar a la humanidad con el dinero de Ud., redistribuir lo que a Ud. le dieron a ganar sus clientes. Nada importa que sus clientes le compraron porque Ud. les da más valor por su dinero.

En el mercado, afortunadamente, toda persona está tratando de ser el preferido de los demás y en ese afán se benefician unos a otros con la mayor economía de los recursos sociales posible porque cada quién entiende que si dilapida recursos los demás no se los repondrán sino simplemente comprarán a otro más eficiente. El proceso de mercado no es “socialmente correcto” porque es motivado por egoísmo.

Según lo “políticamente correcto”, nada de lo privado tiene que ver con lo social. Nadie discutirá que una de las actividades privadas más importantes es la producción y distribución de comida diaria, vital y perecedera. Pero la gente que a ello se dedica no merece reconocimiento social porque lo hace por motivo de lucro y, según la versión políticamente correcta, no toma en cuenta las necesidades sociales. Así, cuidar de lo propio resulta “antisocial”. Nada más absurdo, pues quien produce papas no es porque él come mucha papa.

Esa manera de pensar está cada día más difundida, a pesar de que todos saben que antes de prestar servicios o producir cosas, lo primero que se toma en cuenta son las prioridades de la sociedad. En el sistema de mercado es efectivamente la sociedad la que manifiesta sus prioridades y no los autoproclamados benefactores. El mercado es como un plebiscito diario en el que las personas “votan” con los billetes que mucho les han costado; se produce variedad de calidades y productos a distintos precios y no sólo aquello que dispone algún burócrata (que por cierto también está motivado por sus propios intereses políticos o económicos). En el mercado gana quien atina en anticipar los deseos de la sociedad, no los propios. Si no atina, perderá sus recursos y será otro quien gane. Quienes lo hacen con persuasión sin duda sirven mejor las necesidades ajenas que los autoproclamados representantes de los intereses sociales, a quienes nada les cuesta sus desatinos y todo lo pretenden hacer utilizando la coerción estatal.

En el mercado las ganancias miden la efectividad de las labores productivas en satisfacer necesidades sociales según valoración de la sociedad misma y no de un estudio “políticamente correcto”. No es un sistema perfecto, pero sí resulta infinitamente mejor que las apreciaciones subjetivas “políticamente correctas”.

De antemano sabemos en qué van a terminar los foros y estudios sobre “responsabilidad social”. Serán las vagas recomendaciones de siempre respecto a que hay que educar más, cuidar más de la salud, terminar con la violencia y acabar con las diferencias de riqueza (no con la pobreza), como si fuese un problema de distribución y no de producción de la riqueza. Se imaginan a pícaros que están a favor de la ignorancia, la enfermedad, la violencia y la pobreza y consideran que las ganancias no pertenecen a quien legítimamente las produjo sino que hay que repartirlas por segunda vez, en forma distinta a como la sociedad ya las repartió.

La difusión de tales ideas “políticamente correctas” no conduce a resolver los problemas que preocupan a sus bien intencionados promotores y con objetividad se puede demostrar que los agravan. Para comprenderlo es necesario estudiar dos disciplinas: Teoría del Proceso de Mercado y Teoría de Decisiones Públicas (Public Choice). Ninguna de las dos se aprende por intuición; hay que estudiarlas.

© AIPE

Manuel F. Ayau Cordón, ingeniero y empresario guatemalteco, fue fundador de la Universidad Francisco Marroquín y presidente de la Sociedad Mont Pelerin.

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