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Manuel Llamas

¡Manos arriba! Soy ZP

Zapatero optará por la vía fácil, la que tiene más a mano y la que, sin duda, le reportará un menor castigo electoral. Lo que menos importa al presidente es freír a impuestos a los españoles y sus nefastas consecuencias sobre la economía nacional.

Manuel Llamas
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"Vayan preparando el bolsillo". Ésta es la advertencia que ha lanzado el director general de la Fundación de las Cajas de Ahorro (Funcas), Victorio Valle, y, por desgracia, no le falta razón. Nos van a freír a impuestos, así de simple y así de trágico. Las cajas tienen claro que el Gobierno no podrá cumplir su compromiso de recortar el déficit público sin aplicar un brutal saqueo fiscal a todos los contribuyentes, sin distinción. ¿Más IVA, más IRPF, Sociedades quizás? Quién sabe con qué nos sorprenderá en el futuro este Ejecutivo de ineptos e irresponsables.

La cuestión es que todo apunta a que los socialistas están dispuestos a vaciar, aún más, las carteras de los españoles con el fin de engordar las ahora deterioradas arcas públicas. El problema es que España, tanto el sector privado como el público, ha vivido muy por encima de sus posibilidades durante los años de burbuja crediticia, alimentada al calor de los bajos tipos de interés dictados por la banca central. Sin embargo, en un alarde de chulería, propio de un inconsciente desconocedor de su ignorancia supina, Zapatero hizo lo peor que podía hacer. A saber, ponerse al timón de la economía para, siguiendo las recomendaciones de su ejército de keynesianos, apretar el botón del gasto público y el despilfarro para salir de la crisis.

¿Resultado? En lugar de registrar un déficit público próximo al 5% del PIB en 2009, el Gobierno lo disparó hasta el 11,2%. Ahora, toca reducir el desajuste ya que, en caso contrario, peligra el aval ofrecido por Bruselas (léase Alemania y Francia, nuestros acreedores) y el Fondo Monetario Internacional (léase Estados Unidos) para evitar la quiebra del país. Todo un éxito el plan del presidente, ¿no creen?

El problema es que se trata de un esfuerzo presupuestario histórico. Una reducción tan grande de la brecha fiscal carece de precedentes en la historia reciente de España. El ajuste, sin embargo, es posible, tal y como hemos demostrado aquí y aquí, pero el problema es que su ejecución dependerá de la voluntad política de Moncloa. Pese al recorte de gasto anunciado –del todo insuficiente–, la actual casta política ha demostrado sobradamente que su intención, lejos de apretarse el cinturón hasta quedarse sin cintura si es necesario, discurre por otros derroteros muy diferentes. Así, al mínimo atisbo de calma en el mercado de deuda pública, al Gobierno le ha faltado tiempo para dar marcha atrás a algunas medidas de contención fundamentales, tales como la prohibición de endeudamiento municipal o el recorte en infraestructuras –muchas de las cuales son innecesarias.

Este comportamiento evidencia que el Ejecutivo confía en que la recuperación económica y la "leve" subida de impuestos se materialicen en un aumento sustancial de la recaudación. Pero, ¿y si la recuperación no llega?, ¿Y si los ingresos son menores de lo previsto? En tal caso, la brecha seguirá abierta y el tiempo para curar la herida antes de que se infecte será inferior. ¿Será entonces Zapatero capaz de llevar a cabo el mayor recorte de gasto público de la España contemporánea?; ¿cerrará el grifo de la financiación a comunidades autónomas y ayuntamientos?; ¿privatizará servicios?; ¿cerrará empresas y organismos públicos? En definitiva, ¿impondrá una política de férrea austeridad en una estructura estatal sobredimensionada y acostumbrada a las vacas gordas de tiempos pasados? Sinceramente, lo dudo.

Zapatero optará por la vía fácil, la que tiene más a mano y la que, sin duda, le reportará un menor castigo electoral. Lo que menos importa al presidente es freír a impuestos a los españoles y sus nefastas consecuencias sobre la economía nacional. Así pues, ¡manos arriba!, Zapatero sigue vivo (políticamente) y no dudará en apretar esta vez el botón del expolio fiscal con tal de mantener el poder. Esto sí que merece una huelga, pero no laboral, sino tributaria...

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